domingo, 21 de junio de 2026
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Opinión

Juan Andrew Almazán

El 7 de julio de 1940 se llevó a cabo la jornada electoral más violenta de la historia de México, ese día pandillas de matones al servicio del gobierno de Lázaro Cárdenas, armados con metralletas Thompson, recorrieron las casillas electorales disparando contra las filas de votantes.

La intimidación obedecía al riesgo que había despertado la campaña del General Juan Andrew Almazán, quien desde la oposición buscaba ocupar el cargo máximo de Presidente de México.

Almazán quien nació el 12 de mayo de 1891, ingresó en 1907 a la Escuela de Medicina de Puebla donde comenzó su militancia política contra la dictadura de Porfirio Díaz, pues participó activamente en la campaña presidencial de Francisco I. Madero que pretendía impedir la reelección de Don Porfirio.

Juan Andrew Almazán no se distinguió jamás como un hombre de convicciones firmes, pues al comenzar la Revolución Mexicana hizo amistad con Emiliano Zapata y de ser maderista de hueso colorado se convirtió en enemigo del gobierno de Madero.

Más tarde lo considerarían un traidor a la Revolución al unirse a las fuerzas del Presidente Victoriano Huerta, para, tras la caída de este, unirse de nueva cuenta a Zapata para luchar contra el Presidente Venustiano Carranza.

Cuando terminó la Revolución trabajó para los diversos gobiernos subsecuentes, hasta que en 1939 solicitó su retiro del servicio activo del ejército para auto postularse como candidato a la Presidencia de la República en las elecciones del año siguiente.

Cuentan los que la vivieron, que la campaña fue muy intensa y con gran participación ciudadana, las giras y los mítines terminaban desbordándose con vítores y demostraciones de fuerza y poderío.

También cuentan que gran parte de la nación en edad de votar, tenía una gran esperanza en que el resultado final sería favorable al candidato del pueblo, ese que no recibía ni una dadiva del gobierno formal y que representaba en sí, la fuerza del pueblo contra la imposición.

La polarización se notó desde el inicio de la jornada electoral, quienes no desistían con las amenazas eran sometidos a golpes y en el transcurso murieron más de 150 personas, la mayoría almazanistas, amén de que se inauguró el robo de ánforas.

Cuando el robo y la violencia no eran suficientes se alteraban los escrutinios a favor de Ávila Camacho quien era el candidato oficial del gobierno de Lázaro Cárdenas.

El 15 de agosto de 1940 el colegio electoral, controlado absolutamente por el gobierno, calificó la elección y declaró ganador a Ávila Camacho con el 93.89% de los votos contra apenas el 5.72% para Juan Andrew Almazán.

Almazán y sus seguidores rechazaron el fraude electoral y comenzaron a prepararse para un levantamiento armado.

Almazán viajó a Cuba y después a Estados Unidos para entrevistarse con funcionarios del gobierno norteamericano de Franklin D. Roosvelt y sondear su posición ante una eventual nueva Revolución en México.

Pero el gobierno norteamericano a pesar de desconfiar de las prácticas socialistas de Cárdenas, desconfiaba de la amistad que Almazán sostenía con un general norteamericano de apellido Mosley que lideraba un grupo neonazi estadounidense.

El panorama mundial influía pues en la decisión final y pudo más el temor a los nazis que las diferencias que se tenían entonces con la antigua URSS.

Almazán quien había convertido su lucha en la lucha de muchos mexicanos que creían en la democracia, finalmente desistió de la idea de sublevarse evitando con ello un gran derramamiento de sangre, pero cargando por el resto de su vida las acusaciones de cobardía y traición que sus seguidores le endilgaron.

Pero el daño mayor lo sufrieron sin duda los más apasionados, aquellos que cifraron todas sus esperanzas en la verdadera democracia, mi padre tenía en ese entonces 12 años de edad y me cuenta que su padre, – mi abuelo -, le comentó, “Esta es la página cívica más hermosa que ha vivido México y jamás se volverá a repetir”.

Ese 7 de julio de 1940 fue la última vez que mi abuelo votó, el desencanto lo llevó a prescindir para siempre de ese derecho cívico.

La casa del General Juan Andrew Almazán se convirtió en el futuro en el penal del Topo Chico en Monterrey, Nuevo León, se retiró de la vida pública y al poco tiempo nadie hablaba ya de él.

Murió en 1965, – es decir en la segunda mitad del siglo pasado, es decir hace apenas 61 años-, en el más completo de los olvidos, tanto que ya son pocos los que lo recuerdan, menos los que hacen referencia de él, y muchos menos, los que saben quién fue y que representó JUAN ANDREW ALMAZAN.

Jorge Alberto Pérez González

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