Democracia o simulacro: La propuesta de Monreal
Hay momentos en los que un régimen revela lo que verdaderamente piensa de sí mismo. No por lo que dice en sus discursos, sino por lo que propone cuando cree que nadie está mirando con suficiente atención. La reciente iniciativa del diputado Ricardo Monreal que sugiere la posibilidad de suspender elecciones en caso de “intervención extranjera”, es uno de esos momentos. Y merece ser leída no como una ocurrencia legislativa más, sino como un síntoma.
Porque la pregunta que la propuesta evita responder es la más importante de todas: ¿quién decide cuándo hay intervención extranjera? La respuesta, en el diseño actual del poder en México es: El mismo poder que se beneficiaría de suspender la elección. Es decir, juez y parte.
En mi libro Gobernados por Nadie escribí que la crisis política contemporánea no se mide por la cantidad de leyes que se aprueban, sino por la erosión silenciosa de los límites al poder. Las democracias rara vez mueren con golpes de Estado. Mueren con reformas. Con propuestas razonables en apariencia. Con artículos que nadie lee. Con ajustes técnicos que suenan a sentido común y que, sumados, construyen una arquitectura donde el poder ya no responde ante nadie.
La propuesta de Monreal no es, en sí misma, el problema. El problema es que en el imaginario de quienes gobiernan, la elección ya no es un mecanismo sagrado de legitimidad, sino una variable contingente que se puede suspender cuando las circunstancias lo “ameriten”. Y quien define la circunstancia, define la democracia.
Aquí es donde la distinción importa. Y se entiende mejor con una imagen: el teatro.
Nuestra democracia se compone de rituales, elecciones, jornadas electorales, campañas, INE, tribunales, partidos. Pero los rituales son la puesta en escena. El público va al teatro a ver la obra y aplaude desde la butaca. Sólo que ahí, frente al escenario, no es donde se pelea el poder. Donde se pelea es detrás del telón: con los productores, los directores, los inversionistas, los escritores del guión.
A veces el público aplaude tan fuerte a un personaje secundario que termina convertido en protagonista sin que estuviera presupuestado en la obra. Pero cuando cae el telón, ese personaje también regresa al backstage. Y aunque el público lo siga queriendo, aunque haya ganado por aclamación, no le queda más remedio que actuar como se le indique. Como escribí en Gobernados por Nadie: una democracia puede conservar todos sus rituales y perder su alma.
Eso es exactamente lo que distingue a una democracia real de un simulacro democrático. Una cosa es la democracia; entendida como sistema de contrapesos, alternancia real y rendición de cuentas, y otra muy distinta es la puesta en escena, donde se conservan las formas (las urnas, los partidos, los discursos) pero se vacía el contenido. Donde se vota, pero no se decide. Donde hay elecciones, pero no hay competencia genuina. Donde hay leyes, pero solo aplican hacia abajo.
México lleva años deslizándose hacia ese segundo escenario, y no es que Morena lo haga peor o mejor que el PRIAN. Es si las instituciones que dan sentido a la palabra “democracia” siguen funcionando, o si simplemente las usamos como decorado.
Cuando el INE pierde autonomía. Cuando el Poder Judicial se elige por voto popular en boletas que nadie comprende. Cuando la Fiscalía no procesa lo que es evidente y procesa lo que es conveniente. Cuando una iniciativa legislativa abre la puerta a suspender comicios bajo criterios opacos. La democracia no se cae de golpe: se va vaciando. Y un día despertamos en un sistema que conserva el nombre pero ya no la sustancia.
Hay quienes dirán que estoy exagerando. Que la propuesta de Monreal es solo una idea, que no prosperará, que el sistema mexicano tiene contrapesos. Es posible. Pero los contrapesos no son eternos: dependen de instituciones funcionales, de oposición real, de prensa libre y de ciudadanía atenta. Y todos esos elementos están bajo presión simultánea.
La tarea pendiente no es solo de la oposición. Es de la propia presidenta Claudia Sheinbaum, quien tiene en sus manos algo que ningún presidente reciente se ha atrevido a hacer: romper con el pacto de impunidad que vincula al poder político con sus zonas oscuras. Si lo hace, habrá una causa moral renovada. Si no lo hace, la “superioridad moral” del régimen quedará reducida a un eslogan electoral, y lo que vendrá después será solo administración del poder detrás del telón.
Porque al final, esa es la pregunta que define una era: ¿Vivimos en una democracia, o en una puesta en escena que se llama democracia? Las dos cosas se parecen en la superficie. Solo una de ellas resiste el paso del tiempo.
Y la diferencia, como suele suceder con las cosas importantes, no se nota hasta que es demasiado tarde. Hasta que un día votamos creyendo que decidimos quién gobierna, y nos damos cuenta de que solo elegimos qué actor sale a saludar al final de la función.