El paraíso perdido
“Detrás de cada gran fortuna hay un delito..”
Honoré de Balzac
¿Un cambio de director puede marcar el éxito o el fracaso de una empresa?
Por supuesto que sí. Pero con una condición. Es un requisito que linda en lo insalvable, en lo casi indispensable, en una especie de regla de oro: Para que un cambio de esa naturaleza sea exitoso, debe darse en una empresa privada.
No pretendo satanizar al servicio público, sino sólo exponer una realidad que ha lastimado a México por décadas. Las empresas gubernamentales han sido en ese terreno, con contadas excepciones, un desastre financiero y modelos de improductividad.
Pongo sobre la mesa el tema por el nuevo cambio de director general en Petróleos Mexicanos, que una vez más sufre el “síndrome del entrenador”: cuando el equipo está mal al que echan es a el que lo maneja y no tocan a los jugadores, inclusive a los que son un lastre.
En esta ocasión, el nuevo mandamás es Juan Carlos Carpio y el relevado es Victor Rodríguez Padilla. Cito los nombres sólo como dato, porque lo mismo sería que fueran Perico el de los Palotes o Juan Camaney. En rarísimos casos las personas han marcado su paso para bien. La inmensa generalidad ha dejado en la empresa un infierno como herencia.
No es mala leche, es la realidad. Desde que Lázaro Cárdenas encabezó la expropiación petrolera, Pemex ha sido una caja de caudales y al mismo tiempo una cueva de AlI Babá.
No descubro el hilo negro con esto. Han sido muchos los factores que la han hundido y hoy la tienen en el borde de la quiebra. Incapacidad, desconocimiento, amiguismo, sindicalismo, politiquería y otras lindezas, pero sobre todas ellas campea la corrupción. Ha sido su génesis, su esencia y su condena, que han hecho de Petróleos Mexicanos una especie de paraíso perdido.
Ha sido un perfil invariable en todas sus etapas, pero por motivos de espacio le daré hoy solo una muestra de lo que fui testigo como periodista en las decadas de los 70 y 80.Empiezo con el atroz sindicalismo que bebió la sangre de Pemex durante décadas. ¿Ejemplos?
Un pailero (soldador) de segunda ganaba en ese tiempo 40 mil pesos mensuales, una cifra monstruosa que en valor actual rozaría el medio millón mensual. Frente a eso, un ingeniero percibía entre 5 mil y 7 mil pesos.
Las jubilaciones se conseguían con trabajar sólo tres meses seguidos y los llamados “méritos” para los trabajadores de ocasión eran una mina de oro para los líderes, que se agenciaban la mitad de los sueldos, los cuales eran tan altos que aún así eran un botín apetitoso.
No era todo: un trabajador checaba su tarjeta y buscaba una buena sombra para dormir. Imagine el derroche si eso pasaba con 3 mil obreros (sólo en la Sección Uno de Madero) que hacían fila para cubrir vacaciones.
Y la corrupción galopaba sin rienda. Los líderes contribuían generosamente al saqueo, como fue el caso emblemático de Salvador “Chava” Barragán”, que en su palco preferente del estadio Tamaulipas ordenaba cerveza gratis para los 20 mil asistentes. O los millones de dólares que perdió en varios intentos de vencer a los casinos de Las Vegas. O su apodo de “El Niño Aplicado” entre la “raza” periodiquera, ganado a pulso porque cada vez que lo veían les entregaba un billete de 10 mil pesos, que ya no existen.
Son heridas que marcaron a Pemex y nunca se han cerrado en forma definitiva.
La improductividad, la improvisación, el cuatismo, el derroche, aún siguen allí.
En este escenario vuelvo a la pregunta que abrió estas líneas:
¿Cambiara Pemex con un nuevo director?
Sería de risa –si no fuera por las ganas de llorar– pensar que eso pueda suceder, pero para quienes han visto agonizar a esa empresa debe ser una costumbre dolorosa, como en el poema de Garrick, llorar con carcajadas…
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