domingo, 4 de octubre de 2026
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Opinión

¿Y quién pone límites a las acusaciones desde el poder?

Dos años después de haber entregado la Presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador decidió reaparecer.

Lo hizo desde Palenque para presentar su nuevo libro Pueblo, pero, como suele suceder con López Obrador, la presentación terminó convirtiéndose también en un mensaje político.

Defendió su legado, cuestionó nuevamente a expresidentes, criticó a periodistas y medios de comunicación —a los que durante años señaló como medios de manipulación— y también dirigió sus baterías hacia las redes sociales, aquellas que alguna vez llamó “benditas” y que ahora asegura están controladas por algunos de los hombres más ricos del mundo.

Y ahí aparecen las contradicciones.

López Obrador cuestionó durante años a expresidentes, periodistas y medios por participar en la discusión pública. Hoy él es expresidente y hace exactamente eso.

Está en todo su derecho.

Pero es exactamente el mismo derecho que tienen Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto, Ernesto Zedillo, cualquier periodista, cualquier medio de comunicación y cualquier ciudadano.

La libertad de expresión no puede tener reglas diferentes dependiendo de quién tenga el micrófono.

Y resulta todavía más interesante que su reaparición ocurra cuando se discute la llamada “Ley Censura”, que ha generado preocupación por sus posibles efectos sobre la crítica, la sátira y las publicaciones en redes sociales.

Si un periodista difunde información falsa deberá responder conforme a la ley. Si un ciudadano incurre en una conducta sancionada, también. Pero un político, un gobernador, un presidente o un expresidente tampoco debería tener licencia para acusar o desacreditar sin sustento.

La libertad de expresión no puede convertirse en una carretera de un solo sentido.

Pero quizá lo más interesante de esta reaparición fue el momento elegido.

López Obrador habló precisamente cuando se cumplían dos años de haber dejado la Presidencia.

Es decir, mientras Andrés Manuel López Obrador cumplía dos años fuera del poder, Claudia Sheinbaum cumplía dos años ejerciéndolo y comenzaba el tercero de su gobierno.

Uno recordaba su Presidencia desde Palenque.

La otra gobierna desde Palacio Nacional.

Y quizá por eso resulta todavía más interesante observar lo ocurrido en Tamaulipas.

Distintos políticos de Morena se apresuraron a compartir, replicar o, como se dice ahora, “repostear” el mensaje del expresidente.

Están en todo su derecho. Pero quizá deberían preguntarse qué resulta políticamente más importante en estos momentos: la reaparición de quien dejó la Presidencia hace dos años o los dos años de gobierno de quien actualmente ocupa Palacio Nacional.

Porque en política las formas cuentan.

Y mucho.

Nadie puede negar la enorme influencia que López Obrador conserva dentro de Morena ni el liderazgo que representa para millones de mexicanos. Pero una cosa es reconocer al fundador y otra muy diferente no darse cuenta de que el poder ya cambió de manos.

Y hay que tener muy claro algo:

Andrés Manuel López Obrador FUE Presidente de México; Claudia Sheinbaum ES Presidenta de México.

Y esto en política representa prácticamente todo.

Por eso, quienes desde Tamaulipas siguen volteando hacia Palenque cada vez que habla López Obrador quizá deberían afinar un poco la brújula.

Porque, para ser más precisos, no están volteando solamente hacia Palenque.

Están volteando hacia La Chingada, el rancho donde vive el expresidente.

Y no vaya a ser que, por seguir mirando hacia donde estuvo el poder en lugar de observar dónde se encuentra ahora, algunos políticos tamaulipecos terminen precisamente allá:

En La Chingada.

CLAUDIA SHEINBAUM TOMA LAS RIENDAS DE MORENA

Las definiciones de las candidaturas a las gubernaturas de 2027 parecen estar dejando algo más que nombres: están mostrando cómo comienzan a acomodarse las piezas del poder dentro de Morena.

Y quizá también quién lleva ya las riendas del partido.

Después de dos años de gobierno, Claudia Sheinbaum parece estar construyendo su propio espacio de poder dentro del movimiento que fundó Andrés Manuel López Obrador.

La Presidenta sostiene que ella no interviene en la selección de candidatos y que Morena los define mediante encuestas.

Pero en política también cuentan los resultados.

Y el resultado deja un dato difícil de ignorar: los perfiles identificados con el grupo de Adán Augusto López Hernández quedaron fuera de las principales definiciones rumbo a 2027.

No hablamos de cualquier personaje.

Adán Augusto fue gobernador de Tabasco, secretario de Gobernación, aspirante presidencial, coordinador de Morena en el Senado y, sobre todo, uno de los hombres más cercanos a López Obrador.

Durante años pareció uno de los personajes más poderosos de la llamada Cuarta Transformación.

Hoy la fotografía es diferente.

Primero dejó la coordinación de Morena en el Senado y la presidencia de la Junta de Coordinación Política.

Después llegaron las postulaciones para las gubernaturas en 17 estados.

El caso más representativo está en Chihuahua, donde Andrea Chávez, cuya cercanía política con Adán Augusto ha sido ampliamente conocida, quedó fuera y la candidatura terminó favoreciendo a Cruz Pérez Cuéllar.

Y en las demás definiciones tampoco aparece una victoria clara para el grupo político de Adán Augusto.

¿Casualidad, encuestas, acuerdos políticos?

¿O estamos observando una nueva correlación de fuerzas dentro de Morena?

Seguramente existe un poco de todo.

Pero sería ingenuo pensar que en la definición de 17 candidaturas a las gubernaturas solamente existen números y no política.

Y para entender cuánto pueden haber cambiado las cosas basta recordar una escena ocurrida durante los primeros meses del gobierno de Sheinbaum.

Claudia caminaba rumbo al estrado durante un evento en el Zócalo mientras Adán Augusto, Ricardo Monreal, Manuel Velasco y otros personajes estaban concentrados alrededor de Andrés Manuel López Beltrán, Andy, hijo del expresidente.

Tan entretenidos estaban con Andy que no se percataron —digámoslo entre comillas— de que frente a ellos estaba pasando la Presidenta de México.

Después llegaron las explicaciones y las disculpas.

Pero la fotografía quedó.

Y en política las fotografías algunas veces terminan envejeciendo mejor que los discursos.

Porque aquella escena pudiera resumirse de una manera bastante sencilla:

México ya tenía una nueva Presidenta, pero algunos todavía seguían mirando hacia el apellido López Obrador.

Hoy las circunstancias son diferentes.

Adán Augusto ya no dirige Morena en el Senado.

Andrea Chávez quedó fuera de Chihuahua.

Ricardo Monreal continúa ahí, como el viejo lobo de mar de la política que siempre ha sabido navegar entre distintos gobiernos y circunstancias, aunque tampoco con el protagonismo que tuvo en otros momentos.

Y no ha sido el único movimiento. Luisa María Alcalde, quien fue secretaria de Gobernación con López Obrador y posteriormente encabezó la dirigencia nacional de Morena, también dejó la conducción del partido para incorporarse al gobierno de Sheinbaum como consejera jurídica de la Presidencia. Formalmente es una posición importante dentro del Ejecutivo, pero políticamente representa un espacio de mucha menor exposición que Gobernación o la dirigencia del partido. Otra pieza que cambió de lugar mientras Claudia Sheinbaum termina de acomodar el tablero rumbo a 2027.

Y Claudia Sheinbaum comienza su tercer año de gobierno mostrando cada vez mayor control político dentro de su movimiento.

No significa que López Obrador haya dejado de tener influencia.

Mucho menos que el obradorismo haya terminado.

Significa algo mucho más sencillo: hay una Presidenta en funciones.

Y quizá sea incluso sano para México, porque un país no debería tener dos centros de poder, uno en Palacio Nacional y otro en Palenque.

Andrés Manuel López Obrador tuvo seis años para gobernar.

Ahora le corresponde a Claudia Sheinbaum.

Y quizá algunos de aquellos que durante los primeros meses del sexenio seguían demasiado pendientes de Andy López Beltrán y del antiguo centro de poder estén comenzando a entenderlo.

Aquí hago un paréntesis para recordar algo que alguna vez me dijo mi padre, José Villarreal Caballero.

—¿Sabes cuál es el año más difícil para un Presidente? —me preguntó.

Pensé que se refería al desgaste natural de gobernar.

—¿El sexto?

—No —me respondió—. El séptimo.

Me sorprendió.

—¿Cómo el séptimo, si solamente gobierna seis?

Y entonces vino la explicación:

—Precisamente por eso. Porque llega el séptimo año y ya no eres Presidente. Comienzan a desaparecer las llamadas, las atenciones, los reflectores y hasta algunos de aquellos que durante seis años querían estar cerca.

El poder tiene esas cosas.

Mientras se tiene, sobran quienes quieren la fotografía, el saludo y un lugar en primera fila.

Cuando se termina, comienzan a escasear.

Y quizá Andrés Manuel López Obrador esté comenzando a vivir precisamente ese proceso.

Y las definiciones rumbo a 2027 pudieran estar enviando precisamente ese mensaje.

Y quizás después de dos años algunos dentro de Morena finalmente están entendiendo la diferencia. Markdown pegado(1)

LAS ENCUESTAS Y LA REALIDAD DE LAS CIUDADES

Esta semana Massive Caller dio a conocer una serie de encuestas sobre la intención del voto rumbo a las elecciones municipales de 2027 en Altamira, Madero, Victoria, El Mante, Matamoros, Nuevo Laredo, Reynosa y Tampico.

De entrada, Morena aparece encabezando las preferencias en prácticamente todos estos municipios. Algo hasta cierto punto lógico: gobierna Tamaulipas y también las alcaldías incluidas en esta medición.

Pero cuando uno revisa más allá de la marca partidista aparece una contradicción interesante.

Una cosa es preguntar por qué partido votaría hoy un ciudadano y otra muy diferente si quiere que continúe gobernándolo la misma persona.

El ejemplo más claro está en Tampico. Mientras Morena mantiene la ventaja como partido, el 70 por ciento de los encuestados dice que no votaría por la reelección de Mónica Villarreal Anaya.

¿Cómo puede Morena estar arriba y, al mismo tiempo, siete de cada diez ciudadanos rechazar la continuidad de su alcaldesa?

Y Tampico no es un caso aislado. En las demás ciudades incluidas en la medición donde los actuales alcaldes tienen posibilidad de buscar la reelección se presenta prácticamente la misma contradicción: los ciudadanos manifiestan una preferencia por Morena como partido, pero cuando se les pregunta por la continuidad de quienes actualmente gobiernan, predomina el rechazo a la reelección.

Ahí está la diferencia entre la fuerza de una marca y la evaluación de un gobierno.

Pero existe otro elemento que tampoco podemos perder de vista: la encuesta mide a los partidos por separado y todavía no sabemos cómo llegarán a 2027.

¿PAN y PRI irán juntos? ¿Movimiento Ciudadano competirá solo? ¿Morena conservará la alianza con PT y Verde?

Y esas definiciones pueden cambiar completamente los números.

El Mante es un buen ejemplo. Morena ronda el 40 por ciento de las preferencias, pero si enfrente llegara a construirse una alianza opositora competitiva, la elección podría cerrarse considerablemente. Tampoco puede darse por hecho que PT y Verde acompañarán nuevamente a Morena, sobre todo después de los desencuentros que se han presentado.

Pero Morena enfrenta ahí un problema adicional: el 58 por ciento de los encuestados dice que no votaría por la reelección de la actual alcaldesa.

Quizá ese número debería preocuparle más que el 40 por ciento que hoy respaldaría sus siglas.

Porque si Morena quiere conservar El Mante tendrá que buscar una candidata o candidato que no cargue con los negativos de una administración cuestionada por las condiciones en que se encuentra la ciudad.

Y aquí vale meterle un poquito de picardía al asunto.

En política siempre se ha dicho que hay encuestas para medir y encuestas para presumir; y tampoco falta quien asegure que algunas terminan saliendo al gusto del cliente. Por eso más que dejarnos deslumbrar por quién aparece arriba o abajo, habría que preguntarnos qué nos están diciendo realmente los números.

Hace muchos años, el entonces gobernador Tomás Yarrington Ruvalcaba decía que las encuestas eran una radiografía del momento.

Y eso son precisamente.

Todavía faltan candidatos, alianzas, rompimientos, inconformes e indecisos. Y como hemos señalado en otras Cabalgatas, cuando Morena dé a conocer quiénes encabezarán sus proyectos en cada municipio seguramente comenzaremos a ver una realidad política diferente.

Por eso, quienes aspiren a gobernar deberían preocuparse menos por aparecer algunos puntos arriba o abajo en una encuesta y más por revisar cómo están las calles, el drenaje, el agua, la basura, el alumbrado y los servicios públicos.

Porque al final habrá una encuesta mucho más importante que todas las que veamos durante los próximos meses.

Esa no preguntará por teléfono por quién piensa votar.

Pondrá una boleta frente al ciudadano.

Correo electrónico: CabalgataPolítica@elmercurio.com.mx

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