Educar menos no puede ser la solución
Hay decisiones públicas que deberían preocuparnos más de lo que aparentan, y una de ellas es la intención de adelantar el cierre del ciclo escolar en México.
Como docente, no puedo evitar cuestionar una medida que, lejos de fortalecer la educación, parece ignorar la realidad que vivimos dentro de las aulas.
El argumento oficial habla de las altas temperaturas y de ajustes relacionados con el Mundial que se celebrará en nuestro país, sin embargo, más allá de las justificaciones, el debate de fondo debería ser otro: ¿de verdad podemos darnos el lujo de reducir días de clase en un país que enfrenta uno de los rezagos educativos más graves de su historia? Porque el problema no es menor.
Desde mi experiencia en secundaria, he visto alumnos de 12 y 13 años que presentan enormes dificultades para leer, escribir o resolver operaciones matemáticas básicas, y no son casos aislados, son señales alarmantes de un sistema educativo que lleva años acumulando rezagos, vacíos y deficiencias que hoy ya son imposibles de ocultar.
Por eso preocupa tanto que, en lugar de hablar de cómo recuperar aprendizajes, fortalecer contenidos o mejorar el nivel académico, la discusión termine centrada en cómo reducir el tiempo efectivo en las aulas.
El calor existe, por supuesto, las temperaturas han aumentado con los años y sería irresponsable negarlo, pero precisamente por eso, la respuesta lógica de un gobierno comprometido con la educación debería ser invertir en infraestructura escolar adecuada: aulas climatizadas, mejores instalaciones eléctricas, techumbres, bebederos y condiciones dignas para estudiantes y docentes.
Porque cerrar antes las escuelas no resuelve el problema de fondo. Solo lo evade. Y además, resulta inevitable recordar que durante décadas millones de estudiantes acudieron a clases en condiciones mucho más difíciles, incluso sin aire acondicionado, porque la prioridad siempre fue aprender. Hoy, en lugar de fortalecer las escuelas frente a los nuevos desafíos climáticos, pareciera más sencillo reducir el calendario escolar.
Tampoco resulta convincente el argumento relacionado con el Mundial. Un evento deportivo de esa magnitud podría incluso aprovecharse pedagógicamente dentro de las aulas: actividades culturales, deportivas, históricas o de convivencia que permitan integrar el acontecimiento al proceso educativo sin necesidad de suspender clases.
Porque educar no debería detenerse cada vez que aparece una dificultad logística.
Además, pocas veces se habla del impacto real que estas decisiones tienen sobre las familias y los propios docentes, miles de padres seguirán cumpliendo con sus jornadas laborales habituales y tendrán que resolver quién cuidará a sus hijos durante semanas adicionales. Mientras tanto, los maestros tendremos que modificar planeaciones, adelantar evaluaciones y sacrificar contenidos importantes para ajustarnos a cambios repentinos.
Y todo esto, además, en medio de mensajes contradictorios entre la propia Secretaría de Educación Pública y la Presidencia de la República. Mientras el secretario Mario Delgado planteaba públicamente una postura, al día siguiente la presidenta Claudia Sheinbaum parecía desmentirla, esta falta de claridad no solo genera confusión: refleja improvisación en un tema que debería tratarse con absoluta seriedad.
La educación no puede seguir siendo el área donde siempre se recorta, se improvisa o se posponen soluciones reales.
México necesita más aprendizaje, no menos, necesita fortalecer sus escuelas, no reducirlas, necesita asumir con honestidad el tamaño del rezago educativo que enfrentamos.
Porque cada día de clase que se pierde en un país con profundas carencias académicas no es un detalle administrativo, es tiempo de aprendizaje que difícilmente se recupera.
Y cuando un gobierno comienza a normalizar que educar menos es aceptable, el riesgo no solo es académico… es el futuro mismo de una generación.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.