Una reforma que pone en riesgo la pluralidad democrática
La democracia no es solo la suma de votos, sino la forma en que esos votos se traducen en representación y contrapesos.
En política, las palabras importan, pero el diseño institucional importa más.
La propuesta de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum, hoy en análisis en el Congreso de la Unión, se ha difundido bajo una consigna atractiva: que todos los integrantes de la Cámara de Diputados serían electos por votación directa.
A primera vista, suena más democrático. ¿Quién podría oponerse a que los representantes sean elegidos por el voto ciudadano?
Sin embargo, en democracia no basta con el eslogan, lo fundamental es cómo se traduce el voto en representación.
La propuesta mantiene formalmente las 500 diputaciones: 300 por mayoría relativa y 200 bajo un esquema que conserva la representación proporcional, pero la rediseña. Parte de esos espacios serían asignados a los “mejores perdedores”, otros por circunscripción mediante voto directo por partido y algunos a mexicanos en el extranjero.
La pregunta no es si hay voto, la pregunta es si el nuevo diseño preserva el equilibrio que históricamente buscó la representación proporcional.
Conviene recordar algo que hoy parece incómodo: la representación proporcional fue una bandera histórica de la oposición mexicana, fue defendida por la izquierda cuando el sistema era dominado por una sola fuerza política, fue la herramienta que permitió abrir el Congreso, romper hegemonías y construir contrapesos reales.
En 1977 y en 1996, quienes hoy gobiernan exigían pluralidad, exigían garantías, exigían que ninguna mayoría pudiera apropiarse por completo del poder legislativo. Entendían que sin representación proporcional no había democracia equilibrada.
Hoy, desde la mayoría, el discurso cambia.
El rediseño planteado puede fortalecer a las fuerzas políticas con estructuras más consolidadas y presencia dominante en distritos. Un sistema basado en “mejores resultados” individuales puede favorecer a quien ya compite con ventaja territorial. Y una modificación en la lógica de distribución puede alterar el equilibrio que evitaba sobrerrepresentaciones artificiales.
No se trata de oponerse a cualquier reforma. Pero sí de señalar la contradicción histórica: lo que ayer era indispensable para proteger la pluralidad, hoy parece estorbo cuando se ostenta la mayoría.
La pluralidad legislativa no es un obstáculo para gobernar; es una garantía para el ciudadano, un Congreso con contrapesos obliga al diálogo, un Congreso dominado reduce el debate a formalidad.
México ya vivió una etapa donde el Congreso acompañaba sin cuestionar, la transición democrática fue el reconocimiento de que ningún proyecto político debe gobernar sin límites institucionales.
Modificar el sistema puede ser legítimo, pero hacerlo sin reconocer el valor histórico de los contrapesos es, sumamente preocupante.
La narrativa de “todos por votación directa” puede resultar atractiva, pero la democracia no se mide por la simpleza del eslogan, sino por la solidez de sus garantías.
Las reglas del juego no deben cambiar cuando cambian las mayorías.
Porque cuando quien antes defendía los contrapesos decide debilitarlos, no estamos ante una modernización…
estamos ante una tentación de concentración.
Y la democracia no se pone a prueba cuando se es oposición.
Se pone a prueba cuando se tiene el poder.