Solo somos polvo de estrellas
Seguramente hemos leído o escuchado la conocida frase “somos polvo de estrellas”, la hizo popular el extraordinario astrónomo Carl Sagan. Aunque podría parecer una metáfora poética, capaz de echar a volar nuestra imaginación, es, sin duda, la expresión más cercana que describe nuestro origen. Los elementos que conforman nuestro organismo, como el carbono, el oxígeno, el calcio, el hierro y el nitrógeno, entre otros, fueron forjados hace miles de millones de años en el interior de antiguas estrellas que, el explotar y finalizar con su vida dispersaron esa materia por la inmensidad del Universo. Con ello, dieron paso al nacimiento de nuevas estrellas, planetas y finalmente a todas las formas de vida, que hoy conocemos. Pero ¿qué condujo a la ciencia a concluir que estos elementos que conforman nuestro cuerpo fueron formados en el interior de las estrellas?
Hace más de dos mil años, Marco Tulio Cicerón observó el cielo y parafraseando su pensamiento escribió, el orden y la belleza del universo me llevan a reconocer la existencia de un ser superior y eterno. No deja de sorprenderme que, sin telescopios, ni los conocimientos que hoy nos aporta la astronomía, únicamente mediante la observación y su razonamiento lógico y filosófico, dedujo, que, donde existe orden y armonía difícilmente puede hablarse de coincidencias. Esto sugiere más bien, un arquitecto con una causa y un propósito.
A lo largo de la historia, científicos de diversas disciplinas han buscado comprender el origen del universo, la información contenida en nuestro ADN y las leyes que describen el funcionamiento del cosmos. Aunque sus investigaciones parten de campos distintos, muchas de ellas convergen en el extraordinario grado de orden y precisión que poseen las leyes del Universo, y las condiciones que hicieron posible el origen de la vida. Uno de los científicos que deseo mencionar y que se enfrentó a esta cuestión fue el astrofísico británico Fred Hoyle. Sus investigaciones se centraron en explicar cómo se forman estos elementos químicos en el interior de las estrellas, los cuales son los mismos que constituyen gran parte del cuerpo humano. Este descubrimiento hizo posible que hoy podamos afirmar que, literalmente, somos polvo de estrellas. La trayectoria científica de Hoyle fue particularmente interesante. Siempre mantuvo una postura crítica frente a las explicaciones religiosas y, durante varios años, rechazó la teoría del Bing Bang. En su lugar, defendió el modelo del estado estacionario, en el cual el universo no tuvo un principio ni tendría un final, sino que ha existido eternamente, conservando las mismas características generales a pesar de su expansión.
Lo verdaderamente admirable y digno de resaltar en el trabajo de Hoyle, fue demostrar que los elementos químicos esenciales para la vida se forman en el interior de las estrellas y que cada célula de nuestro organismo está compuesta por esos mismos elementos. Sus investigaciones no quedaron en una simple teoría, sino que pudieron demostrar con fundamento científico, que la materia de la que estamos hechos tuvo un origen estelar. Como científico, estaba convencido que el universo podía explicarse mediante leyes naturales. Sin embargo, hubo algo aún más interesante en las investigaciones de Fred Hoyle, pues cuando más profundizaba en estas, sus descubrimientos mostraban un ajuste extraordinario y preciso en las leyes de la física, la química y la biología que difícilmente se pudiera atribuir ese grado de certeza a la casualidad. Para Hoyle, comprender cómo funciona el universo; incluso, con ese orden tan preciso, que hizo posible la existencia de la vida, evidentemente lo hicieron cambiar su forma de pensar, y la forma de entender el universo. Es cuando ocurre lo fascinante en esta historia, el punto de encuentro entre la ciencia, la filosofía y la religión, tal como también le sucedió a un sin número de científicos, cada uno desde su campo de estudio, y que, en algunos casos, como este, fueron reacios en sus primeros años de estudio. Fred Hoyle, finalmente planteó la posibilidad de que detrás de la extraordinaria organización del cosmos, podría existir un “superintelecto”; es decir, una inteligencia superior, término que utilizó en uno de sus artículos publicado en 1982, como resultado y conclusión de la evidencia científica.
En esta misma búsqueda por comprender nuestro origen, en uno de sus libros, Stephen Hawking, retoma una pregunta que, alguna vez, se hizo Albert Einstein. ¿Cuántas opciones tuvo Dios al construir el universo? Mas allá de la explicación científica, que Hawking desarrolla en su obra, esta pregunta también incita a una reflexión filosófica. Si las leyes del Universo hicieron posible la existencia de las estrellas, de los planetas y de la vida misma, también permitieron que surgiera una conciencia capaz de descifrar esas leyes, comprenderlas y cuestionar su propio origen. Desde mi opinión, esta extraordinaria capacidad de la naturaleza, vale decir, de todo este orden, me hace pensar que ciertamente existe un propósito, el cual, quizá algún día lleguemos a comprender. Y la teoría unificada que se refirió Hawking, como uno de los grandes objetivos de la física moderna, no solamente signifique conocer las leyes que gobiernan el universo, sino que, desde nuestra condición humana, también seamos capaces de comprender el verdadero propósito que dio sentido a nuestro origen.
Después de este recorrido, estoy plenamente convencida de que hablar de ciencia, del universo, de las estrellas, es también hablar de filosofía, es también hablar de Dios, es incluso intentar comprender cómo surgió la vida y reconocer que todo lo que nos rodea está conectado con un auténtico propósito ligado evidentemente a una inteligencia superior, capaz de hacernos reflexionar, y que aun cuando existan estructuras complejas, como las humanas, podamos preguntarnos la razón por la que hoy estemos aquí.
Por todo esto, y mucho más, la próxima vez que veas el cielo en una noche llena de estrellas, haz una pausa, deja a un lado tus preocupaciones, mira una de ellas y con plena convicción afirma libremente, solo somos polvo de estrellas.