Petróleo en 2026
El petróleo vive una encrucijada sutil y peligrosa en 2026. Hoy, el barril de Brent ronda los 63.17 USD y el West Texas Intermediate los 58.85 USD. A simple vista, podríamos pensar que es una buena noticia: Precios moderados, lejos de los picos desbocados de otras décadas. Pero el petróleo, como la historia, nunca es lo que parece.
Estos precios no reflejan una economía saludable. No bajaron porque el mundo haya logrado emanciparse del petróleo, ni porque las energías renovables hayan conquistado el trono. Bajaron porque hay más oferta que demanda. Demasiado crudo circulando en un mundo que no sabe si crecer o decrecer, que no sabe si avanzar con gas natural o con litio, pero que, mientras decide, sigue bombeando como si nada.
Y cuando el petróleo es barato por exceso de oferta, el espejismo es doble. Primero, porque se crea la ilusión de que todo va bien. Segundo, porque los gobiernos petroleros (como el mexicano) ven reducidos sus ingresos, y con ellos, su margen de maniobra. Menos ingresos públicos, más deuda, menos inversión. Eso lo pagamos todos, aunque el litro de gasolina parezca estable por unos meses.
La otra cara del crudo barato es su carácter geopolítico. En 2026, las tensiones en el Medio Oriente, en Venezuela o incluso en el estrecho de Taiwán, no han desaparecido. Son brasas activas. Cualquier chispa puede disparar los precios. Y cuando eso ocurra, porque ocurrirá, los mercados gritarán “nadie lo vio venir”. Pero sí lo vimos. Sólo que no quisimos mirar.
En el día a día, el ciudadano promedio no siente el precio del barril, pero sí el de los alimentos transportados, de la electricidad generada, del fertilizante que nutre la tierra. Un barril barato no se traduce automáticamente en una vida más barata. De hecho, puede ser un indicio de un sistema en pausa, de una economía global con anemia.
Por eso es un error pensar que el precio bajo del petróleo es alivio. Es anestesia. Y como toda anestesia, no cura: Adormece.
Si algo revela el petróleo en este 2026 es nuestra vulnerabilidad colectiva. Seguimos atados a una fuente de energía que no controlamos del todo, cuyos precios se fijan lejos de nuestros congresos, y cuyos beneficios están, en buena parte, privatizados. Lo que fue alguna vez símbolo de soberanía energética, hoy es más bien un termómetro de nuestra dependencia.
La pregunta ya no es cuánto cuesta el barril. La verdadera pregunta es qué estamos haciendo con esa energía. ¿La estamos usando para construir un modelo más justo, más sostenible, más soberano? ¿O seguimos apostando al vaivén de un mercado que, por más predecible que parezca, siempre nos agarra por sorpresa?
Porque el petróleo, como la política, no tiene precio fijo. Pero sus consecuencias, cuando no se piensan a tiempo, son carísimas.