Nuevo orden mundial
El rapto del presidente de Venezuela por parte de Estados Unidos, más allá de su culpabilidad o inocencia, no es un hecho aislado, es la lápida sobre la tumba aún tibia del derecho internacional. Se acabó. No más ficciones de legalidad, no más retórica de autodeterminación, no más coreografías diplomáticas para justificar lo injustificable. Cuando el autoproclamado “guardián de la democracia” actúa como un matón global a plena luz del día, sin siquiera cuidar las formas, lo que muere no es sólo una convención jurídica: Muere la era del Estado de derecho como mito civilizatorio.
Recordemos: Estados Unidos no es un país más. Es el gendarme planetario con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, el arquitecto del orden liberal internacional y el evangelista del discurso democrático. Si ese mismo país actúa sin mandato legal, sin autorización multilateral y sin pudor alguno, lo que está diciendo es claro: Las reglas ya no aplican, salvo para los débiles. La democracia, como antes la religión, ha sido reciclada en excusa imperial. Ya no se exporta por convicción, sino por conveniencia. Ya no se defiende por principios, sino por dividendos.
El secuestro de un jefe de Estado extranjero sin proceso judicial ni legitimidad internacional es un acto de fuerza desnuda. Es Maquiavelo sin la pluma. Es Hobbes sin el contrato. Es Nietzsche sin estilo. El derecho internacional, ese frágil artificio forjado tras el trauma de dos guerras mundiales, ha sido arrojado al basurero de la historia por quienes más lo invocaban. Y no es la primera vez. Pero esta vez ya ni siquiera hay pudor: Lo que antes era encubierto, hoy se transmite en cadena nacional.
Y no se trata sólo de Estados Unidos. El problema es más profundo: La democracia global ha sido vaciada de contenido. Se ha convertido en la coartada perfecta para justificar el cinismo estructural de las potencias. Como escribió Byung-Chul Han, vivimos en una “sociedad de la transparencia” donde el poder se exhibe sin culpa, porque ya nadie exige rendición de cuentas. Se gobierna por espectáculo, se invade por contrato, se legisla por algoritmo.
Hoy, lo democrático no es un régimen de gobierno, sino un recurso narrativo. Un disfraz para el saqueo, una coartada para la intervención, una palabra que abre puertas y justifica drones. El pueblo ya no es soberano, es decorado. El voto ya no elige, valida. Las urnas ya no son instrumentos de libertad, sino de consagración de lo inevitable. Como bien señalaste: La política actual no es el arte del diálogo, es la justificación elegante del dominio brutal del más fuerte.
No vivimos el final de la historia, como soñó Fukuyama. Vivimos el epílogo grotesco del mito democrático. El poder ha dejado de fingir. Ya no necesita legitimarse: Le basta con imponerse. Y si alguna vez dudaste de que la democracia se había convertido en tiranía del espectáculo, la captura de un presidente soberano sin juicio ni derecho te lo confirma: El Estado de derecho fue, después de todo, un interludio ingenuo en la larga historia del poder desnudo.
Nos toca pensar, entonces, en los términos de Foucault: ¿Quién produce la verdad que justifica estos actos? ¿Quién decide qué tirano debe caer y qué criminal debe ser aliado? ¿Qué redes de saber legitiman la violencia imperial bajo el nombre de “libertad”? Y si ya no hay normas comunes, si el derecho es sólo un nombre que se invoca para no decir fuerza, entonces estamos ante una nueva etapa de la humanidad: No la posmodernidad, sino la poslegalidad.
La conclusión es incómoda, pero inevitable: La democracia ha muerto, pero su cadáver aún desfila en las cumbres internacionales. El Estado de derecho es un ritual vacío, una pieza de museo que se desempolva en los discursos, pero se ignora en los hechos. Y la política, lejos de ser el arte de lo posible, se ha vuelto el arte de la coartada.
Bienvenidos al nuevo orden: Un mundo donde los derechos ya no se reconocen, se administran. Donde la justicia ya no se busca, se simula. Donde la democracia ya no se vive, se representa. Y mientras tanto, los ciudadanos (nosotros) seguimos aplaudiendo las sombras de una caverna que ya ni siquiera pretende esconder las cadenas.