Las mil y una anécdotas
Un buen día me encontraba arreglando mi pequeño jardín cuando de pronto escuché un sonido agudo y vibrante, cuál fue mi sorpresa, al ver un colibrí que estaba flotando en el aire, moviendo tan rápido sus alas que parecía dibujaban un 8; para mi sorpresa, el ave no se veía temerosa, por el contrario, cada vez estaba más cerca de mí, yo procuraba no moverme para no verme amenazante, pues estaba extasiado observando aquella maravilla creada por Dios, decidí moverme lentamente y acerqué un pequeño banco, donde me senté , pero al ver mis movimientos el colibrí se alejó un poco, pero pasado unos segundos regresó y se posó en una delgada rama de una planta de jazmín que me había obsequiado años atrás mi abuela materna de nombre Isabel. Vivía en ese momento un instante mágico y cuando lo percibo, mi mente construye un Worldbuilding o mundo imaginario creando un escenario fantástico para darle paso al efecto llamado metalepsis que es cuando el escritor traspasa las fronteras entre su mundo real y el mundo de ficción. Animado por el hecho de la confianza que al parecer se había establecido entre los dos, lo primero que se me ocurrió fue de tratar de comunicarme con el ave, intentando imitar su canto o chirrido, pero el ave solo movía su cabeza de un lado para el otro, intuyendo que ese sonido no significaba nada para él, estaba por retirarme cuando creí escuchar una voz que me decía: ¿A dónde vas? Extrañado busqué por todos lados al emisor de la voz, pero solo vi al colibrí parado en la rama de Jazmín, entonces, preocupado pensé que tenía alucinaciones auditivas, pero el colibrí movió sus alas y de plano escuché que decía: ¿A qué le temes? La verdad, le contesté, nunca había escuchado hablar a un ave. El colibrí contestó, todo aquél que tiene el poder de entrar al mundo imaginario, puede incorporarse sin dificultad a formar parte entorno fantástico, así es que bienvenido; te he estado observando desde hace algunos años y he confirmado que eres un buen jardinero y has mantenido este pequeño paraíso para el disfrute de todos los que aquí habitamos; he constatado que las semillas que siembras en la tierra y en el cielo siempre florecen y dan buenos frutos, no te asombre por ello el hecho de que las buenas palabras, los buenos deseos y el amor que siembras en la mente de los que necesitan de ellos florezcan e igualmente den frutos para su bien y el bien de los demás. Ahora te diré algo que debes sembrar en tu mente: No tengas miedo, porque Dios está contigo. ¿Crees tú eso? Entonces contesté: Si creo.
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