Venezuela, la libertad y la pregunta que incomoda
En los primeros días de 2026, miles de venezolanos despertaron con el mismo impulso: mirar el teléfono con esperanza. Desde Caracas, Bogotá, Miami o Madrid, la pregunta era la misma: ¿será cierto que el miedo empieza a ceder? No importaba el huso horario ni el lugar del exilio; la emoción cruzó fronteras porque llevaba años contenida.
Celebrar esa emoción es legítimo. Para quienes resistieron dentro del país y para quienes sobrevivieron lejos de casa, la sola posibilidad de un quiebre significó alivio. Después de persecución, escasez, silencios forzados y despedidas sin retorno, la palabra libertad deja de ser consigna y se vuelve necesidad vital.
Más allá de las versiones y del ruido informativo propio de momentos de quiebre en torno al destino de Nicolás Maduro, lo verdaderamente revelador es el contexto que permitió que un régimen se sostuviera durante años sin contrapesos reales. No porque el pueblo “no abriera los ojos”, como a veces se afirma con ligereza, sino porque abrirlos tenía consecuencias. Cuando disentir implica perder el empleo, la libertad o la vida; cuando el hambre se convierte en mecanismo de control y la migración en la única salida, el silencio no es complicidad: es miedo.
El miedo, sostenido en el tiempo, no solo paraliza; educa a la sociedad a sobrevivir, no a resistir, y cuando eso ocurre, la vida pública se encoge, el debate se extingue y la esperanza aprende a hablar en voz baja.
De ahí surge la pregunta incómoda: ¿cómo es posible que el orden en un país tenga que venir desde fuera? La intervención de Estados Unidos despierta alivio en unos y desconfianza en otros, ambas reacciones pueden coexistir. Celebrar que se frene un régimen acusado de violaciones sistemáticas a los derechos humanos no implica ignorar que ninguna potencia actúa por altruismo. La geopolítica no se mueve por moral, sino por intereses.
En ese contexto aparecen también las acusaciones sobre el Cartel de los Soles, una estructura señalada durante años por vincular poder político y narcotráfico, si la acción internacional buscó desarticular un entramado criminal de ese tamaño, la discusión ya no es solo sobre soberanía, sino sobre hasta dónde puede degradarse un Estado antes de convertirse en amenaza regional, Estados Unidos no podía seguir fingiendo neutralidad ante un Estado capturado por el crimen.
La lección es clara y dura: la soberanía no se pierde cuando entra una fuerza extranjera; se pierde antes, cuando se destruyen instituciones, se concentra el poder y se normaliza el miedo, cuando el discurso sustituye a la ley y la crítica se confunde con traición, la intervención deja de ser impensable y se vuelve posible.
Nada de esto justifica la humillación de un país ni la celebración ingenua de la fuerza, pero tampoco permite cerrar los ojos ante una verdad incómoda: la libertad que no se defiende desde dentro, tarde o temprano llega desde fuera… y siempre llega con factura.
Venezuela no es una anécdota lejana, es un espejo. Ningún país está exento de recorrer ese camino cuando normaliza la concentración del poder y descalifica toda crítica como enemistad, la democracia no se pierde de golpe; se desgasta en silencio y cuando ese silencio se vuelve costumbre, alguien más termina escribiendo el desenlace.
Porque la libertad puede llegar como alivio… o como advertencia.
Y Venezuela, hoy, es ambas cosas.