martes, 3 de marzo de 2026
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Opinión

¿Quién gana en una guerra?

¿Para qué existe la guerra? No me refiero al pretexto (seguridad, soberanía, Dios, democracia, orden) sino a su fin último: ¿qué pretende realmente cuando arrasa ciudades, convierte niños en estadísticas y llama “daño colateral” a la vida? Si la política era, como quería Aristóteles, el arte de hacer posible la vida buena en común, entonces la guerra es su inversión obscena: el arte de destruir la vida ajena para salvar una narrativa propia. Y, sin embargo, insistimos en tratarla como si tuviera un propósito noble, como si el horror fuese un trámite hacia la justicia. ¿No será que la guerra no busca la paz, sino la obediencia? ¿No será que su fin último es recordarnos quién manda?

En Medio Oriente, la guerra una y otra vez se repite con sangre, la guerra opera como liturgia. Se mata con vocabulario sagrado y se negocia con cinismo profano. Aquí la violencia no es solo estratégica: es identitaria. El mundo se ordena por la línea amigo-enemigo, y cuando esa línea se vuelve sagrada, el enemigo deja de ser humano para volverse “impuro”, “terrorista”, “hereje”, “ocupante”, “traidor”. El resultado es una máquina moral perfecta: cada bando se siente víctima eterna y juez definitivo. La guerra, así, ya no es un medio: es una forma de pertenecer. Y cuando la pertenencia depende del dolor, la paz se vuelve sospechosa, casi una traición.

En África, el conflicto suele tener un traje distinto: no siempre viene envuelto en banderas solemnes, sino en contratos, minerales, rutas, fronteras dibujadas por manos muertas. Se habla de “guerras tribales” como quien se lava las manos; se omite, convenientemente, el legado colonial, la ingeniería de Estados frágiles, y la extracción sistemática que convierte regiones enteras en estaciones de servicio del mundo. Frantz Fanon advirtió que la violencia colonial deja una herencia: no solo pobreza, sino una psicología del sometimiento y la rabia. Aquí la guerra se parece a una economía: armas que circulan, recursos que se disputan, poblaciones desplazadas como “externalidades”. Y el cinismo global, tan humanitario en discursos, tan selectivo en acciones, funciona como un espejo: lloramos unas tragedias y administramos otras.

En Sudamérica, la guerra a menudo no se declara: se normaliza. Se disfraza de “seguridad”, de “lucha contra el crimen”, de “pacificación”, y termina pareciéndose a un estado de excepción permanente. Hobbes diría que el Leviatán existe para impedir la guerra de todos contra todos; pero en demasiados territorios el Leviatán llegó tarde, llegó cooptado o llegó a cobrar cuota. Entre guerrillas residuales, economías ilícitas, redes de corrupción y comunidades atrapadas, la guerra no solo mata: organiza. Da empleo, impone justicia paralela, define jerarquías, administra miedo. Es una guerra que no necesita épica: le basta la costumbre. Y cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, lo primero que pierde no es la vida: es la indignación. Lo segundo, la vergüenza.

En Asia, la guerra se vuelve más grande y más fría: potencias con memoria imperial, nacionalismos heridos, disputas territoriales, guerras civiles, crisis humanitarias, y un tablero donde la tecnología ya no es herramienta sino doctrina. Aquí aparece el viejo fantasma de Tucídides: el miedo del poder establecido ante el ascenso de otro poder. Pero ahora el conflicto no solo se libra con soldados; se libra con chips, satélites, bloqueos, propaganda algorítmica y vigilancia total. La guerra, en Asia, no siempre estalla: a veces se cocina a fuego lento como amenaza constante, como disciplina colectiva, como educación sentimental del enemigo.

Y entonces volvemos a lo que nadie quiere decir en voz alta: ¿quién gana con la guerra? ¿Ganan los pueblos, o ganan las élites que convierten el patriotismo en licencia para fracasar sin rendir cuentas? ¿Ganan los soldados, o ganan los fabricantes de armas y los políticos que necesitan enemigos para ocultar su vacío? ¿Gana la justicia, o gana la propaganda que convierte la masacre en “necesidad histórica”? ¿Quién pierde: el que muere, o el que sobrevive y aprende a odiar como forma de respirar? Y la pregunta más incómoda: si después de cada guerra el mundo promete “nunca más”, ¿por qué lo único que realmente se moderniza es la manera de matar? ¿Será que la guerra no es un accidente de la humanidad, sino su método favorito para evitar pensar?

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