La empatía que estamos perdiendo.
Hay algo que poco a poco se ha ido desdibujando en nuestra vida cotidiana, no es una institución, no es una ley, no es un gobierno, es algo más esencial, más humano… y quizá por eso más preocupante: la empatía.
Vivimos tiempos donde cada vez resulta más fácil opinar que escuchar, juzgar que comprender, reaccionar que reflexionar, nos hemos acostumbrado a responder con rapidez, pero no necesariamente con sensibilidad.
Basta abrir cualquier red social para confirmarlo.
Ante una tragedia, aparecen burlas, ante el dolor ajeno, surgen críticas, ante la diferencia, se responde con descalificación.
Y así, casi sin darnos cuenta, hemos ido normalizando una forma de relacionarnos donde el otro deja de ser persona y se convierte en opinión, en etiqueta o en enemigo.
Lo digo también desde mi experiencia personal: en la vida pública —y muchas veces en lo cotidiano— he visto cómo la crítica deja de ser argumento y se convierte en ataque, cómo la diferencia incomoda más de lo que invita a dialogar, y cómo, poco a poco, la empatía se vuelve una excepción y no la regla.
La empatía —esa capacidad de ponerse en el lugar del otro— no debería ser un acto extraordinario, debería ser lo básico, lo mínimo que sostiene la convivencia en cualquier sociedad.
Pero algo está cambiando, la violencia ya no solo se expresa en actos extremos; también se refleja en lo cotidiano, en el lenguaje, en la indiferencia, en la facilidad con la que minimizamos lo que otros viven. Nos estamos acostumbrando a ver el dolor ajeno como algo lejano e irrelevante, y eso es peligroso.
Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de sentir con el otro, pierde también su capacidad de construir comunidad, se rompe el vínculo que nos permite entendernos, respetarnos y convivir, incluso en medio de las diferencias.
La empatía no significa estar de acuerdo en todo, significa reconocer que detrás de cada postura, de cada historia, de cada error incluso, hay una persona con una realidad que merece ser entendida. Hoy parece que eso incomoda.
Se aplaude la confrontación, se viraliza el enojo y se premia la descalificación, pero pocas veces se valora la capacidad de escuchar, de dialogar o de intentar comprender, y sin empatía, el diálogo se vuelve imposible.
Recuperarla no es tarea de un solo sector ni de una sola generación, es una responsabilidad compartida, empieza en casa, se fortalece en la escuela y se refleja en la forma en que participamos como sociedad.
Tal vez no podamos cambiarlo todo de un día para otro, pero sí podemos empezar por algo sencillo: detenernos antes de juzgar, escuchar antes de responder y recordar que detrás de cada historia hay alguien que también está intentando salir adelante.
Porque al final, la forma en que tratamos a los demás dice mucho más de nosotros que cualquier discurso.
Y cuando dejamos de vernos como personas, empezamos a perdernos como sociedad.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.