Chihuahua: cuando todos acarrean y nadie representa
La marcha del fin de semana en Chihuahua no dejó una victoria política. Dejó una radiografía que considero vergonzosa. Morena quiso presentarse como el pueblo deindignado. El PAN quiso presentarse como el muro de contención frente al avance morenista. Pero cuando se levanta el telón, aparece lo de siempre: autobuses, consignas prefabricadas, bloqueos carreteros, lonas, propaganda, acarreo y una ciudadanía usada como carne de mitin.
Morena convocó bajo la bandera de la soberanía nacional, en medio de la controversia por la presencia de agentes estadounidenses en operativos de seguridad en el estado y con la intención de presionar políticamente a Maru Campos. Concedo: la soberanía importa. Importa mucho. Pero la pregunta es otra. ¿Desde cuándo la soberanía se defiende llenando camiones? Porque una cosa es convocar al pueblo, y otra muy distinta es transportarlo como inventario electoral. Hubo reportes de bloqueos para impedir el paso de autobuses con presuntos acarreados, capturas atribuidas a operadores vinculados al Bienestar pidiendo cuotas de asistentes, lonas pagadas, espectaculares pagados y todo el aparato propagandístico encendido a tope. Si eso es participación democrática, entonces la democracia ya no camina. La suben al camión.
Pero el PAN tampoco sale limpio de esta. Que quede claro. Impedir una manifestación no es defender a Chihuahua. Es confesarle miedo a la calle. Si Morena convirtió la protesta en operación territorial, el panismo respondió con la misma lógica de siempre: no persuadir, sino estorbar. No debatir, bloquear. No se buscó convencer al ciudadano, solo se buscó impedir que el adversario llegue. Cierres carreteros antes de la concentración, obras hidráulicas iniciadas convenientemente minutos antes en el trayecto del contingente, fugas de agua que aparecen mágicamente cuando se necesita un pretexto. Aquí no hubo virtud cívica. Hubo logística de guerra.
Y eso es lo verdaderamente grave. No que Morena marche. No que el PAN proteste. No que una gobernadora sea criticada o que un partido se defienda. Lo grave es esto: ambos bandos olvidaron que la ciudadanía no es recurso renovable para llenar plazas, bloquear carreteras o decorar discursos.La política mexicana llegó a un punto grotesco. Todos dicen hablar por el pueblo, pero nadie parece confiar en él. Morena no confía en que la indignación nazca sola; por eso la organiza, la transporta, la mide y la presume.
El PAN no confía en que los ciudadanos puedan rechazar libremente a Morena; por eso intenta cercar, intimidar o entorpecer. Unos fabrican multitud. Otros fabrican resistencia. Y ambos fabrican simulacros. Lo que vimos en Chihuahua no fue voluntad popular. Fue voluntad operada. Una voluntad administrada desde oficinas, chats, carreteras, templetes y dirigencias partidistas. El pueblo no apareció como sujeto político. Apareció como escenografía. Y cuando el pueblo se vuelve escenografía, la democracia deja de ser gobierno popular y se convierte en teatro barato pagado con presupuesto público. Morena presume pueblo, pero demasiadas veces confunde pueblo con clientela. El PAN presume libertad, pero demasiadas veces confunde libertad con propiedad privada del estado que gobierna. Uno grita “transformación” mientras reproduce los viejos vicios del PRI que dijo venir a sepultar. El otro grita “Chihuahua libre” mientras actúa como si la libertad consistiera en cerrar caminos al adversario.
Qué ironía tan mexicana: dos partidos acusándose de destruir la democracia mientras ambos le ponen una soga al cuello.Y luego vendrá la contabilidad ridícula. Que si fueron veinte mil. Que si fueron cientos. Que si fue fracaso. Que si fue sabotaje. Que si fue histórico. Que si fue espontáneo. Esa obsesión por contar cuerpos revela la pobreza moral de nuestra política. Ya no importa si una causa es justa: importa cuántas cabezas se pueden poner frente a una cámara. Ya no importa convencer: importa llenar. Ya no importa deliberar: importa aparentar fuerza.
Si necesitas acarrear gente para demostrar que tienes pueblo, es porque no tienes pueblo. Y si necesitas bloquear al adversario para demostrar que tu estado lo rechaza, es porque no tienes tanta legitimidad como presumes.La democracia no muere solamente cuando se roba una elección. También muere cuando se acostumbra a la gente a ser usada. Cuando se normaliza que la pobreza sea combustible electoral. Cuando se acepta que una despensa, un apoyo, un favor, una amenaza o un camión sustituyan la conciencia política. Cuando la calle deja de ser espacio ciudadano y se vuelve extensión del partido.Chihuahua no necesita ser rehén de Morena ni propiedad moral del PAN. No necesita que desde el centro vengan a usarla como tablero de guerra nacional. Tampoco necesita que el gobierno estatal convierta la defensa política en reacción tribal. Chihuahua necesita algo mucho más raro en este país: ciudadanos que no se dejen convertir en instrumento de nadie.Ese fue el verdadero fracaso del fin de semana.
No que hayan ido pocos o muchos. No que Morena no lograra la foto que quería. No que el PAN se sintiera victorioso por haber resistido. El fracaso fue más profundo: otra vez la ciudadanía fue tratada como botín, como tropa, como número, como obstáculo o como aplauso.Y al final, los dos bandos dirán que ganaron. Morena dirá que defendió la soberanía. El PAN dirá que defendió a Chihuahua. Pero la verdad es que Morena defendió su narrativa y el PAN defendió su territorio. Nadie defendió al ciudadano.Cuando un partido acarrea para llenar una marcha y el otro acarrea o moviliza para tumbarla, no estamos ante una democracia viva. Estamos ante una competencia de operadores. No estamos ante un pueblo soberaon, estamos ante un pueblo administrado. Y un pueblo administrado no marcha.Lo marchan.