Hacer política en tiempos de desconfianza
Hacer política nunca ha sido sencillo, implica tomar decisiones, asumir responsabilidades y exponerse al escrutinio público, pero en los tiempos que vivimos, el reto parece haberse vuelto aún más complejo.
Hoy la política enfrenta uno de sus momentos de mayor desgaste social, la ciudadanía observa con desconfianza, con cansancio y, en muchos casos, con desencanto.
Para muchas personas, la palabra “política” dejó de representar solución y comenzó a asociarse con conflicto, promesas incumplidas o intereses particulares.
Esa percepción no surge de la nada, durante años se han acumulado errores, excesos y desencuentros que han debilitado la confianza ciudadana. Y cuando la confianza se rompe, reconstruirla se vuelve una tarea mucho más difícil que haberla cuidado desde el principio.
En ese contexto, hacer política hoy exige más que nunca convicción, paciencia y resistencia, porque no basta con presentar propuestas o trabajar desde un cargo público; también hay que enfrentar un ambiente marcado por la descalificación inmediata, la polarización y la sospecha constante.
Sin embargo, hay un desafío adicional del que todavía se habla poco: el que enfrentan las mujeres que deciden participar en la vida pública.
Aunque México ha avanzado en materia de paridad y cada vez más mujeres ocupan espacios de decisión, la realidad demuestra que el camino sigue siendo desigual. A muchas mujeres en política se nos exige demostrar el doble para recibir la mitad del reconocimiento, se cuestiona nuestra capacidad con mayor facilidad, se juzga nuestra vida personal y, con frecuencia, se intenta minimizar nuestro trabajo.
En ocasiones, la violencia política en razón de género no se manifiesta de manera abierta, aparece en formas más sutiles pero igual de dañinas: cuando se oculta información para limitar la toma de decisiones, cuando se obstaculiza el ejercicio de responsabilidades, cuando se desacredita la voz de una mujer simplemente por el hecho de ser mujer.
No son casos aislados. Es una realidad que todavía duele y que no podemos normalizar.
La participación política de las mujeres no debería implicar una batalla adicional, no debería exigir mayor resistencia ni obligarnos a demostrar permanentemente que somos capaces. Pero muchas mujeres lo hacen todos los días: preparándose más, trabajando más y abriendo camino para que las que vienen detrás encuentren menos obstáculos. Y a pesar de todo, seguimos aquí.
Seguimos participando porque creemos que la política, bien entendida, sigue siendo una herramienta para transformar realidades, porque renunciar a ella significaría dejar los espacios de decisión en manos de quienes no necesariamente buscan el bien común.
La política necesita recuperar la confianza de la ciudadanía. Y eso solo será posible con responsabilidad, congruencia y resultados, pero también será posible cuando entendamos que la participación de las mujeres no es concesión ni cuota simbólica: es una condición indispensable para una democracia más justa.
Hacer política hoy puede ser complicado. Pero hacerlo con convicción sigue siendo necesario.
Y para muchas mujeres, además de participar, también significa resistir… hasta que la igualdad deje de ser una lucha y se convierta, por fin, en una realidad cotidiana.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar…