La desesperación se nota
Hay algo que en política se repite cuando las cosas empiezan a salir mal, o por lo menos distinto a como estaban planeadas: las decisiones y los comportamientos cambian. El político que durante meses hablaba con tranquilidad empieza a subir el tono, el que aseguraba tener todo bajo control comienza a aparecer todos los días y aquel que había planeado cuidadosamente posicionar a un sucesor termina entrando personalmente a la campaña para tratar de hacer lo que su delfín no pudo hacer. En esto existe una constante que vale la pena observar, y es que cuando una estrategia funciona normalmente se mantiene; cuando deja de funcionar, comienzan los experimentos, los movimientos bruscos y las decisiones que unas semanas antes parecían innecesarias. Por ejemplo, Donald Trump nos acaba de regalar un ejemplo bastante claro. En medio de una elección intermedia complicada para los republicanos anunció que, si su partido conserva la Cámara de Representantes y el Senado, entregará cinco mil dólares a cada ciudadano adulto. Más allá de si la propuesta termina siendo viable, de dónde saldría el dinero o si algún día puede convertirse en realidad, políticamente resulta interesante el momento en que aparece. Cuando una elección avanza exactamente como alguien quiere, difícilmente necesita poner sobre la mesa una promesa de más de un billón de dólares para convencer a los electores de mantener a su partido en el poder. Algo está tratando de corregir y por eso la apuesta subió exageradamente de tamaño.
En Tamaulipas ya hemos visto cosas parecidas. Durante la elección de 2022 llegó un momento en que el entonces gobernador Francisco García Cabeza de Vaca terminó tomando un protagonismo cada vez mayor alrededor de la campaña de César Verástegui. Quienes recuerdan aquella elección también recuerdan aquella rueda de prensa donde el gobernador decidió entrar directamente al pleito y decirle a sus adversarios: “para todos tengo”. El problema fue que mientras más aparecía el gobernador, menos se hablaba del candidato. Una campaña que necesitaba construir a quien pretendía sucederlo terminó teniendo nuevamente al gobernador como personaje principal, por eso cuando el jefe político ocupa el espacio que debería pertenecerle a su candidato, algo dentro de la estrategia evidentemente no funcionó como lo tenían planeado.
Eso mismo ocurre cuando un gobernante no consigue posicionar a su delfín, cuando no levanta en las encuestas o cuando quien estaba acostumbrado a concentrar la conversación descubre que apareció otra figura capaz de quitarle reflectores. Entonces comienza la necesidad de hacer algo diferente: cambia el discurso, aparecen adversarios nuevos, se multiplican los eventos, comienzan las acusaciones, se anuncian decisiones espectaculares y muchas veces el propio jefe termina haciendo aquello que originalmente le correspondería a su candidato. El problema es que esas decisiones suelen provocar un segundo efecto. Cuando alguien modifica demasiado rápido lo que venía haciendo, también comunica que su estrategia no estaba funcionando. Si un candidato necesita que alguien más salga a defenderlo, el mensaje termina siendo que no puede hacerlo solo; si un gobernante necesita convertir una elección en una evaluación personal de su poder, probablemente significa que su candidato no fue suficiente; y si a unas semanas de votar aparece una cambio de estrategia, significa que algo cambió y que los números ya no son lo que pensaban. El intento por esconder una debilidad termina siendo precisamente lo que la hace más evidente.
Por eso en política resulta más interesante observar lo que hacen los protagonistas que escuchar lo que dicen. Cuando los números son buenos no existe necesidad de cambiar lo que estaba funcionando, tampoco de inventar adversarios, modificar el discurso intentar movimientos que cambien de un día para otro la conversación. Los buenos números permiten paciencia, una estrategia que funciona permite continuidad y un candidato bien posicionado difícilmente necesita que alguien llegue a ocupar su lugar para tratar de rescatarlo.
Veredicto final
”El poder empieza a debilitarse mucho antes de perderse. Casi siempre, el primer síntoma aparece cuando quien lo tiene comienza a hacer demasiado para demostrar que todavía lo conserva….”