¡Oh, Señor mío! Todo parece tan triste, por nuestros pecados te han condenado, reina el silencio en mi alma desde aquel día en que fuiste crucificado; reina el silencio en mi vida, en cada dolorosa pisada tuya hacia el calvario.

Renovando mi fe

A la hora de las tribulaciones, pareciera mi fe esfumarse.

Como cordero tembloroso, en medio de la nada, surge mi yo

cobarde.

A la hora del dolor, mi pensamiento huye y se oculta en lo

blanco del origen de mi mente.

No quiero saber de nada, se olvida la feliz vivencia, y el

sonido del silencio, en la oscuridad me atrapa.

Temblando sin querer mi ser entero, amenaza con sacar

mi alma de su molde.

Del punto ciego del comienzo de la vida, se separan mis

células primarias, extraviando mi naturaleza humana.

De pronto voy en caída libre por el infinito, flotando en el

universo como energía pura y alguien me observa.

Me delata indescriptible luz, la que une y divide, la que

forma y transforma.

De nuevo, ocurre el milagro con tan sólo Él desearlo, y

reconstruye mi estructura, conduciendo mi retorno en

armonía, definiendo mi misión en el cielo y en la tierra.

Ahora sé que no puedo escapar de mi destino, y renovada

mi fe y fortalecida mi natural sabiduría, puedo enfrentar

lo que más temía.

Conocí entonces el camino, la verdad y la vida, y de la mano

de Dios regreso al punto de partida.

No temeré más por las cosas de este mundo, porque sé cuál es

mi verdadero origen, no temeré a la muerte, porque ésta fue

vencida por amor, no temeré a la vida, porque me fue dada

para ser feliz.

A la hora de las tribulaciones, mi fe, mi renovada fe, vence

todos mis temores y si algún temor habría de tener, sería el de

perder tu gracia, mi Señor.

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