Ese aparente e insignificante punto de luz que brilla en la total oscuridad que emana de las emociones negativas, de aquellos, que teniendo la razón o no, persisten en la rígida postura de mantener una actitud contraria al amor, esperando que en la espesura del egoísmo y el desamor, termine por cerrarse el espacio por donde se refleja la belleza surgida de un corazón amante de la cordura, hermano de la armonía y enamorado de la vida.

¿Quién mantiene al espíritu cautivo? ¿Será la falta de valor por llevar una vida reprimida, o el miedo a ofender al Señor? ¿Quién, si ese diminuto espacio, por donde se refleja el alma y su esplendor, está abierto a la vida por voluntad del Creador, para que puedan asomarse aquellos a los que les asalte la duda o se les nuble la razón?

Será que es más difícil para el alma reprimida, asimilar el dolor que se puede causar, al herir a la temible emoción indefinida que genera el temor, a quien vive en la superficialidad de no sentirse seguro, por no saber lo que está bien o mal. Si Dios es amor, por qué renunciar a la libertad de observar a través de la mirilla, para saber si aquel resplandor lo emite un alma buena o una distante estrella que en el firmamento, aún anuncia el día de la llegada de Aquél que, por nuestros pecados, dio la vida para salvarnos.

Si la oscuridad es la ausencia de luz y la fe es la luz divina que surge de la grandeza del amor que emite el Sagrado Corazón de Jesús, por qué dudar, de que aquel inagotable resplandor que todo lo ilumina, le concede al espíritu cautivo, que habita en cada humanidad, la libertad para adorar a su Dios y salvador.

enfoque_sbc@hotmail.com