Los problemas de México no se resuelven con mítines, discursos o actos multitudinarios, tampoco se resuelven con propaganda permanente ni con reformas aprobadas al vapor.
Mucho menos se resolverán profundizando la polarización que tanto daño le ha hecho a nuestro país.
Como he escrito en ocasiones anteriores, México necesita más diálogo y menos confrontación, los grandes problemas nacionales no distinguen colores partidistas, y difícilmente podrán resolverse mientras sigamos divididos entre etiquetas y discursos que enfrentan a unos mexicanos contra otros.
A dos años del gobierno de Claudia Sheinbaum, el oficialismo insiste en presentar un país que millones de mexicanos simplemente no reconocen. Desde el poder se habla de honestidad, resultados, amor al pueblo y amor a la patria, sin embargo, fuera de los discursos, la realidad cuenta una historia muy distinta.
Porque la realidad no se construye desde una conferencia de prensa, la realidad está en los hospitales donde faltan medicamentos, la realidad está en las familias que cada día hacen esfuerzos extraordinarios para llenar el carrito del supermercado mientras la canasta básica continúa aumentando de precio, la realidad está en los productores del campo que enfrentan dificultades crecientes sin recibir los apoyos que durante años ayudaron a sostener la actividad agrícola, la realidad está en los estados que siguen viviendo bajo la amenaza de la violencia y la inseguridad, la realidad está en las madres buscadoras que continúan recorriendo caminos y desiertos buscando a sus hijos desaparecidos, y la realidad también está en los constantes señalamientos que involucran a personajes cercanos al poder en investigaciones, escándalos y presuntos vínculos con actividades ilícitas.
Frente a todo ello, el gobierno responde con una estrategia que ya conocemos: mirar hacia atrás.
Cada crítica encuentra una respuesta en el pasado, cada problema se explica por gobiernos anteriores, cada cuestionamiento termina acompañado de nombres que dejaron el poder hace años…
Pero llega un momento en que gobernar exige algo más que administrar culpas heredadas. Gobernar implica asumir responsabilidades propias.
Porque los mexicanos no viven en el sexenio de Vicente Fox.
No viven en el de Felipe Calderón.
No viven en el de Enrique Peña Nieto.
Viven en el México de hoy.
Y el México de hoy enfrenta problemas que no desaparecen por repetir consignas ni por responsabilizar permanentemente a quienes ya no gobiernan.
La democracia necesita debate, pero también necesita resultados.
Necesita instituciones fuertes, pero también gobiernos capaces de reconocer errores.
Necesita unidad nacional para enfrentar los verdaderos desafíos del país, no una división permanente entre buenos y malos, pueblo y conservadores, aliados y enemigos.
México enfrenta retos enormes en materia de seguridad, salud, educación, crecimiento económico y fortalecimiento institucional, ninguno de ellos se resolverá alimentando la confrontación, ninguno se resolverá construyendo enemigos políticos todos los días. Y ninguno se resolverá sustituyendo resultados por narrativa.
Tal vez el mayor problema no sea la distancia entre lo que se prometió y lo que se ha cumplido.
Tal vez el mayor problema sea la distancia cada vez más evidente entre el discurso oficial y la realidad que viven millones de mexicanos.
Y cuando la realidad contradice constantemente al discurso, la propaganda deja de convencer y comienza a desgastarse.
Porque los gobiernos pueden controlar la narrativa por un tiempo, pero nunca podrán controlar la realidad para siempre.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.