Después de cerrar los ojos, los abrimos para poder ver lo que no hemos querido ver y con ello quedaremos sorprendidos de lo maravilloso que es vivir, porque todo el tiempo que hemos permanecido con los ojos cerrados, sólo hemos podido ver todo lo que nos ha causado mal, tanto del cuerpo como del alma; entonces al abrir los ojos a la verdad, sabremos lo que hemos perdido, pero también descubriremos que todo, absolutamente todo lo que se encuentra roto y fragmentado, se puede reconstruir, entre ello, las miradas que hablan el lenguaje del corazón, la humedad de unos labios rojos encendidos que aman con pasión, la caricia suave que despierta la sensibilidad perdida de nuestra piel al estar cubierta por el tiempo y por tantas capas de palabras vanas, que se adhieren al momento de decir mentiras.
Después de quejarnos tanto del dolor de nuestro cuerpo, al cargar con nuestras penas bien merecidas y con las penas ajenas, que hacemos nuestras por una solidaridad incomprendida, tendremos el beneficio de encontrarnos que el abrazar a quien se ama y nos ama, resulta ser tan vivificante como el amar la vida, y con ello, el deseo de compartir el calor de nuestros cuerpos para mantenerlos siempre vivos y despiertos, para no dejar que el viento de la indiferencia los enfríe, y que al quedar congelados por la inercia, se parezcan a los objetos inanimados, a las cosas sin vida, aunque aún se esté respirando por vivir a la deriva.
Después de que haya aprendido la lección para dejar de ser egoísta, dejaré de buscar la perfección de lo que creo que es o debe ser, para aceptar, a beneficio de los que se mortifican, que tal vez siempre he estado equivocado, porque cada quién es como es, y tiene por ello su razón de ser y por darle vida a sus palabras, obligado está a defender sus sentimientos, porque la amargura que provoca un orgullo mancillado en una mente cerrada, es más dañino que una mentira para no dañar al espíritu, porque se puede soportar el dolor al pagar por las penas ajenas, porque aseguran que al hacerlo se pone en evidencia el verdadero amor por el prójimo, es cuando se aprende a decir de corazón: Me duele que te duela, es cuando duele el alma en pena.
Después de desatar todos los nudos de esta confusa narrativa, podremos entender que nadie es dueño de la verdad absoluta, y descansando en la confianza de que se es justo, aunque pudiéramos ser lo contrario, si sientes paz en tu corazón a diario, podrás vivir con la conciencia tranquila.
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