Aquel día, a mis ocho años de edad, le ayudaba a la abuela Isabel a regar sus plantas, recuerdo que era temprano y las flores de los geranios lucían esplendorosamente, no se diga las flores de los tulipanes; yo llevaba en la mano derecha el asa de un recipiente que le llamaban regadera, mientras mi abuela  se daba gusto con la manguera limpiando el patio; en una de las flores me detuve a observar que una abeja se encontraba libando algo de su néctar, le fui a avisar a la abuela y me pidió que no la molestara porque si bien eran pacíficas, cuando se le molestaba, estas respondían picando al agresor; yo me quedé pensando, en qué momento me podría convertir yo en agresor y en qué momento se me podría considerar una víctima  debido a la ataque de la abeja; como Chabelita notó mi estado de confusión, me dijo: Apurémonos, terminemos de regar, porque quiero llevarte a la casa de una comadre que tiene una colmena; me dio tanto gusto la noticia, que aceleré la tarea del regado y terminé rápido; después me reuní con la abuela que se encontraba en la cocina envolviendo un frasco de vidrio que contenía una conserva de durazno, colocó éste en un morral de ixtle y después tomó mi mano; la casa de su comadre no estaba lejos, así es que, Chabelita se paró en la puerta de entrada del hogar de su comadre, que por cierto, se encontraba abierta, como era la costumbre de la mayoría de los habitantes de San Francisco, pues en aquel tiempo, el mayor de los delitos que  se cometían, eran los pleitos entre algunos conocidos bebedores de cerveza, que se reunían los fines de semana en la encrucijada de lo que yo concebía como el centro comercial de la comunidad, pues las dos más importantes tiendas de abarrotes estaban situadas en ese Lugar, la de mis abuelos llamada “Abarrotes Caballero” y la de Olivia  Flores, si más no recuerdo “Abarrotes Flores”. En fin, la abuela llamó a su comadre y ésta salió, de la cocina, secando sus manos en un delantal de tela a cuadros blancos y azules y sonriendo nos recibió, nos ofreció una silla para sentarnos, mi abuela le entregó el obsequio, acto seguido no ofreció una humeante taza de café, pidiéndonos que le sopláramos pues apenas un par de minutos había terminado su preparación. Mientras ellas platicaban sobre el estado del clima y después sobre la salud de las familias, yo movía nerviosamente mis piernas, lo que no pasó desapercibido por la comadre de la abuela, quien me preguntó: ¿Quiere ir al baño mijo?, yo lo negué con la cabeza y mi abuela aprovechó para decirle si podíamos ir a ver la colmena que tenía en el solar, la comadre se paró de inmediato y nos pido la siguiéramos; y como yo no conocía las colmenas, ella se detuvo a una distancia segura y señaló un vetusto cajón de madera, donde zumbaban incontables abejas, después contestó todas mis dudas, sobre la vida de las abejas y me explicó que todas ellas seguían a la que consideraban la reina, se distinguía por ser más grande de tamaño, pero a mí en realidad todas me parecían del mismo tamaño; comento también que la mayoría de las abejas eran obreras, traduciendo su función como ayudantes de la reina y todas las obreras eran hembras, entonces yo le pregunté por las otras abejas y me dijo: ¡Ah! Sí, también hay machos, pero a esos se les llama zánganos, ya sabrás por qué.

Pero a qué viene esta historia, bueno, a que tal vez sea este el tiempo para que en nuestro país se tenga una Reina y de ser así, habrá sin duda muchas mujeres empoderadas que ocuparán cargos de mucha relevancia; ojalá que no se dejen aconsejar por los zánganos, porque si no, nuestra colmena no prosperaría.

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