Hemos escuchado muchas veces que los seres humanos no debemos depender de nadie para ser felices; aseguran también, que la felicidad es producto de nuestras decisiones; otros, argumentan que hay que vivir hoy como si fuera el último día; ¿Acaso esto significa que no hay que esperar nada de nadie? ¿Que no hay que tener esperanza? ¿Que no debemos de pensar en el futuro? Desde mi muy particular enfoque, todo esto me parece producto del egoísmo natural que poseemos los seres humanos y que nos hace buscar únicamente la satisfacción de nuestros intereses particulares; de ahí que seamos muy selectivos en todo lo que concierne a la procuración de satisfactores personales, a los que solemos clasificar de acuerdo a su utilidad y damos, además, una vigencia. Más no todos los seres humanos, a pesar de ser egoístas, procedemos de la misma manera cuando nos percatamos que nuestra conducta ocasiona daño a las personas que se etiquetan como “sujetos de uso temporal”.

En todo tipo de relación afectiva pueden ocurrir desencantos, no importa que ésta sea de tipo consanguíneo o provengan de amistades generadas por la empatía; de hecho, no son exclusivas de las relaciones entre humanos, los animales también sufren cuando se percatan que los lazos que los unió a una persona son tan frágiles, que están sujetas a la volubilidad del carácter de quien los adopta como mascotas.

Hace unos días, mientras estaba meditando sobre la soledad, se acercó a mi persona, la mascota de la familia, a la que dieron por nombre Talía, es una  hermosa perrita de la raza chihuahua, que es indiscutiblemente un ser muy  sensible, que utiliza como medio de comunicación con nosotros, muy probablemente, las emisiones vibratorias o electromagnéticas que emanan de nuestro cuerpo, y que varían según el estado emocional en el que nos encontremos, pero que únicamente puede ser captada por el hombre cuando existe un sincero lazo afectivo que nace del corazón  y se identifica en toda relación como amor.

Pues bien, Talía se acercó amorosamente y se recostó sobre mi pecho, abriendo y entrecerrando los ojos destellando una mirada de misericordia, al percibir mi decaído estado anímico motivado por la nostalgia que me causara la ausencia física, no sólo de las personas amadas que partieron al encuentro del Señor, sino de las que estando cerca y disfrutando del don de la vida, se ausentan por falta de una buena comunicación, y que me hace pensar, en el hecho, de que más allá de la justificación que nos permite el trabajo del hogar o el profesional, se dejan influenciar por el egoísmo natural, que sólo les permite cumplir con los anhelos y necesidades propias, más no el de las  personas que por amor creyeron encontrar residencia permanente en su corazón.

He comprobado que Dios nunca nos deja solos, nos acompaña en cada momento, sobre todo, en aquellos que implican el hacer una profunda reflexión sobre el dilema de que si en verdad la felicidad es cosa de uno y no de dos o de todas las personas con las que interactuamos y a las cuales entregamos nuestro afecto de todo corazón.

Correo electrónico:

enfoque_sbc@hotmail.com