¿Que si había bullicio? Sí, como en todo, al principio, más parecía que lo que no había era mucho tiempo, porque la sobremesa fue tan fugaz que apenas nos dio oportunidad para dar gracias por la comida; minutos después todo lució como antes, sólo como una gran mesa vacía, dispuesta para lo que es, únicamente para tomar los alimentos. Yo me quedé ahí sentado, sumido en mis pensamientos, cerré los ojos por un instante, y aquel silencio me sirvió de llave para abrir el archivo de los recuerdos. Me fui tan lejos en el tiempo, ayer, cuando fui niño, cuando a pesar de ser un número mayor de comensales, y siendo nuestra mesa tan pequeña, mi hermosa madre se daba la habilidad para que todos tuviéramos un plato en ella. Mi padre que también se encontraba ahí, hablaba solamente lo indispensable, haciendo algunas pausas, mas, su mirada me parecía un tanto extraviada, como si hablara consigo  mismo, tal vez haciendo planes, tal vez, pensando en cómo alimentar a aquella tropa; pero mi madre era otra cosa, ella lucía radiante como siempre, tal como una actriz de comedia de televisión de la época, para todo tenía una sonrisa, para todos tenía unas palabras, ya sea alentándonos a terminar el platillo, o para preguntarnos detalles sobre nuestras cosas, como tareas pendientes, actuaciones en recitales escolares, juegos, en fin, ella siempre estaba muy atenta para que en esa mesa, amén de servirse comida, se abrieran los espacios para comentar todo aquello que se había dejado  pendiente, por estar en la escuela, o en la casa de algún amigo haciendo tareas, mientras ella, después, de planear cada segundo de su día, incluía entre los detalles, el tener que trabajar, ya sea vendiendo pasteles, o productos del hogar, todo con tal sigilo, que ninguno de nosotros nos enteráramos de que había dificultades para allegarnos el pan. Sentarse a la mesa en esos días gloriosos, era todo alegría, era una fiesta familiar, era una valiosa oportunidad para escribir una página más del libro de nuestras vidas.

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