Siendo un niño de 8 años, un día me llevó mi padre a una reunión que tenía con sus amigos, era un viernes y yo recién había regresado de la escuela, cuando él paso por mí, después de salir de su trabajo, me preguntó si deseaba ir, y sin pensarlo dos veces dije que sí; aún había luz del día, acaso faltaban un par de horas para obscurecer, tomamos una carretera muy poco transitada y donde no se apreciaban asentamientos humanos, pasando una hora, llegamos a nuestro destino, observé lo que quedaba de una casa de madera de un rancho, donde no se veían vestigios de sembradíos, ni estructura para albergar una familia, era pues una abandonada vivienda en aquel páramo; en lo que parecía la parte frontal  de la vivienda se encontraban cuatro hombres sentados sobre cajones de madera,  se levantó uno de ellos para atizar el fuego en un asador; otro tenía muy cerca una hielera de plástico de regular tamaño donde había bolsas de hielo, y en una destartalada hielera de lámina cubierta de madera se encontraban varias docenas de cervezas que se enfriaban con una barra de hielo; mi padre se acercó al grupo y me extrañó que no saludó, uno de ellos replicó: te mandaron con candado, intuí que se refería a mi persona, tímidamente fui saludando a cada uno, y después me retiré  como para explorar el lugar, todo era tan desolado, que me preguntaba el por qué se habían alejado tanto de la ciudad sólo para tomar cerveza y comer un pedazo de carne asada, de hecho, no habían  llevado ningún tipo de artefacto eléctrico para escuchar música; algunos de ellos se pusieron cómodos quitándose la camisa, pues el calor era intenso, tanto que yo sudaba de axilas y frente y buscaba con afán las servilletas para secarme; lo que no pasó desapercibido para uno de los amigos de mi padre quien se acercó con un paliacate rojo en su mano y me lo ofreció, después me preguntó si tenía sed, asentí con la cabeza, le preguntó a mi padre si había llevado refrescos y ante la negativa, Rodolfo como se llamaba aquel personaje , me dijo: lo siento amigo, no hay ni agua natural, ni refresco, únicamente cerveza; así es con sigilo fue hasta la hielera de madera tomó una botella y simulando que la escondía de la vista de mi padre me la llevó, luego se dirigió hasta el asador y en un plato desechable puso una costilla  de res y me la ofreció, como vio que estaba batallando para arrancarle los pedazos de carne a la costilla, me dijo: tómala con las dos manos y has de cuenta que es una armónica; estando  en ese menester empecé a ver cómo en un desvencijado gallinero que estaba en el fondo de la cabaña, empezaron a llegar aproximadamente diez palomas domésticas, me acerqué a ellas para observarlas mas de cerca y éstas no se inmutaron, pues estaba ya cayendo la noche, había una que se mantenía aislada del resto y me entristecí por ella, por lo que fui con Don  Rodolfo y él amablemente la atrapó y la metió a una caja de galletas y me la regaló, diciendo: ahora te tendrás que dedicar a colombicultura. ¿Qué es eso? le pregunté, y me contó que a esa especie de palomas domésticas se les conocí como paloma bravía o Columba livia, y desde aquel día, me inicié como criador de palomas.

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