De pronto, la sala de espera de la Unidad de Salud donde trabajo se encontraba casi llena, y como siempre, las damas ocupaban más sillas que los varones en una proporción de 7 a 3, entonces, sorprendido me dije: ¿Acaso ya regresamos a la normalidad? Pero si estamos viviendo a plenitud la cuarta ola de la pandemia, cómo es posible que estas personas no tengan ya aquel temor que las mantenía en sus hogares, donde comentaban todo el tiempo que ir a un Centro de Salud era como estar en la antesala de los contagios y estar en un Hospital era la antesala de  la muerte.

Cuando inició la consulta, el fenómeno del regreso a la normalidad seguía teniendo mayor sustento, ninguno de los pacientes habló del Covid-19, a pesar de que las noticias que transmitía la televisión de la sala de espera repetía insistentemente cómo se estaban desarrollando las estrategias de vacunación por edad y algunos de los expertos entrevistados  empleado un tono de voz alarmante, seguían invitando a la población a quedarse en casa, a seguir utilizando el cubrebocas, a seguir guardando la sana distancia; nadie parecía prestar atención al llamado  de cordura de las autoridades sanitarias; porque pareciera que los ciudadanos habían empezado ya a pensar más en las patologías de base que padecen, en su control y sus complicaciones, incluso,  un buen número de los asistentes eran madres jóvenes que llevaban a sus hijos recién nacidos a sus citas del Programa de Control de Niño Sano; ellas, las madres, estaban más preocupadas por el desarrollo integral de sus bebés y preguntaban si el peso y la talla estaban acordes a la edad, si la leche materna seguía siendo el mejor alimento, si en la unidad había las suficientes vacunas para completar los esquemas. Cuando les tocó el turno de consultar a los adultos mayores, su preocupación mayor se situaba sobre el hecho de saber con exactitud cuándo se regularizaría el abasto de medicamentos, cuándo se estabilizarían las consultas de especialidad; pero nadie preguntó, ni expresó opinión alguna sobre el estado actual de la pandemia. Mientras yo  trataba de contestar todas esas preguntas, en la sala de espera los conductores de noticias seguían transmitiendo las dificultades que enfrentaba el Sistema  de Salud  para poder  controlar los contagios, exhibiendo  además la problemática social que por muchos años ha mantenido deprimido el ánimo de los ciudadanos y el resentimiento con los gobernantes en turno.

Como siempre, terminé cansado al término de la jornada laboral, pues  había empleado con intensidad una parte olvidada por los prestadores de servicio y de los sistemas de salud: el hacerle sentir al usuario que su vida y su salud integral es importante para nosotros, y más importante, es el hecho de hacerles sentir que la salud, siendo un derecho, también exige la obligación del autocuidado, y de hacer conciencia de ello, dependerá el futuro bienestar de nuestra comunidad.

 

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