“Dios habla una y otra vez, aunque la gente no lo reconozca. Habla en sueños, en visiones nocturnas, cuando el sueño profundo cae sobre las personas mientras están acostada” (Job 33:14-15)
Entonces me venció el sueño y la voluntad ya no fue mía, de pronto, me encontré caminando sin saber por qué lo hacía o a dónde me dirigía, mas, preocupado estaba, porque en mí se asentó, de tiempo atrás, un pensamiento pesado de algo que no estaba resuelto, vi pasar frente a mí escenas de encuentros familiares, me veía al frente de mi gente, aparentaba mucha seguridad, pero en mi mente permeaba el miedo; una y otra vez me preguntaba cuál era la causa de mi congoja, y por qué me encontraba al frente como un pastor que guía a su rebaño; de pronto me detuve y sin necesidad de hablar, uno a uno mis hermanos se acercaba a mí e iniciábamos un diálogo; antes de hacerlo pedía perdón y después describía el por qué lo hacía, ellos no entendían el por qué hacía eso, entonces enumeraba todas las virtudes que Dios les había obsequiado a cada uno, y cada uno reconocía en sí mismo lo que podría llamarse sus defectos, pero estos no eran más grandes que los primeros, de ahí que se consideraban comunes en nuestra naturaleza humana, mientras que las virtudes eran de naturaleza divina. Yo no estaba en calidad de juez, pues entre todos, era el que cargaba una cruz más pesada, sólo que estaba tratando de sanar las heridas emocionales que nos habíamos auto infringido, esto debido a nuestra endeble fe que profesábamos para con nuestro Padre Celestial y su unigénito Jesucristo.
Después de la audiencia familiar me dirigí a una explanada donde podía contemplar unos árboles de tamaño impresionante, cuyas cúspides se perdían en el cielo, pequeño como era y sentía tal majestad, en mi mente hice una pregunta: ¿Eres tú, Padre mío y Señor Nuestro? entonces se dejó sentir un viento muy agradable, como el aliento divino de un poder supremo lejos de toda explicación, pero que me abrazaba con la paz de sentirse liberado de toda culpa, de todo pecado.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”. (Romanos 11:36)
Dios nos obsequie sabiduría para abrir nuestros oídos a su llamado y poder entender cuál es su plan para cada uno de nosotros.
Dios bendiga a nuestra familia y bendiga todos nuestros Domingos Familiares.
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