El tiempo pasa inexorablemente, la vida llega a veces a agobiar en demasía y es entonces que se necesita vagar y buscar en donde no se ha perdido nada, algo de la libertad que antes permaneció en el olvido.
Las horas de fatiga en el trabajo, impiden en muchas ocasiones que las cosas resulten placenteras, los problemas son muchos y se multiplican cuando las decisiones no le favorecen a uno.
Los esfuerzos extras que se pusieron en el empeño, se oscurecen, cuando aparece de pronto otro ente, con igual o mayor número de ambiciones, pero que entra tarde al partido y al parecer con la bendición del árbitro, o cuando menos de los abanderados.
De nada sirve elevar plegarias cuando los dioses terrenales tiene puesta la mirada hacia otro lindero, de poco pueden valer los argumentos, cuando no se tiene la confianza plena en la respuesta futura.
Así las cosas, difícilmente se pueden llevar a cabo los sueños verdaderos, los que se albergan en la mente, no en el corazón, esos que le dan a uno la satisfacción del deber cumplido con eficiencia, pero que muy difícilmente le darán el reconocimiento sincero de quien tiene en sus manos el poder real.
Poder que muchas veces no recae en quien gobierna, sino en quien asesora, mismo que disfruta enormemente al dirigir a otro para que haga lo que él antes hizo, para satisfacción enorme de su inmenso ego.
Por eso el poder no se comparte, por eso el futuro es quimera y a veces la presente pesadilla, por ello la política es ilusión y la decisión es fantasía, pues, aunque no se pueda entender, la imaginación desborda casi siempre, en mero espejismo.
Dicen que Og Mandino fue el más grande vendedor del mundo, pero no es así, existen otros que viven aquí en Tamaulipas, que no se publicitan pero que resultan sorprendentes para eso de crear escenarios creíbles, pero cien por ciento imaginarios.
Con sus preciadas dotes convierten el pasado en presente, infunden ánimos exacerbados en algunos y provocan alientos desproporcionados en otros, engordan caballadas con singular maestría, para apenas asustar a imberbes y después, después desaparecen.
Tras de sí dejan una hilera de cuerpos casi inertes que difícilmente encuentran abrigo, los revuelven de tal manera que el hedor no permite que nadie se acerque a ellos, pues a lo lejos se advierten los despojos y nadie quiere convivir con muertos vivientes.
Por ello, cuando reaccionan y se dan cuenta del abandono en que se encuentran, buscan con ansiedad algunos brazos amorosos, mismos que estén dispuestos a consolar sus cuitas, que puedan prodigar calor y que les permita seguir adelante, aunque tengan que ir a Mc Allen a sacar JUVENTUD DE LA CARTERA.
Jorge Alberto Pérez González