“Respondióles Jesús: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero por lo mismo que decís: Nosotros vemos, y os juzgáis muy instruidos, por eso vuestro pecado persevera en vosotros” (Jn 9:41)

La ceguera espiritual, es aquella que no nos permite ver la verdad que está frente a nosotros; todo lo malo que nos ocurre, es generado por nosotros mismos, cuando nos resistimos a aceptar que sólo requerimos del amor para estar salvos, para estar sanos.

Si pudiéramos entender que la vida es el resultado del acto de amor más grande que ha existido en el universo y que el Creador del origen de la vida es nuestro Padre, dejaríamos de tener miedo a amar.

El amor es la energía divina que nos mueve y nos motiva en la vida, quien se pierde en el camino a la felicidad, es porque en su desarrollo integral, le va dando mayor prioridad al conocimiento material que al espiritual.

Los seres humanos, antes de ser materia, somos espíritu, y como el espíritu no se puede ver, no se puede tocar, sólo se puede sentir, preferimos no hablar de lo que no podemos concebir con una forma material a la que podamos definir, y por lo tanto, tampoco podemos asignar atributos específicos.

Yo soy lo que soy por amor, y sin amor no sería nada, porque mi espíritu no prevalece en un cuerpo despojado de la energía vital, porque se alimenta del agua viva que se adquiere de la fuente de la sabiduría universal.

Amar a nuestro prójimo, como amamos al Padre, es la única manera de llegar a concebirnos como seres de luz; aquellos que no aman, caminan por la oscuridad y se conducen por la vida con miedo, y quien tiene miedo no avanza, se paraliza y retrasa la maduración de su espíritu.

Yo sólo conozco una forma de amar, amo lo que siento, y se fortalece de la fuerza de la energía, que me fue obsequiada por el Padre.

La ceguera espiritual, es aquella que nos hace sentir miedo de vivir y olvidar que somos hijos de Dios.

La respuesta está en lo sencillo, en lo que se comparte con humildad para engrandecer al espíritu.

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