lunes, 10 de agosto de 2026
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Opinión

Lo que no tiene nombre

Tener un hijo es la bendición más grande que Dios te puede dar, el regalo perfecto que la vida te otorga, la obra más sublime que te entrega el universo. Póngale usted el nombre que guste a eso tan hermoso, y hágalo según sean sus creencias o su fe. Ahora bien, recuerdo que cuando era apenas un niño, un hermano de mi madre perdió la vida en un trágico incidente. Recuerdo muy bien que fueron mis padres por la mañana a recogerme de la escuela, algo que nunca en la vida pasaba. Me subieron junto a mi hermano al carro y no hubo muchas explicaciones. Ya llevaban maletas porque nos íbamos a casa de mis abuelos, que vivían en el norte del país. Yo, por ese entonces, vivía en el centro, todo por el trabajo y la ocupación de mi padre. A mi corta edad no entendía lo que pasaba. Solo recuerdo que, después de tanto insistir en que me dijeran qué sucedía, mi padre me dijo con mucha frialdad: “Tu tío se ahogó”. Después de eso no recuerdo mucho.

Lo único que hasta el día de hoy recuerdo con suma fidelidad fueron unas palabras que dijo mi abuela tiempo después: “Puede morir tu esposo y te quedas viuda, pueden morir tus padres y te quedas huérfano, pero cuando se te muere un hijo, duele tanto que ni siquiera tiene nombre, no hay forma de referirse a esa pérdida”. Esa frase retumbó en mi cabeza tan fuerte que hasta el día de hoy, quizá 35 años después, la sigo escuchando como si hubiera sido ayer.

Viene esto a colación porque es la forma en la que entiendo el sufrimiento de las madres buscadoras que se empeñan en encontrar a sus hijos perdidos por culpa de esta maldita lucha que sufre todo México, en esta guerra tan desigual en la que todos somos rehenes. Y sí, me refiero a la guerra que desde hace muchísimos años emprendieron contra la sociedad civil los violentos, los malos, los mañosos, los cárteles, los valientes que en bola y con un arma en las manos deciden, con una facilidad ya normalizada, quién vive y quién muere.

Sigo sin entender cómo las autoridades no pueden encontrar a tantos desaparecidos. Sin embargo, son estas mujeres y hombres quienes un día perdieron el miedo de perder la vida con tal de encontrar aunque sea una señal, una prenda, una pertenencia o un hueso de eso que la vida les dio y que un ser humano cualquiera tuvo la ocurrencia de arrebatarles de forma violenta. Nadie se pone de acuerdo en la cifra exacta, solo sé que son cerca de 135 mil los que se encuentran en calidad de no localizados. Ese número es también el número de hogares que esperan una respuesta, de familias que todos los días despiertan con la esperanza de saber algo y se van a dormir con el mismo silencio. Son cientos de miles de padres, madres, hermanos, esposas e hijos llorando, y algunos ya resignados a saber que quizá nunca tendrán la respuesta que esperan.

Tal vez las fiscalías, los investigadores, las policías, las milicias y todos aquellos cuerpos de seguridad que pueden actuar en contra de esos criminales que siguen desapareciendo gente deberían estar conformados por esos padres, hermanos, esposas y familiares de los más de 135 mil desaparecidos, porque son ellos quienes han demostrado tener más valor que muchos de los que cobran un sueldo, usan un uniforme y ostentan un poder que de poco sirve cuando una familia tiene que salir con sus propias manos a buscar a quien el Estado no pudo encontrar.

Las madres buscadoras y los colectivos han hecho mucho más con unas sencillas palas que cientos de servidores públicos con sus armas, sus charolas y sus uniformes. Han encontrado fosas, restos, prendas y pedazos de historias que nadie más quiso buscar. Han entrado a lugares donde muchos no se atreven, han preguntado lo que otros prefieren callar y han seguido caminando aun sabiendo que cada paso puede acercarlas a la respuesta que más miedo les da encontrar.

México no puede seguir así. Mientras nuestros políticos se pelean en redes sociales tratando de convencer al ciudadano de que los de enfrente son más corruptos que ellos, miles de hijos siguen desaparecidos, miles están por desaparecer y miles de padres lloran y llorarán en sus casas. Y lo verdaderamente terrible es que, para muchos de ellos, el dolor no termina con la muerte, porque ni siquiera tienen un cuerpo que despedir, o un lugar en donde llorar.

Veredicto final

En México han logrado hacer todavía más cruel esa pérdida: obligar a una madre a tomar una pala para encontrar, aunque sea entre la tierra, una parte de su hijo. Si un hijo es el regalo más grande que la vida puede darte, no existe crueldad mayor que obligarte a buscar con tus propias manos lo que un día recibiste entre tus brazos.

 

 

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