Érase una vez, que el árbol sembrado con amor, gustoso creció, y sabio como era, nunca olvidó las manos del sembrador.
Erase como era, un capítulo más del libro de la vida, de ese que nadie suele leer porque no es su vida, porque no es su tiempo.
Erase, que el tiempo pasó y el joven árbol embarneció y no olvidando al sembrador, por gratitud, le ofreció el aroma de sus flores.
Erase que el sembrador, al respirar el perfumado azahar del árbol agradecido, pudo respirar con sumo deleite y se sintió bendecido.
Erase que llegó el momento de que el árbol le ofreciera al sembrador, el néctar de sus jugosos frutos, y éste gustoso deleitó su paladar.
Erase que era evidente, que entre el árbol y el sembrador reinaba un sentimiento más allá de la amistad.
Erase que el amor hace milagros y mantiene siempre viva una relación que no necesita de expresiones de comunicación elocuente.
Erase que el hombre fue creado a imagen y semejanza de su Creador y con amor fue depositado en la tierra como una semilla.
Erase que la semilla sembrada por el Sembrador, fue regada con el agua viva, convertida en amor, para que el hombre y el árbol vivan en fraternal armonía en la tierra llamada paraíso, que se encuentra en el jardín del amado universo donde reina Dios.
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