Un buen día llegó a mí presencia una mujer que decía sufría de un mal incurable, la escuché con mucha atención antes de preguntarle el nombre de su patología, esperando pacientemente escucharlo salir del lamento de aquella alma que tanto sufría, mas, ella por temor o por vergüenza, no le había puesto un nombre a su mal, pues no quería aceptar, que por ser ella misma la causante, pudiese sanar con tan sólo escuchar las palabras de sanación que provenían de la razón; más, cuando terminó de narrar aquella perturbadora historia que quebrantó su corazón, me pidió le diera una explicación de su mal de acuerdo a mi experiencia de vida; para ello, antes le pedí  que de todo lo que escuchara salir de mi boca, no hiciera  juicio alguno, así aceptara o no lo que yo dijera sobre el origen de su mal estar, más si se dejaba ganar por el ímpetu de defender su postura original, le pedí no se molestara en contestar, que igual que como llegó, se fuera sin despedir, porque solamente aquél que quiere en  verdad sanar y liberarse  de su prisión, sabe que en su mano tiene la llave para salir en libertad. Respetuosa aceptó mi consideración y me pidió dejara salir aquellas misteriosas palabras que según yo la pudiesen cubrir para quitarle el frío o el calor que por muchos años le hacían sentir que no tenía un verdadero control de sus vitales emociones. Entonces le dije: Aquí como me ve, antes no estaba, mi lugar en el mundo era muy diferente, vagaba sintiéndome inocente del mal que a mí me aquejaba, culpando de ello al pasado, viendo con desconfianza al presente, y caminando siempre de frente, sin escuchar consejo alguno de los que querían ayudarme, pues todos y ninguno, me daban la razón del referente que yo tenía, para culpar a otros de lo que consentía me hacía sufrir. No siempre me cubrí con la sombra del árbol de la tristeza, le dije, porque la tristeza que se proyectaba, era el reflejo de mi propia sombra, el árbol, por el contrario, con su bondadosa naturaleza, trataba de simular que la sombra era suya, para que pudiera sanar de las heridas que me provocaba mi inconciencia, porque teniendo el don de la inteligencia, no hacía uso de ese privilegio, cuando por ofuscación se nubla la conciencia, escudándome en la fantasía de que me asistía la razón, hasta que en una ocasión, desesperado como ninguno, le pedí a Dios, me levantara el castigo, a lo que el divino Señor me dijo: ¿Castigo? Yo jamás he castigado a un hijo mío en toda la creación de la tierra, más recuerdo que tú me pediste te diera libre albedrío para ensalzarte con tu inteligencia, y de ser un hombre libre te ataste en manos y pies las , porque en mí no confiaste, no hijo, el castigo te lo impusiste tú mismo, para tratar de reconciliarte conmigo, para que me compadeciera de ti, recuerda que yo te di la divina esencia para remediar todos los males: El amor y de él te di a conocer dos verdades: Amarás al Señor tu Dios por sobre todas las cosas y amarás a tu prójimo como a ti mismo, y pronto demostraste que ninguna de las dos habías cumplido. Deja ya de castigarte a ti mismo, ya ama como yo siempre te he amado, ama como te enseñó Jesucristo, porque él ya ha pagado por todos tus pecados.

Tan difícil es amar, que preferimos privilegiar al egoísmo, tan difícil resulta perdonar y perdonarse a sí mismo, porque es mejor castigarse y pasar la vida penando, liberando solo energía que causa malestar.

“Sed, pues misericordiosos, así como vuestro padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados” (Lc 6: 36-37).

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