La pregunta no es retórica. O peor: sí lo es, pero porque en México hemos perfeccionado el arte de responder con propaganda lo que los datos contestan con una bofetada. Mientras Hacienda entrega sus Pre-Criterios 2027 con una previsión de crecimiento para 2026 de entre 1.8% y 2.8%, la realidad viene diciendo otra cosa: el país cerró 2025 con un crecimiento mediocre y arrancó 2026 con tropiezos visibles. El PIB avanzó 0.9% trimestral en el cuarto trimestre de 2025, sí, pero enero ya mostró una contracción mensual de 0.9% en la actividad económica, y febrero apenas insinúa una recuperación raquítica.
Dicho sin anestesia: México no va en picada, pero tampoco va bien. Va en esa zona pantanosa que tanto fascina al poder porque permite vender esperanza sin rendir cuentas. No hay colapso, y precisamente por eso el conformismo resulta más peligroso. El desastre escandaliza; la mediocridad se administra. Una economía que crece poco, invierte poco y entusiasma menos no produce estabilidad: produce resignación. Y la resignación, en política económica, suele venir disfrazada de prudencia técnica.
El problema se vuelve más grotesco cuando se mira la inflación. En marzo de 2026 fue de 4.59%, por encima del rango de variabilidad del Banco de México. Es decir: no solo crecemos poco, sino que además seguimos pagando caro. El ciudadano escucha que la tasa de referencia bajó a 6.75% y podría suponer que viene el alivio; pero Banxico, en el mismo movimiento, admite debilidad económica y mantiene la obsesión defensiva frente a una inflación que no termina de obedecer. Traduzcámoslo al idioma de la calle: el crédito no deja de ser caro por decreto y la mesa no se abarata con comunicados.
Tampoco ayuda que la actividad industrial siga mandando señales mixtas: sube 0.4% en febrero frente al mes previo, pero cae 1.3% anual. Es la metáfora perfecta del momento mexicano: un pequeño rebote que algunos celebrarán como hazaña histórica, aunque el espejo completo siga siendo mediocre. A eso se suma la incertidumbre externa, incluida la próxima revisión del T-MEC, que ya aparece en la discusión de Banxico como factor que enfría inversión y expectativas. O sea, ni el motor interno ruge ni el entorno externo invita a la temeridad.
Por eso la pregunta correcta no es si México “resiste”. Resistir no es una estrategia nacional; es una coartada emocional. La pregunta seria es por qué un país con potencial industrial, posición geográfica privilegiada y bono geopolítico vive atrapado en la liturgia del crecimiento insuficiente. La respuesta incomoda porque no cabe en un eslogan: no basta con estabilidad macroeconómica cuando falta ambición institucional; no basta con disciplina fiscal si no hay confianza para invertir; no basta con repetir “nearshoring” como conjuro mientras la economía real bosteza.
México, entonces, ¿cómo vamos? Vamos como un país que aprendió a presumir que no se hunde mientras olvida exigir que avance. Vamos con cifras que no justifican el triunfalismo, con precios que castigan más de lo que el discurso admite, y con una clase política que suele confundir contención con éxito. Vamos, en suma, administrando la anemia y aplaudiendo porque todavía podemos caminar.
Y eso, se diga como se diga desde Palacio o desde los despachos, no es ir bien. Es apenas no haberse detenido del todo.