Un buen día, meditando sobre una discusión que sostuve con un ser amado y que en apariencia estimaba que no había aportado ninguna enseñanza, vino a mi mente la siguiente frase: No comentes a nadie que el Señor te habla, si no has podido escuchar primero a tu prójimo.
Lo anterior viene a colación por el hecho de que en ocasiones sentimos que estamos tan cerca de Dios que nos es posible escucharlo cuando necesitamos tener una respuesta a los que nos pasa; no dudo que en ocasiones sentimos su presencia, más no escuchamos su voz física, experimentamos pues el efecto de la conjunción de eventos extraordinarios que ocurre en el espacio y en un tiempo preciso cuando lo invocamos solicitando su auxilio, traduciéndose esta comunicación con los efectos de fenómenos en el entorno como la presencia de un inesperado rayo de luz, un viento inusual de características especiales, incluso, un silencio absoluto que nos permite escuchar lo que no podemos cuando el ambiente esta plagado de contaminación ruidosa.
Desde el punto de vista teológico, filosófico y espiritual se asegura que la conciencia humana y Dios, se consideran un binomio real y fundamental para establecer una comunicación con lo divino. La conciencia no es sólo la capacidad de reflexionar, sino el puente directo o el “altar interno” donde ocurre el diálogo con Dios.
San Agustin decía que la conciencia era el lugar más íntimo donde habitaba la verdad, argumento que apuntala la idea de que la voz silenciosa que responde a nuestro llamado, al no ser física, resulta ser una convicción profunda, una paz inexplicable, o una guía moral, que, al ser sintonizada con nuestra conciencia, nos despoja de las distracciones externas, quedando a solas con el Creador.
Para hablar con Dios a través de la conciencia, se necesita una honestidad radical sobre tus actos, intenciones y errores.
El orar en este binomio, no es sólo pedir, sino callar la mente para percibir los impulsos que surgen en nuestro interior. La conciencia ayuda a evaluar si lo que sentimos esta alineado con el amor, la justicia y la voluntad divina.
Desde el punto de vista Psicológico-Espiritual, el binomio entre la conciencia y Dios es la integración de la mente inconsciente y consciente buscando un propósito superior o un sentido de unidad con el todo.
Si ha llegado a ti la maduración de la plena conciencia, podrás comprender que el amor vendría a ser el neurotransmisor que te permite hacer sinapsis para evocar la realidad del conflicto en el que en ocasiones se convierte un diálogo que lo que busca es entrar en la armonía perfecta como Dios lo manda, para vivir una vida plena.
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