Salimos un poco más tarde de la hora planeada, pero en esta ocasión pareció no importarme, observé por el retrovisor del auto a mi nieto Emiliano de 18 años de edad que viajaba en el asiento posterior y pude adivinar en el rictus de su cara un dejo de ansiedad, además, de pronto mordía sus uñas de las manos, lo que confirmo mi sospecha; él por voluntad había decidido viajar con nosotros y me preocupaba el hecho de que se aburriera con nuestra plática, por lo que después de recorrer la mitad del camino rumbo a Monterrey N.L., me detuve en una tienda de autoservicio y sin más le pregunté: ¿Quieres manejar? Y sonriendo, me preguntó antes de asentir, si yo me sentía cansado y le respondí: Estoy bien, sólo que me gustaría saber tu opinión sobre los arreglos que el mecánico le hizo al auto; se acomodó en el asiento del chofer, se abrochó el cinturón de seguridad, confirmó que yo hiciera lo mismo, entonces encendió el motor; durante el trayecto me fue platicando sobre sus planes a futuro, yo lo escuchaba atento, sin interrumpirlo, porque no pedía mi opinión al respecto, pero al él le pareció extraño que no hiciera comentarios, por lo que me preguntó: ¿En qué estás pensando abuelo? te veo muy pensativo.

Discúlpame Emi, no puedo evitar evocar un recuerdo, de cuando yo acompañaba a mi padre en algún viaje, él nunca me enseñó a manejar, aprendí prácticamente sólo, tu bisabuelo Salomón había dejado un auto descompuesto frente a la casa, era un Chevrolet Corvair de la General Motors que se fabricaron en Estados Unidos entre 1959 a 1969, lo hizo antes de que se tomara un tiempo fuera del hogar, en la idea de reflexionar sobre su vida; mi hermano Toño y un amigo de él lo repararon y se fueron a vacacionar un par de semanas a Tampico y cuando regresó lo dejó en el mismo lugar de donde se lo había llevado, prácticamente inservible; en ese entonces yo tenía 15 años y me llamaba mucho la atención el auto, así es que un día tomé las llaves y quise encenderlo pero no prendió, algunos vecinos de mi edad, amigos de la cuadra del 19 y 20 Zaragoza se acercaron y me dijeron que tal vez la batería se encontraba baja y decidieron empujarlo y para nuestra sorpresa encendió después de algunos intentos, pero despedía mucho humo por los mofles, nos percatamos de que casi no traía aceite y conseguimos en un lavado de automóviles “aceite quemado”, le pusimos un par de litros y de nuevo lo empujamos y al encender, todos se subieron al auto y dimos algunas vueltas por las calles cercanas, cómo era una novedad para nosotros repetimos la operación, hasta que un día ya no encendió y alguien le avisó a tu bisabuelo y mando quien lo remolcara hasta un taller. Emiliano preguntó: ¿a qué viene este comentario? Te platico esto Emi, porque yo sé que tú si tuviste prácticas previas de manejo antes de que te sintieras diestro para manejar en carretera, de hecho, yo fui uno de los instructores, y poco a poco me percaté que ya tenías la destreza necesaria de realizar viajes como este, donde yo voy de copiloto y donde tú llevas el volante; pero aún no me puedo explicar cómo mi padre confiaba en mí para que lo llevara a algunas ciudades , si nunca supo qué tan diestro era , de hecho, él me hablaba de manera espontánea y sin importar la hora me decía: Salimos a las 20:00 horas a Monterrey NL. Y como a las 3 de la mañana me decía regresemos a Victoria, yo pensaba que el manejaría de regreso, pero me decía: tú manejas, salimos a carretera y al poco rato se dormía y yo lo despertaba cuando llegábamos. Emiliano, me miró desconcertado y me dijo: Perdóname, pero no entiendo. Mira hijo, cuando tus valores hablan bien de ti, siempre confiarán en ti. Mi padre sabía qué tipo de persona era y confiaba en mí, tanto, que ponía su vida en mis manos. Yo confío en ti y espero que siempre cultives valores positivos para que todo en tu vida salga como lo planeas.

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