¿Por qué lloras? Me preguntó aquel día en el cual me sentí profundamente sensible, y yo le contesté sin levantar la mirada del suelo: No lo sé, algo en mi interior está ocurriendo, me siento como cuando las hojas de un frondoso árbol se mueven sin estar sujetos a una fuerza como el viento, ¿cómo explicarlo? Tú lo has dicho, y lo has dicho bien, me dijo. El movimiento sólo lo puedes percibir tú, porque la fuerza viene de tu interior, tal vez aquellos que te hayan visto llorar, piensen que algo o alguien te ha puesto triste, porque nadie llora sin motivo, pero en realidad, sólo tu conoces el motivo, porqué habrían de conocerlo otras personas. Tal vez, le contesté, para que pudieran entender lo que estoy sintiendo. No te angusties, señaló el Hijo del hombre, el desbordamiento de las emociones humanas sin causa explicable, acompañado por la sensación de una profunda paz invadiendo el corazón, es una señal de mi presencia; lo sé, es difícil de explicar, de hecho, los seres humanos describen a ese evento como “el don de las lágrimas” tu alma se está purificando ante mi presencia, dotándote de una fortaleza inexplicable que libera tu espíritu; tu ser demuestra con ello una inmensa gratitud a Dios Padre.
No tengas miedo, continuó diciendo Él, mi cercanía también pueda hacer que tu cuerpo se estremezca, esto se debe la liberación de la energía que emana del gozo espiritual por el amor que siento por la humanidad, las armónicas vibraciones se van abriendo paso a través de tu cuerpo para estar en sintonía, lo que permite que se establezca una comunicación que clarifique tu sentir y se traduzcan tus necesidades espirituales. “Y estad ciertos que yo mismo estaré siempre con vosotros, hasta la consumación de los siglos.” (Mt 28-20).
Y entonces desperté, no porque estuviera dormido, sino porque tal vez le he puesto limitaciones al poder de mi fe.
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