Me resultó difícil contestarle a mis nietos Sebastián y Emiliano la pregunta sobre ¿cuál ha sido mejor tiempo, el pasado o el presente?, esto, después de que ellos observaron cómo la emoción me ganó hasta las lágrimas al estar viendo una película que narraba la forma de vida de una comunidad, en un pequeño pueblo de Italia, y que de alguna manera me recordó parte de las vivencias de mi niñez en el poblado de San Francisco, en Santiago Nuevo León.

Emiliano me preguntó si extrañaba ser niño, le contesté que por una parte sí, porque igual que ellos disfruté mucho esa etapa de mi desarrollo, gozaba con los juegos y las aventuras que emprendíamos con nuestros amigos de la infancia, pero, sobre todo, disfrutaba del amor de una gran familia, donde cada uno de sus miembros le daba un significado especial a mi vida. Mi abuelo Virgilio a quien admiré profundamente por ser un hombre sencillo, honesto, trabajador y amoroso a su manera; a mi abuela Isabel, una mujer abnegada, fiel, alegre, muy comprometida con todo lo que emanara de su unión matrimonial y su familia, equitativa y justa, amorosa a más no poder; a mi tía Concepción a la que de cariño le decíamos Chonita, que nos amó a todos  sus sobrinos como si fuéramos sus  propios hijos, compartida, alegre, con un don especial para hacernos reír y compensarnos cuando nos lo merecíamos; al tío Arturo que ocultaba su gran bondad bajo una actitud de hombre rudo, como los personajes que interpretó cuando participó como doble en las películas de vaqueros que filmaban los cineastas norteamericanos en Durango; a mi bella prima María Esther, a la que siempre he admirado su valentía para enfrentar los problemas propios y de la familia, poseedora de un hermosa voz y que en muchas ocasiones la escuché interpretar canciones campiranas como las mejores intérpretes de su época; a mi noble primo hermano Gilberto, con quien compartí tantas aventuras y fue mi confidente de mi primer enamoramiento infantil; a mis demás parientes del lugar, que aunque no tuvimos una cercanía como hubiéramos querido, fueron parte fundamental para integrar mi concepto de familia; a cada uno de los pobladores que interactuaban con la familia y que podían por sí mismos ser los protagonistas de uno de los capítulos del libro, cuyas páginas he ido plasmando a través del tiempo en este importante medio de comunicación, y que seguramente algún día integraré para darle vida propia a esa maravillosa historia de vida.

Sí, Emiliano, extraño ser niño, pero, sabes una cosa, por nada del mundo me hubiera perdido la oportunidad que Dios me dio de haber llegado a este momento, al que llamamos presente, y donde me ha tocado ser abuelo y donde he disfrutado de la compañía y el amor de todos ustedes, mis amados nietos.

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