No, no soy ese desconocido que llegó a tu vida de manera inesperada, Dios quiso que me cruzara en tu camino para cumplir la misión por él encomendada; insisto sí, y tal vez ésto se vuelva una molestia, pero te puedo asegurar que mi insistencia no es por necedad o por un interés mezquino, es porque mi destino es permanecer en el corazón de aquellos que de manera incondicional me aceptaron, como hijo, como hermano, como padre o como amigo; mi llegada a tu vida no fue circunstancial, todo estaba dentro del plan maestro por voluntad del Creador del universo.

No, no soy la piedra angular que desechara el arquitecto, soy un pequeño grano de arena  que podría antojarse innecesario, pero que resulta ser indispensable para completar el escenario donde se tendría que escribir la historia de un gran proyecto familiar que hermana por igual, a todo ser que nace por obra y gracia del Señor, para mantener la armonía entre los que hemos sido considerados como la mayor obra de su creación, de ahí la afirmación de que utilizara el barro para moldear con amor a una entidad a la que diera la vida con su aliento, y que siendo a su imagen y semejanza, el hombre pudiese poblar la tierra prometida, donde sembraría su semilla, para levantar después la cosecha de almas finamente concebidas, para renovar con su divina sabiduría su reino celestial.

No, no soy bueno, ni soy malo, pero soy, como cada uno de mis hermanos en Cristo, quien así lo decidiera el Padre, para ir por el camino de la verdad y la vida, siendo purificado su espíritu, al ser perdonados sus pecados por el sacrificio del Cordero de Dios.

No soy un discípulo escogido por su Maestro, soy sólo un aprendiz que cae y se levanta para intentar seguir caminando en busca de las huellas de Jesucristo, porque es mi deseo no perderme en el camino, y vivo esperanzado en poder encontrarlo, alimentándome en mi desierto con su Palabra bendita, que me quita además la sed, cuando me siento perdido.

 

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