Durante mucho tiempo se ha repetido que los jóvenes no se interesan por la política, que viven desconectados de los asuntos públicos, que prefieren mantenerse al margen y que su apatía debilita la vida democrática.
Pero esa afirmación no siempre refleja la realidad, los jóvenes no están alejados de los problemas del país, al contrario, son muchas veces quienes los enfrentan con mayor intensidad: la falta de oportunidades laborales, la incertidumbre económica, la inseguridad, el acceso limitado a la vivienda o la necesidad de un sistema educativo que realmente abra puertas hacia el futuro.
Lo que muchos jóvenes han cuestionado no es la importancia de la política, sino la forma en que tradicionalmente se ha ejercido.
Las nuevas generaciones no quieren una política basada únicamente en discursos o confrontaciones interminables, buscan una política más cercana a la vida cotidiana, más sensible a las causas sociales y más comprometida con resultados concretos.
Cuando los jóvenes deciden participar, la política cambia de ritmo y cuando se abren espacios reales, los jóvenes responden.
Lo digo también desde mi propia experiencia, en 2008, con apenas 21 años, tuve la oportunidad de servir como regidora en el Ayuntamiento de San Fernando, en ese momento no existían leyes que obligaran a los partidos a respetar cuotas para jóvenes ni el principio de paridad que hoy conocemos, aun así, tuve el honor de convertirme en la regidora más joven del estado en aquel periodo 2008–2010.
Ese espacio fue posible porque hubo quienes creyeron en abrir oportunidades para las nuevas generaciones. A lo largo de su historia, el Partido Revolucionario Institucional ha impulsado la participación juvenil y el liderazgo de las mujeres, incluso antes de que muchas de esas medidas fueran obligatorias por ley, desde reformas que ampliaron derechos políticos hasta la creación de estructuras juveniles como el Frente Juvenil Revolucionaro, hoy Red Jóvenes por México, el objetivo fue claro: entender que la democracia necesita renovación generacional.
La participación juvenil no debe verse como una amenaza ni como una simple cuota generacional, es una necesidad para cualquier sociedad que aspire a evolucionar, las y los jovenes traen consigo nuevas ideas, nuevas formas de organización y una mirada distinta sobre los problemas que durante años parecieron estancados. No llegan con todas las respuestas, pero sí con algo fundamental: la disposición de cuestionar lo que siempre se ha hecho igual.
Eso incomoda a algunos, y está bien que incomode, porque las democracias sanas necesitan renovación constante, necesitan que nuevas generaciones entren al debate público, cuestionen estructuras, propongan soluciones y se atrevan a imaginar un país distinto.
Los jóvenes no solo representan el futuro del país; también son parte de su presente, y cuando encuentran espacios reales para participar, la política deja de ser un territorio distante y comienza a convertirse en una herramienta de cambio.
La historia demuestra que muchos de los grandes cambios sociales han comenzado cuando una generación decide dejar de observar y empieza a actuar.
Quizá el verdadero desafío no sea convencer a los jóvenes de participar en la política, quizá el desafío sea que la política esté a la altura de los jóvenes.
Porque cuando una generación decide tomar la palabra, las sociedades comienzan a transformarse, y cuando los jóvenes se atreven a participar, la democracia vuelve a respirar.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar…