Llegué una tarde, cuando nadie me esperaba, y vi que los espacios, otrora llenos de personas, ahora se encontraban vacíos, el ambiente a media oscuridad, iluminado únicamente por la luz que se filtra a través de las cortinas de gasa de las ventanas; era una escena muy parecida a la de aquellas tardes en la casa de la abuela Isabel, cuando no quedaba más que esperar a que llegara la noche, para que aquel comedor, lleno de bullicio por la mañana y al mediodía,  de nuevo cobrara vida; pero ahora se trataba del comedor de la casa de mi madre.

Se respira el mismo aroma, un aroma nostálgico entre olvido y soledad, el mismo que respiré tantas tardes de verano. Qué podía esperarse, hoy a diferencia de ayer, todos teníamos algo propio en que ocuparnos, porque es tiempo de estarlo, y porque son cosas que tenemos que atender; mientras que las cosas del ayer, esas, esas se fueron quedando en su tiempo, cumpliendo en su momento con lo que se tenía estipulado para darle vida al hogar materno.

Hoy puedes sentarte en cualquiera de las estoicas sillas por las tardes, hacerlo antes de morir el sol, y cerrar tus ojos para meditar en soledad y a mediana oscuridad, y en un momento dado de paz y sustracción espiritual , sentir cómo la energía que cada uno de los miembros de la familia aportamos al ambiente familiar, aún se encuentra ahí, pero, está en una especie de estado de latencia y en condición amorfa,  cuando antes de salir de nuestro cuerpo se definía como risa, como llanto, como canto, conversación o convivencia,  todos dejamos parte de nuestra esencia para llenar aquel inmenso espacio que se llama hogar.

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