“Una ley injusta no es ley en absoluto…”

Martín Lutero

Estamos en la antesala de que adquiera vigencia una nueva prohibición en la cascada de ordenamientos inútiles -algunos verdaderas tonterías- que han invadido a Tamaulipas durante décadas.

Ahora, el turno es para los teléfonos celulares en las escuelas.

De tan recurrente, el tema empieza a ser molesto. Pareciera que al respecto ya poco o nada resta por agregar, discutir o comentar, percepción con la cual quien ésto escribe hasta ayer coincidía. Insisto: Hasta ayer.

Le diré si me permite, por qué lo retomo en este espacio.

No sé si será real o ficticia -pero indiscutiblemente ha sido cierta en muchos casos- leí una historia publicada en una red social por un padre de familia, o por lo menos eso dice ser el autor de la misma.

Relata esta persona que tomó una llamada telefónica -esas que todos tememos recibir- de un tipo que con violencia verbal le dijo que tenían a su hija y exigían que depositara una cantidad de dinero en una cuenta para devolvérsela. De acuerdo a lo referido, la víctima entró en pánico y empezó a seguir las instrucciones.

Con él estaba su esposa y a ella se le ocurrió llamar a su hija. La chica le respondió y le dijo que estaba en su salón de clases. Sana y salva.

El hombre, siempre según lo publicado, colgó, bloqueó el número del fallido plagiario y con su cónyuge fueron al plantel para asegurarse de que su pequeña estuviera bien, lo que confirmaron. Final feliz.

Y es aquí, donde surgen preguntas angustiantes.

¿Qué hubiera pasado si la niña no tuviera un celular en su poder? ¿Qué hubieran hecho sus padres al no poder contactarla?

No hace falta ser vidente para responder. Hubieran pagado lo que les exigían y no hubieran podido hacer nada más ante el temor de que le hicieran daño a su hija.

Este escenario no es trivial. Muchísimos padres de familia que en numerosos casos no pueden ni siquiera dejar a sus hijos personalmente en sus escuelas, dependen de esa herramienta para estar en contacto con ellos. Sin exagerar, es válido señalar que esa comunicación es vital para esas familias.

Aunque haya quienes podrían juzgar esta historia como una novela, la verdad es que es un reflejo de la realidad brutal que sucede a diario en todo el país, en donde desaparecen trágicamente niñas y niños. Un drama que ya ha enloquecido a millones y no ha podido ser frenado.

De hecho, en Tamaulipas algunas sociedades de padres de familia ya han lanzado un desafío: Sobre viento y marea dejarán que por su seguridad, sus vástagos acudan a la escuela con el teléfono en sus mochilas, postura en la que de antemano anunciaron que asumirán las consecuencias y se dicen dispuestos a aceptar las sanciones que impongan las autoridades educativas.

No hay duda de que puede haber algún perjuicio para la enseñanza por el mal uso del teléfono durante las clases. Es un mal que hay que admitir que puede darse si no hay una normatividad que lo limite, no que lo elimine.

Pero aquí no caben interpretaciones y para valorar este escenario es hora de poner sobre la mesa un viejo y sabio refrán: De los males, el menor.

Y ante el peligro real que acecha a los menores escolares, permitirles el uso vigilado del celular, es sin duda alguna el muchísimo menor de esos males…

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