Cada día que pasé al lado de mis abuelos maternos fue maravilloso e inolvidable, desde luego, que la abuela Isabel fue la que estuvo más cerca de mí cuando pasaba mis vacaciones de verano en San Francisco, Santiago N.L., esto, porque el abuelo Virgilio, estaba siempre muy ocupado atendiendo sus negocios. He de reconocer que siempre supe que yo no era el consentido, siempre me percaté del hecho de que mi hermano Antonio, el mayor de los nietos de la familia Beltrán Caballero me llevaba mucha ventaja. En aquellos años de mi infancia y adolescencia no entendía el porqué de la preferencia por Antonio, eso lo supe años después, cuando logré superar, no el celo, sino el sentimiento de minusvalía autoimpuesto por no poder vencer mis temores, no romper las reglas establecidas o tal vez por no renunciar al “título” del niño bueno y responsable que me otorgaron en la familia; la verdad yo también admiraba a mi hermano mayor y de hecho, traté de imitarlo, pero esto no lo hacía para parecerme a él, sino para llamar la atención de mis abuelos, mis tíos , incluso de mi madre; dejemos a un lado las citadas apreciaciones para entrar de lleno al tema, que por cierto el resto de mis hermanos podrá también reclamar ser protagonistas de esta página del libro de mi vida, incluso, trataran de superar la experiencia con acciones más significativas si así lo desean, pero nadie podría hablar de mis experiencias porque ninguno las vivió a mi lado.
En otra ocasión narré cómo a través de las enseñanzas de mi abuela Isabel me enamoré de las plantas, en esta ocasión toca el turno al enamoramiento con las aves de corral y es que resulta que mi abuelo Virgilio a petición de la abuela mandó construir un corral o gallinero en la parte inicial del terreno al que llamábamos el solar; el alojamiento para las aves era más que suficiente y fue adaptado rústicamente con todo lo necesario para que las gallinas no anhelaran o extrañarán el hábitat al que estaban acostumbradas; el hogar de las gallinas debería estar siempre limpio y acogedor, y esa tarea le correspondía a la abuela, pero ya entrada en años y con tantas otras actividades del hogar, ella aprovechaba la visita de los nietos para repartir tareas, de tal manera que distribuía en forma equitativa el trabajo, lo que más me agradaba a mí, era el contacto con las gallinas, esto, me permitía observarlas detenidamente, para tratar de entender su comportamiento y poder atender sus necesidades; yo estaba convencido que Dios nos había dotado a los seres humanos de capacidades especiales para entender otras forma de vida y poder vivir en armonía, conservando así el equilibrio con la naturaleza.
En una ocasión, siendo un niño, cuando limpiaba el gallinero una de las gallinas logró escapar, para evitar que el resto se saliera al dejar abierta la puerta, no pude seguirla y se extravió; esa situación me empezó a preocupar, no tanto por el regaño que recibiría de parte de la abuela, sino por el temor de perder su confianza; después de pensar en una solución para resarcir el daño, llegué a la conclusión de que tal vez la abuela no se daría cuenta de que le faltaba una de sus gallinas, así es que no le confesé lo ocurrido, llegada la noche y al disponerme a dormir, el remordimiento no me permitió conciliar el sueño, por lo que decidí que le daría la triste noticia después de desayunar y antes de acompañarla a darles de comer a las gallinas; estuve en la mesa del comedor con la cabeza baja y no me atrevía a mirarla a los ojos , ella comentaba el plan de trabajo del día , y notó que estaba ausente de la charla, y en seguida me preguntó si me sentía bien, yo no le respondí, pero no pude evitar que se me salieran las lágrimas, entonces se acercó a mí, mostrando preocupación por mi estado de salud, pensó que traía un cólico y se ofreció a hacerme un té de manzanilla, entonces me abracé a su delgada cintura y le pedí perdón, ella sorprendida y angustiada por mi actitud, me pidió le hablara con la verdad, y le narré el suceso tal y como fue, entonces, ella puso su delgada mano sobre mi cabeza, y me dijo no te preocupes, e hizo una silente pausa, sin soltarle la cintura volteé a verla y ella también en forma callada estaba llorando, se limpió las lágrimas con un extremo de su delantal de cuadros café, tomó la tina con los granos de maíz con su mano derecha y agarró mi mano con la otra, y me llevó hasta el gallinero. Antes de abrir la puerta observo a sus gallinas y dijo: no te preocupes la gallina copetona es muy golleta, siempre se escapa y se brinca la cerca para el solar de la comadre Cecilia allá hay un gallo muy galán al que siempre busca.
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