Y el abuelo Virgilio, incansable, deambulaba de la casa al patio, del patio a la casa, de la casa a la tienda, y yo, al observarlo, me preguntaba qué pasaba por su mente en esos momento del febril ajetreo de todos los días, y me cuestionaba a mí mismo, sobre cómo viviría mi propia vejez; pero como veía tan lejano ese tiempo, prefería mejor irme a refugiar a la soledad que me ofrecía el paradisíaco solar, buscando, como acostumbraba, el espacio ideal bajo las sombra de algún árbol frutal, y luego, abandonarme relajadamente en el entorno, tirado en el suelo, para poder contemplar, no sólo el casi imperceptible movimiento de las hojas que tenían como fondo un cielo gris claro, preludio de un posible chubasco vespertino, sino el apurado paso de las hormigas subiendo y bajando por el tronco de mi natural beneficiario; observando también extasiado, el aparente errático vuelo de las mariposas de varios colores, recordando lo que alguna vez me dijo mi admirado viejo, sobre el significado místico de esas tonalidades; el blanco, decía, expresa la infancia y su anhelante paz, su evidente inocencia que lucha por conservar la calma y la estabilidad para preservar la armonía, en un ambiente de elegancia y limpieza; el amarillo, comentaba, se traduce como la energizante y controvertida adolescencia, plasmada de egoísmo, de celos, de risa y placer; y el anaranjado, con el ardiente significado que emana de la luminosidad del sol y de la aurora, después de disfrutar del festejo placentero y maravilloso que nos ofrece la vida. Qué preocupación podría ofrecerme aquella época, cuando lo que avizoraba al soñar despierto, era una invitación a vivir intensamente, y presagiaba un futuro lleno de aventura. Pero igual que despierta el día con los primeros rayos del sol, el atardecer de aquella mágica infancia y colorida juventud, ocultaba la alegría, para dar paso a la nostalgia de saber que aquellos maravillosos días, también tendrían una despedida.
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