Ayer, cuando solÃa sonreÃr más, y las bondades del tiempo me permitÃan atender varias cosas a la vez, y podÃa acudir a varios sitios en el mismo dÃa, y más aún, podÃa departir alegremente con familiares y amigos sobre gustos, logros y progresos. Ayer, cuando el ser ágil y oportuno, traÃa como ganancia el poder regresar a temprana hora al hogar, para arreglar algunos desperfectos, y preparar lo necesario para el dÃa siguiente, antes de retirarme a descansar por la noche, para que mi cuerpo y mi mente entraran en el proceso de reparación vital, para despertar al dÃa siguiente con toda aquella abundancia de energÃa que me hacÃa sentir tan capaz y fuerte, como era de esperarse a mi edad jovial.
El ayer me dejó un sinfÃn de añoranzas, mismas que hoy están supeditadas a conceptos como ser valiente, ser fuerte, ser organizado y hasta un poco ambicioso en el buen sentido que privilegia la congruencia y proyecta la salud, para sentir que el tiempo sigue siendo el mismo y percatarse que ahora, lo que cuenta es tener una buena actitud.
Hay realidades que llegan con el paso de los años, y que no implican necesariamente el presumir de una bien ganada sabidurÃa, una de ellas, es que el tiempo transcurre sin ningún inconveniente a su paso, que la mayor velocidad que apreciamos de este, a la edad adulta, se debe a la disminución de nuestras competencia fÃsicas y mentales, para adaptarnos a sus variables
El tiempo, el inexorable paso del tiempo, nos permite marcar nuestra marcha a su lado, con añoranzas, ellas son la evidencia más palpable de nuestra temporalidad en la tierra, pero de ninguna manera nos limita para allegarnos la eternidad, que nos prometiera el Creador de todo cuanto existe en el universo.
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