Y un poco antes de caer la tarde, cuando su mente cansada por el minucioso trabajo de estar siempre escudriñando bajo el lente del microscopio las características de las diversas muestras de los fluidos corporales, de pronto parecía decir: Bien, hasta aquí, necesito descansar, necesito sentir que lo merezco. Yo lo observaba con detenimiento  interpretando su mirada que parecía estar viendo dentro de sí mismo, podía ver los gestos de su cara, mismos,  que reflejaba la tensión crónica de los músculos faciales, observaba también cómo las gotas de sudor, semejantes a diamantes, resbalaban por su frente. Ahí estaba yo, esperando el momento mágico para escuchar sus palabras, que  sin querer sonaban como una tajante orden de salir huyendo de aquel lugar, o tal vez de sí mismo; y cuando no había palabras, me bastaba interpretar lo que decía su mirada para ir en busca de la hielera y depositar en ella refrescos, aguas minerales, una botella de licor y hielos, mientras él se dirigía a sacar de aquel archivero de lámina reforzada de color gris, unos botes de cacahuates y otras semillas de buena marca, que mucho le agradaba consumir en aquel viaje inesperado. Recuerdo que extendía su mano izquierda, mostrando desinteresadamente el anillo de su graduación en 1951 que se colocaba en el dedo anular, abriendo después su mano, donde empuñaba las llaves de su auto, era esa  la señal con la que me acreditaba como conductor designado, para llevarlo por aquel recorrido vespertino rumbo a la carretera a Monterrey; en aquel trayecto que yo alargaba con mi pensamiento; él siempre guardaba silencio, más yo no necesitaba escucharlo para saber todo lo que en esos momentos pensaba, respetaba religiosamente su silencio, hasta llegar al pórtico del rancho de El Porvenir, propiedad de su padre, mi abuelo Felipe Beltrán Gracia; me bajaba del auto que permanecía encendido, y abría aquel grande portón de madera con fuertes bisagras de hierro forjado ,y  una vez dentro de la propiedad, parecía como si se corría automáticamente un telón en el cielo, entonces caía la noche, el bajaba del auto y sacaba de la cajuela una potente lámpara de mano a la que yo llamaba candil, así como una funda de lona donde guardaba un viejo rifle calibre 22, me daba algunas indicaciones de cómo usarlo, y me pedía me sentara en el faldón derecho del auto, mientras el conducía lentamente, tomando en su mano izquierda el candil para iluminar el camino de terracería para buscar el brillo de los ojos de los conejos y las liebres, que en ese entonces proliferaban en aquellos parajes; podía escuchar cómo los neumáticos iban machacando las pequeñas ramas en el camino y a decir verdad, aunque quería complacer a mi padre siendo un buen cazador, nunca lo fui, porque mi mirada se perdía en la oscuridad de la noche para no reconocer el reflejo  de los ojos de aquellos roedores silvestres que curiosos salían al encuentro de la luz; pues lo mío era pasar el mayor tiempo posible al lado de Salomón Beltrán García, el buen Químico Beltrán, por cierto él era mi padre.

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