Cuando joven, escuchaba historias fantásticas en voz de mi padre, muchas de ellas, relacionadas con su desempeño profesional, político y social; hablaba de ellas como las valiosas oportunidades que tuvo de conocer a personajes importantes de su época y gracias a su carismática personalidad, logró tener sólidas amistades; nunca dudé de él en ese aspecto, de hecho, cuando él lo consideraba prudente, me invitaba a alguna de esas reuniones, que de ser formales, al desahogar lo protocolario, pasaban a ser verdaderas tertulias bohemias, donde se conocían realmente a los seres humanos que hay detrás de las etiquetas sociales.
Mi padre tuvo su tiempo y habló en su momento de todo lo que consideró importante en su vida y yo rescaté para mí, todo aquello que me hacía sentir orgulloso de él y paliaba con ello cualquier sufrimiento causado por sus defectos.
Hoy he llegado a una edad, en la cual me ha dado por contar también mis historias, cuando empecé a contárselas a mis hijos, pareció no interesarles mucho, seguramente, porque estaban ocupados en construir sus propias historias, por eso empecé a escribir con la intención de dejar un legado para que ellos conocieran un poco más de mi vida, así como a mí me hubiera gustado haber conocido más de la vida de mi padre; llené tres diarios, después se presentó la oportunidad de escribir para en el periódico y mis historias empezaron a fluir en la comunidad, primero con la intención de que algunos de los conocidos de mis hijos que por causalidad las leyeran, se las les platicaran; de esa manera, deseaba que se sintieran orgullosos de mí, en alguna ocasión, ellos me comentaron la opinión de sus amigos y poco tiempo después, mis amables lectores me daban su opinión directamente; hasta entonces comprendí, que habemos muchas personas que nos hubiera gustado conocer mucho más a nuestro padre, porque a decir verdad, salvo algunas excepciones, es la madre la que pasa mayor tiempo con los hijos y el padre resulta ser, de cierta manera, una amorosa entidad desconocida.
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