Mi madre, lo mismo que me abuela Isabel, siempre se esmeró en tener en su patio un hermoso jardín,  era todo un placer el sentarse por la mañana en un cómodo mueble tipo mecedora a contemplar las flores y algunos árboles frutales, era tanta la paz, que se tenía la sensación de que el tiempo se detenía; nuestros diálogos carentes de prisa en aquel ambiente de armonía, inevitablemente nos invitaban a la  evocación de gratos recuerdos, y después, a una profunda reflexión, concluyendo, que siempre hemos vivido maravillosos momentos familiares; más, conforme pasaba el tiempo, y al multiplicarse las actividades cotidianas, solían dejarse a otras personas, el sutil y esmerado cuidado de las cosas que tanto amábamos, lo que condicionaba progresivamente a que estas fueran perdiendo su lucidez y mermando su hermosura.

La casa de nuestra madre,  como su bello corazón, ha sido suficientemente grande, no sólo para guardar todas nuestras más preciadas emociones y recuerdos, sino, toda clase de cachivaches que ya no caben en los reducidos espacios de las casas  de interés social que habitamos la mayoría de sus hijos, de ahí que ella construyera una bodega de buen tamaño para que sus niños  guardáramos desde la primera cuna de nuestros bebés,  nuestra primera sala,  partes de automóviles, muebles de consultorio, ensayos artesanales, enseres de cocina y quizá otros tantos objetos que por el tiempo que han estado ahí ya no se pueden reconocer;  construyó ese espacio, intentando poner a salvo su jardín, pero después de los objetos, llegaron a la casa de nuestra progenitora nuestras mascotas, mismas a las que se les destinó un espacio al aire libre y fueron ocupando áreas destinadas a las plantas con sus flores. Mi madre contemplaba con tristeza cómo se iba reduciendo su jardín, y empezó a comprar plantas, las sembró en macetas, y empezó a adornar el corredor que conduce al patio y la parte frontal de su casa, si alguna planta perdía su vigor por motivo de las inclemencias de tiempo o de alguna plaga, procuraba reponerlas lo más pronto posible; al principio, las macetas eran de regular tamaño, pero después, adquirió otras más grandes, un día que la acompañé a un vivero le dije: Mamá, entiendo que a ti como a mí nos gusten las plantas y sus flores,  pero, no entiendo por qué cada vez compras macetas más grandes, sin tomar en cuenta que éstas reducen más  el espacio dónde vives. Entonces ella me contestó: Sembrar una planta, verla crecer y florecer, no sólo te alegra la vida, sino te da la oportunidad de no olvidarte de que todo lo que amas  debe de cuidarse; los hijos  aunque sean pequeños siempre deben de ocupar un gran espacio en el corazón de su madre, imagínate ¿cuánto espacio deberán de ocupar cuando son grandes? Mis hijos como las plantas, han ido creciendo, y aunque mi corazón pareciera que ya no pudiera amarlos más, sigue creciendo para que nunca les falte amor. Después de ese bendito día, he ido sembrando el amor en mi corazón con la esperanza de amar tanto como ella nos ha amado.

“Nadie vio jamás a Dios. Pero si nos amamos unos a otros, por amor suyo, Dios habita en nosotros y su caridad es consumada en nosotros. En esto conocemos que vivimos en él, y él en nosotros, porque nos ha comunicado su Espíritu. (1 Jn 4:12-13).

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