Don Florentino, hombre de campo, de 76 años, estaba sentado frente a mí mientras me esmeraba en elaborar su expediente clínico. El hombre me miraba atentamente y contestaba las preguntas que le iba haciendo, y al hacer una peque- ña pausa, me preguntó: -¿No le gustaría estar en estos momentos en el campo, bajo la sombra de un árbol, meciéndose tranquilamente en una hamaca? Despegué con dificultad los ojos del documento, y levanté lentamente la cara, y a duras penas el párpado superior izquierdo; eran las 3 de la tarde, el aire acondicionado era insuficiente para refrescar el cubículo de consulta, y después de haber atendido a un buen número de pacientes en lo que llevaba del turno, sentía que la cabeza me pesaba más de lo debido. Don Florentino, como adivinando lo que estaba ocurriendo, dijo: -Siempre me he preguntado cómo le hacen los médicos para aguantar tanto; nada más el simple hecho de que uno venga y les cuente todos sus males y de pilón las creencias de cómo se formaron y todo lo que hemos hecho para tratar de sanarnos, no me imagino cómo pueden guardar tantas historias en su cabeza y cómo evitar que no les duela. Sin duda, mi paciente, de haber estudiado medicina, hubiese sido un excelente clínico, o ¿acaso mi cara y mi descompuesta postura decían mucho? Por un momento me puse a imaginar aquel paisaje descrito por este buen hombre, y me veía, pues, dejándome seducir por el rechinido y acompasado vaivén de aquella imaginaria hamaca, mis párpados a medio cerrar y mis ojos aún despiertos, viendo el espeso follaje de aquel generoso árbol, que poco a poco, iba cobrando vida, gracias a la magia de la imaginación y por ello, hasta me parecía escucharlo murmurar, cuando el fresco viento del norte, rozaba y movía sus verdes hojas, asegurándome, que aquel fantástico descanso, era un premio muy merecido por mi ya crónica fatiga, ocasionada tal vez, por tratar, ya no digamos, de guardar tantas narraciones de malestares físicos, mentales y espirituales, pero sí, por tratar de resolver situaciones que van más allá de mi capacidad y buena voluntad de servir, humana y profesionalmente.

“Dichoso el hombre a quien el mismo Dios corrige; no desprecies, pues, la corrección del Señor. Porque él mismo hace la llaga y la sana; hiere, y cura con sus manos” (Job 5: 17-18).

Hago pues, lo que el Señor quiere que haga, y ni mi fatiga, ni mi eterno sueño justificado, doblegarán mi voluntad, porque mi voluntad es suya.

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