El especialista de la visión dijo a su paciente durante la exploración de los ojos: Pero hombre de Dios, mire nada más, tiene la mucosa de las conjuntivas de sus ojos muy secas.

El paciente, un hombre adulto mayor, al escuchar el comentario, titubeando le pregunta al médico ¿Y eso es muy malo? El médico le responde: No del todo, pero sí causa muchas molestias oculares, sobre todo a personas de su edad. Y que pudo hacer, dijo el paciente.

Mire, lo veo preocupado, repuso el médico, lo que usted necesita son lágrimas. ¿Lágrimas? Contestó con cierto rictus de sorpresa el paciente.

El especialista le extendió una receta, que consistía en un frasco de gotas oftálmicas de un producto de patente cuyo nombre era difícil de recordar. La dosificación una a dos gotas las veces que fuera necesario, si aparecían los síntomas y por tiempo indefinido. Después el paciente salió del consultorio, sintiéndose aún más viejo, y con un sentimiento de minusvalía, lo que no pasó desapercibido por otro paciente que se encontraba en la sala de espera, quien en tono suave y atento le dijo: ¿Malas noticias? El hombre le respondió: No lo sé, el médico sólo me dijo que necesitaba lágrimas, y eso me entristeció, porque si algo me ha sobrado en la vida son las lágrimas, y no es que sea muy sensible de carácter, pero de unos años a la fecha, así como mi piel ha cambiado, ahora es más delgada y frágil, el sentimiento está como luego dicen a flor de piel.

El hombre que había tratado de consolarlo, pensando que le habían dado un diagnóstico fatal, se quedó intrigado y le dijo: Cómo está eso que el médico le haya dado como receta el ponerse a llorar para sanar de su mal.

Suena algo extraño que así lo hiciera, respondió el paciente, pero si eso es el remedio para mi mal, pues a esta edad se me va a facilitar, porque de un tiempo a la fecha como que los días se me van haciendo más cortos, más grises y siento cómo la tristeza ya no pasa de lado cómo en los días de la juventud, ya sabe, en esos donde uno se ponía triste, pero pasaba pronto; bueno mi amigo, le agradezco su preocupación, pero tengo que llegar a casa para empezar el tratamiento.

El paciente llegó  a su casa, sin prisa abrió la puerta, y al ver la estancia solitaria, como era costumbre, se sentó en el primer sillón que encontró a su paso, y en aquel entorno semi obscuro por la luz tenue del único foco que pendía del techo y el silencio de la tarde noche, cerró los ojos, se puso a pensar en todo aquello que lo entristecía y las lágrimas empezaron a fluir con una facilidad, como cuando las lluvias se presentan en Septiembre, así como cuando los hombres viven el otoño de su vida.

 

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