Hay gobiernos que hablan de sus resultados, y hay gobiernos que prefieren hablar de sus encuestas, cada vez que aparece una medición favorable, Morena la presume como si la popularidad fuera suficiente para responder cualquier cuestionamiento sobre la situación del país, pero gobernar no es ganar una encuesta.
La gente no come popularidad, no se cura con popularidad, no protege a su familia de la inseguridad con popularidad, un estudiante no aprende matemáticas, lectura o ciencias con popularidad, una madre no encuentra medicamentos con popularidad, y una familia no mejora su economía porque un gobernante tenga buenos números en una encuesta. Las encuestas miden percepciones en un momento determinado, los gobiernos deben medirse también por resultados, y esa diferencia importa.
México necesita discutir menos sobre quién es popular y mucho más sobre si las políticas públicas están resolviendo los problemas de las personas, también debemos hablar con claridad de los programas sociales.
Apoyar a quien más lo necesita es una responsabilidad del Estado y una política que debe permanecer independientemente del partido que gobierne. Hoy, además, los programas sociales están protegidos constitucionalmente, por eso es profundamente incorrecto pretender convertirlos en patrimonio político de alguien. Los programas sociales no son de Morena, ni de ningún otro partido, son derechos de los mexicanos y se pagan con dinero de los mexicanos.
Nadie debería sentir que tiene que agradecerle su pensión, su beca o su apoyo a un partido político, mucho menos creer que puede perderlo por votar diferente, y tampoco debería utilizarse el miedo a que “la oposición va a quitar los programas” como herramienta de confrontación electoral.
Quien llegue al gobierno tendrá la obligación de respetar los derechos establecidos en la Constitución. La discusión responsable debería ser otra: ¿Cómo hacer sostenibles esos programas?, ¿Cómo lograr que lleguen verdaderamente a quienes los necesitan?, ¿Cómo acompañarlos con mejores servicios de salud, educación, seguridad y oportunidades de empleo? Porque una política social no puede limitarse a transferir dinero mientras otros servicios esenciales del Estado presentan deficiencias.
También tenemos que hablar de las finanzas públicas. México puede endeudarse, todos los gobiernos lo han hecho y la deuda pública es una herramienta legítima cuando se administra responsablemente, pero cada peso que se pide prestado deberá pagarse, por eso la pregunta no debería ser únicamente cuánto debemos, sino para qué nos estamos endeudando y qué país estamos construyendo con esos recursos.
Si la deuda financia infraestructura productiva, inversión y condiciones para generar crecimiento, debe evaluarse por sus resultados, pero si el gasto público no consigue traducirse en mejores servicios, mayor crecimiento y oportunidades duraderas, los ciudadanos tienen todo el derecho de exigir explicaciones.
Lo mismo ocurre con la corrupción, no basta proclamar que desapareció. La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 reveló que ocho de cada diez personas adultas en zonas urbanas consideraban frecuente la corrupción, una realidad así no desaparece pronunciando un discurso, se combate con instituciones, transparencia, rendición de cuentas y consecuencias para quien roba, sin importar a qué partido pertenezca, ese es quizá uno de los grandes problemas de nuestra conversación pública.
Hemos permitido que los gobiernos conviertan la política en una competencia permanente de narrativas, unos presumen popularidad, otros denuncian fracaso, mientras tanto, millones de mexicanos simplemente quieren soluciones. Quieren seguridad, medicinas, escuelas que enseñen, empleos dignos, calles transitables, servicios públicos que funcionen, y oportunidades para que sus hijos vivan mejor, eso debería ser gobernar, porque un gobierno puede ganar todas las encuestas y aun así tener ciudadanos esperando una medicina, puede llenar plazas y tener escuelas con enormes rezagos, puede presumir aprobación y tener familias viviendo con miedo.
La popularidad puede ganar titulares, los resultados cambian vidas.
México no necesita gobernantes obsesionados con demostrar cuánto los quiere la gente, necesita gobiernos preocupados por demostrar cuánto pueden hacer por ella.
Y cuando llegue el momento de evaluar a quienes gobiernan, quizá deberíamos hacer una pregunta mucho más sencilla que cualquier encuesta: ¿Vivimos mejor? La respuesta a esa pregunta no necesita propaganda, se encuentra todos los días en la mesa de una familia, en los hospitales, en un salón de clases, en una calle y en el bolsillo de cada mexicano. Ahí están las verdaderas encuestas.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.