A México le tomó décadas aprender que una elección no termina cuando se cuentan los votos, termina cuando los ciudadanos confían en el resultado. Parece una diferencia pequeña, pero sobre ella se construyó buena parte de nuestra transición democrática.
Durante muchos años, las elecciones mexicanas estuvieron acompañadas por sospechas, denuncias y una profunda desconfianza hacia el gobierno encargado de organizarlas, por eso las sucesivas reformas electorales fueron incorporando candados, procedimientos, vigilancia, representantes de los partidos, ciudadanos en las casillas y organismos con mayor autonomía.
Nada de eso fue gratuito, México necesitaba algo elemental: certeza.
Que cada boleta entregada pudiera identificarse, que cada voto depositado pudiera contarse, que cada partido pudiera vigilar, y que quien perdiera tuviera mecanismos legales para inconformarse, por eso preocupa la discusión que hoy ocurre dentro del propio Instituto Nacional Electoral sobre las llamadas “boletas planchadas”. Se trata de boletas que aparecen sin las marcas de doblez que normalmente deberían tener después de haber sido depositadas en una urna. El INE determinó que estas boletas no sean anuladas automáticamente, sino reservadas para que el Consejo Distrital analice cada caso y determine si deben contabilizarse.
La explicación institucional existe, la duda también, y tratándose de elecciones, la duda nunca debería parecernos un asunto menor, incluso dentro del propio INE existen voces que han advertido sobre los riesgos de este criterio.
El consejero Uuc-kib Espadas ha sostenido que encontrar boletas sin los dobleces correspondientes puede constituir un indicio de irregularidad, el consejero Martín Faz también ha expresado preocupación por la posibilidad de que el procedimiento genere criterios distintos entre consejos distritales. Entonces vale la pena preguntar:
¿Por qué abrir espacios a la interpretación cuando durante décadas construimos reglas precisamente para reducirlos?
No se trata de defender a un partido, mucho menos de anticipar quién podría beneficiarse. Si una irregularidad favorece a Morena, debe investigarse, si favorece al PRI, también, si favorece al PAN, Movimiento Ciudadano o cualquier otra fuerza política, exactamente igual, porque las reglas electorales no pueden depender de quién gana con ellas.
Deben existir para garantizar que gane quien obtuvo legítimamente la mayoría de los votos, eso es democracia. Y quienes vivimos la evolución democrática de México sabemos cuánto costó construir esa confianza.
Costó reformas, costó acuerdos, costó negociaciones entre adversarios, costó aprender a reconocer derrotas, costó construir un árbitro electoral que durante muchos años fue considerado una de las instituciones más importantes de nuestra democracia. Por eso preocupa cualquier decisión que pueda erosionar ese patrimonio, porque destruir la confianza es mucho más sencillo que construirla.
Basta una elección cuestionada, una regla ambigua, una decisión inexplicable, una sospecha que nadie logra aclarar, y entonces aparece esa frase que tanto daño puede hacerle a una democracia: “¿Y si mi voto no cuenta?”
Cuando un ciudadano comienza a hacerse esa pregunta, todos perdemos, el INE debe ser sometido a crítica, vigilancia y escrutinio.
Ninguna institución democrática está por encima de ellos, pero precisamente porque necesitamos al INE, debemos exigirle los estándares más altos de certeza.
No necesitamos un árbitro favorable al gobierno, tampoco uno favorable a la oposición, necesitamos un árbitro confiable, uno cuyas decisiones puedan explicarse con claridad y cuyas reglas reduzcan las dudas en lugar de multiplicarlas.
Porque la democracia no comienza cuando contamos los votos, comienza cuando tenemos la certeza de que los votos que contamos son realmente los que los ciudadanos depositaron en las urnas.
México tardó décadas en construir esa confianza, sería imperdonable perderla por acostumbrarnos a aquello que antes habría encendido todas las alarmas.
Las elecciones deben ser competidas, los discursos pueden ser duros, los resultados pueden doler, pero las reglas tienen que ser claras y los votos, auténticos.
Porque al final, más allá de partidos, candidatos y gobiernos, lo que está en juego no es solamente una elección, es la confianza de los mexicanos en su propia democracia.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.