Durante siglos, el humor ha sido una de las formas más ingeniosas que ha encontrado la sociedad para cuestionar al poder, antes fueron las caricaturas en los periódicos, después, las parodias en la radio y la televisión, hoy son los memes que circulan en nuestros celulares.
Cambian los formatos, pero permanece algo esencial: la posibilidad de expresar, mediante el ingenio y la sátira, aquello que muchas veces no conseguimos decir de otra manera. Por eso merece una reflexión seria la controversia legislativa que esta semana se abrió en México alrededor de la llamada Ley Antimemes, una propuesta de reforma a la ley que protege las marcas y los símbolos oficiales contemplaba penas de hasta siete años de prisión por determinados usos de la identidad gráfica gubernamental, tras las críticas, su redacción fue modificada para establecer penas menores y vincular la conducta con la intención de cometer un ilícito.
Sus promotores aseguran que buscan evitar la suplantación de instituciones y el engaño a los ciudadanos, ese objetivo puede discutirse legítimamente, lo que también debe discutirse es dónde termina la protección de una institución y dónde comienza el derecho de los ciudadanos a cuestionarla, porque falsificar la identidad de una dependencia para cometer un fraude no es lo mismo que utilizar sus símbolos en una caricatura política. Una cosa es engañar para obtener un beneficio ilícito, otra muy distinta es utilizar el humor para expresar inconformidad, y una legislación democrática debe ser suficientemente clara para distinguir ambas conductas.
La sátira política nunca ha tenido como propósito hacer sentir cómodos a quienes gobiernan, su naturaleza consiste precisamente en exagerar, cuestionar, ironizar y exhibir contradicciones.
A veces nos hace reír, otras veces nos incomoda y en ocasiones consigue explicar una realidad política mejor que un discurso de varias páginas. El humor también es una forma de libertad.
México conoce bien el valor de esa libertad, durante décadas, caricaturistas, periodistas, escritores y ciudadanos utilizaron el ingenio para cuestionar decisiones gubernamentales, denunciar abusos y participar en la conversación pública, muchas de esas expresiones fueron incómodas para los gobiernos de su tiempo, y precisamente por eso resultaron importantes.
Hoy las redes sociales han democratizado esa posibilidad, ya no se necesita tener una columna en un periódico o un espacio en televisión para expresar una crítica, basta un teléfono, una imagen y una idea. Esa transformación también exige responsabilidad, la libertad de expresión no ampara el fraude, las amenazas ni cualquier conducta ilícita por el simple hecho de presentarla como humor, pero tampoco debería quedar expuesta a interpretaciones ambiguas que hagan temer a una persona que una parodia legítima pueda ocasionarle consecuencias penales.
Una democracia necesita ciudadanos capaces de cuestionar al poder, no ciudadanos obligados a preguntarse si una broma puede convertirse en un problema judicial. Por eso resulta indispensable que cualquier reforma establezca garantías expresas para el periodismo, la caricatura, la parodia y la crítica política, no basta con asegurar que no existe intención de censurar, las libertades deben estar protegidas por la ley, independientemente de quién gobierne y de quién tenga que aplicarla mañana, porque los gobiernos cambian, y las libertades deben permanecer.
La fortaleza de una institución no depende de que nadie pueda burlarse de ella, depende de su capacidad para responder con argumentos, transparencia y resultados. Y quizá esa sea una de las lecciones que conviene recordar en tiempos de polarización:
Un gobierno puede responder a una crítica, lo que no debería pretender es quedar protegido de ella.
México necesita leyes que combatan el engaño sin confundirlo con la sátira, que protejan a las instituciones sin colocarlas por encima de los ciudadanos y que ofrezcan certeza jurídica a quienes ejercen legítimamente su libertad de expresión.
Porque la democracia también se expresa en una caricatura, en una parodia y, sí, en un meme. Y el poder debe aprender a convivir con ello.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.