“Mirad las aves del cielo cómo no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta ¿Pues no valéis vosotros mucho más sin comparación que ellas? (Mt 6:26).
Y desperté de un sueño angustioso, gracias al trino de un ave que entonaba una espléndida melodía, imaginé por un momento, que, si esto era tan grato a mis oídos, cuál sería el gozo de mi corazón al conocer lo que el ave estaba diciendo, y algo, muy en mi interior, me pidió que siguiera escuchando, y caí entonces en tal embeleso, que el trino se convirtió en un duce voz, y en cada palabra emitida, ya no del ave, sino de mi Señor, me devolvió la calma. Y me levanté pensando en lo afortunado que soy, mis ojos se deleitaron también, al ver el verdor de las plantas y el color de las flores, que, con su aroma, embriagaron mi pensamiento, al llegar a través de mi sentido del olfato, gracias al viento que acariciaba suavemente el resto de mi cuerpo.
¿Por qué el ave luce tan calmada? ¿Por qué la naturaleza sigue saludándome? ¿Por qué el viento sigue siendo una caricia que calma junto a sus hermanos la angustia desatada por el hombre? ¿Por qué he de temer las amenazas de quienes han acumulado poder por la falta de fe de tantas ovejas descarriadas?
Habla, mi Señor, que yo te escucho, y al hacerlo obséquiame, si soy digno, el don de la palabra, no para ser vocero de la desgracia, sino para darle a mis hermanos la buena nueva de que sigues amándonos como el primer día en que creaste al mundo.
Háblame Señor: “No andéis, pues, acongojados por el día de mañana; que el día de mañana harto cuidado traerá por sí; bástale ya a cada día su propio afán o tarea” (Mt 6:34)
Yo escucharía: Hay un peligro aún mayor que la guerra, este se llama desamor, el mundo sólo se ha preocupado por servirse a sí mismo y han abandonado la fe, cada uno se piensa o se siente enfermo, cada uno se dice ser el más necesitado, y han buscado en la oscuridad lo que deberían encontrar en la luz. He ahí al hermano que se sintió abandonado en su niñez, que buscó desesperadamente el amor por otro lado, abandonando la fuente de donde brota el agua viva. He aquí a quien no se ama a sí mismo y al sentirse tan desdichado busca desesperadamente darse a los demás sin tener un fin. He ahí a quien, por su propia mano, sus males se han causado, castigándose así por sentirse insano, y heredando a su descendencia el mismo mal. He aquí al de cabeza dura, al que siempre he amado y sigue ensimismado en su egoísmo. He ahí al que padece de ceguera y sordera espiritual, no quiere ver ni escuchar mi legado, dice tener fe, pero no sabe a qué. He ahí al que se pierde en la amargura por rechazar el amor que tantas veces le ofrecí.
Y diría Jesús en su homilía: En verdad les digo que, si no hubiese en este mundo un sólo justo, este mundo ya no existiría, pero la razón de su existencia está sustentada en el amor que siento por vosotros.
No escuchen a los falsos profetas, ellos sólo acarrearán desgracias, no hay un Dios más grande y poderoso que nuestro Padre celestial. Dios está con nosotros, ¿Nosotros estamos con Dios?
Protege Señor a tus hijos aquí en la tierra, protégenos de la idolatría que genera al hombre vano y mezquino.
Dios bendiga a nuestras familias y bendiga a todos nuestros Domingos Familiares.
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