La Inteligencia artificial está transformando el curso de la vida humana en muchos aspectos. Es evidente cómo su capacidad para procesar información y ejecutar tareas sobrepasa a la humanidad en rapidez, volumen y precisión. A la luz de este cambio en nuestro entorno, existe la probabilidad de que los sistemas políticos, sociales y jurídicos sean remodelados por el uso de la inteligencia artificial. Quizá estamos viendo nacer una nueva forma de gobernar.

Si bien la Teoría del Estado nos explica cómo surge el Estado, cómo se organiza y cómo ejerce el poder, hoy aparece este nuevo actor en escena. Es claro que nos encontramos ante un cambio de época sin precedentes, donde el Estado, el gobierno y la sociedad tendrán que convivir con esta mutación de la ciencia, pero ¿hasta dónde puede llevarnos toda esta innovación?

Para entender cómo surgió el Estado, es indispensable internarse al mundo de la filosofía política. Conocer las ideas de los grandes pensadores de la historia ayuda a comprender su visión ética de la formación del Estado. Aunado a ello, de la filosófica nace también el deseo de comprender nuestra existencia, el deseo de conocer, pensar, y razonar, que ha acompañado a la evolución humana en el paso del tiempo.

 Algunos pensadores sostienen que el Estado es el reflejo de la sociedad misma. Sin embargo, ahora con la inteligencia artificial involucrada en muchas de nuestras actividades, incluso, en la toma de decisiones, es posible que el Estado cambie su forma de gobernar, pues los sistemas inteligentes empezarán a influir en lo que pensamos, elegimos y decidimos.

No hay duda de que, en diversos ámbitos la Inteligencia Artificial representa progreso y eficiencia. En el gobierno, por ejemplo, al ser utilizada en la automatización de tareas y la modernización administrativa, es de gran apoyo pues agiliza tramites, reduce tiempos, y realiza procesos con una rapidez difícil de igualar por humanos. Pero cuando deja de usarse como herramienta y comienza a operar mediante sistemas algorítmicos que recomiendan acciones, la opinión humana deja de ser protagonista; el dialogo se debilita y la información puede volverse dirigida, e incluso manipulada. Aquí es donde comienza la disyuntiva, fue Jurgen Schmidhuber, uno de los pioneros de la Inteligencia Artificial, quien pensó que, al concebir sistemas más inteligentes, podrían resolver problemas complejos, la cuestión es, en donde quedamos los humanos en esta nueva etapa de la historia.

Ante esta avalancha de transformaciones tecnológicas, lo primero es establecer un marco legal y ético en el cual se regule el uso de la inteligencia artificial, es una necesidad imperante a estas alturas. Esto significa dar prioridad a los principios fundamentales del ser humano contenidos en el derecho constitucional como son la justicia, los derechos humanos y sus garantías, la organización institucional, el estado de derecho, entre otros, colocándolos en el eje central del marco normativo para el control y la regulación de las innovaciones digitales.

En consecuencia, la legislación jurídica de la inteligencia artificial no puede reducirse a normas técnicas, ni posturas ambiguas, sino establecer límites claros, obligaciones determinadas y procedimientos efectivos de supervisión estatal. La decisión de un sistema inteligente no puede considerarse válida frente a la afectación de una persona, ni la justificación de que “así lo arrojo el sistema”. Debe prevalecer una perspectiva ética y humanista que preserve la dignidad y autonomía individual. Como advierte Stephen Hawking, “la inteligencia artificial puede ser el mayor logro o el último error de la humanidad, dependiendo de cómo se gestione su desarrollo”. El Derecho, por tanto, debe actuar como límite, guía y garantía de un desarrollo tecnológico responsable, que sostenga nuestros derechos y libertades.

El uso de inteligencia artificial como herramienta en la gobernanza de un país resulta una buena idea, pero utilizada o guiada por recomendaciones algorítmicas para sustituir nuestra toma de decisiones, no sería lo recomendable. La creatividad humana no es solo producir, es también saber decidir, pensar, debatir, investigar, expresar nuestras emociones. Bien o mal es decidir nosotros mismos, nuestro destino.

Por más poderosa que nos demuestre ser la inteligencia artificial, no equivale al pensamiento pleno del ser humano y que la filosofía nos ha enseñado desde Aristóteles. Por comodidad o eficiencia delegar procesos que antes exigían nuestro razonamiento, podría debilitar incluso el ejercicio cognitivo que durante siglos nos ayudó a evolucionar como especie.

Frente a este momento histórico, es bueno recordar la célebre frase de Descartes “Pienso luego existo”, y preguntarnos en qué momento dejamos de pensar y hacer lo que un sistema recomienda o decide. Los algoritmos no deben de rebasar el pienso, la cordura, el sentido y la responsabilidad, esto sigue siendo el espacio humano que debemos proteger, sino, corremos el riesgo de ser reducidos a un perfil, un dato, un puntaje o lo que sea medible. A los humanos nos corresponde mantener el control de los avances tecnológicos, en ningún momento deben superarnos, porque corremos el riesgo de caer en un retroceso social. Muchos lo llaman involución humana, yo diría que podríamos tomar, sin darnos cuenta, un camino equivocado, que quizá nos impida ser lo que un día imaginamos lograr.