“Y volviendo Jesús a hablar al pueblo, dijo: Yo soy la luz del mundo: El que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8:12)
El polvo de ayer que cubría la claridad de mis días, empieza a desvanecerse, el Señor ha mandado un viento suave en mi auxilio, suficiente en fuerza, para despejar la incertidumbre del camino que cubría a propósito sus huellas, pero sutil y delicado, para que mi ser no se vuelva a desviar, al no encontrar sus divinas huellas. El sol es el mismo, pero contrario a pensar que es suficiente para dar claridad y certidumbre al que camina, el peregrino puede perder el rumbo, sobre todo, cuando sale a su encuentro un falso guía, que, vestido apropiadamente para cubrir su engaño, se ofrece a acompañarnos para ir más seguros a nuestro destino, más cuando llega la noche y todo se oscurece, es difícil reconocer las intenciones de quien nos guía. De pronto se desata una tormenta y los destellos de los relámpagos nos permiten tener una visión dudosa de la seguridad que esperábamos tener, al contar con quien se decía ser nuestro amigo. Después de la tormenta se presenta el desconcierto, y con él aparece una terrible sensación de aparente soledad; los caminos ya no son los mismos, hay obstáculos por donde quiera, y cuando de nuevo se emprende la marcha para buscar las huellas de mi Señor, de aquella soledad semejante al punto más oscuro de una noche cualquiera, aparece una luz que anuncia un nuevo día, una nueva vida para el que busca consuelo y misericordia.
El polvo de ayer que cubría mi ser, que hacía más pesado mis pasos, se empieza a desvanecer para mostrarme de nuevo el camino.
Señor ilumina nuestro camino con la luz de tu amor, para no equivocar el rumbo y podamos seguirte sin temer a nuestros propios miedos, producto de nuestras debilidades.
Dios bendiga a nuestra familia y bendiga todos nuestros Domingos Familiares.
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