Durante años nos han dicho que los mexicanos somos irreconciliables, que estamos condenados a dividirnos entre buenos y malos, entre pueblo y adversarios, entre conservadores y progresistas, entre “fifís” y “chairos”.

Nos han querido convencer de que pensar distinto es motivo suficiente para descalificar, ofender o señalar al otro como enemigo, y sin embargo, bastaron noventa minutos de futbol para demostrar que no es verdad.

En estos días, millones de mexicanas y mexicanos hemos celebrado, sufrido y gritado juntos cada jugada de nuestra Selección Nacional. En las calles, en los hogares, en restaurantes y plazas públicas, desaparecieron por un momento las etiquetas políticas, las diferencias ideológicas, las creencias religiosas y las posiciones sociales, fuimos simplemente México.

Nadie preguntó por quién votaste antes de abrazarte después de un gol, nadie exigió una credencial partidista para compartir la esperanza, nadie cuestionó si eras de derecha o de izquierda para desear el triunfo de nuestro país, y eso nos deja una lección profundamente esperanzadora: sí podemos unirnos.

Los mexicanos no estamos condenados al resentimiento ni a la confrontación permanente, la polarización no forma parte de nuestra esencia; ha sido alimentada desde el discurso político de quienes han encontrado en la división una herramienta para conservar poder.

Porque resulta mucho más sencillo gobernar cuando se construyen enemigos que cuando se construyen acuerdos, es más fácil culpar que asumir responsabilidades, es más rentable electoralmente dividir entre “nosotros” y “ellos” que reconocer que los grandes problemas nacionales requieren del esfuerzo de todos, pero México merece algo mejor.

Los problemas del país no distinguen colores partidistas, la inseguridad no pregunta por quién votaste antes de tocar a tu puerta, la falta de medicamentos no diferencia entre simpatizantes y opositores, el rezago educativo afecta por igual a quienes apoyan al gobierno y a quienes lo cuestionan, la carestía golpea los bolsillos de todas las familias mexicanas.

Por eso resulta tan injusto que a quienes exigimos resultados se nos pretenda etiquetar como enemigos del país.

Exigir no es traicionar, cuestionar no es odiar, señalar errores no es desear que a México le vaya mal, por el contrario, quienes levantamos la voz lo hacemos precisamente porque amamos profundamente a este país y creemos que merece más y mejores respuestas.

Gobernar no consiste en encontrar culpables todos los días, gobernar implica asumir responsabilidades, corregir errores y resolver problemas.

México necesita menos confrontación y más soluciones, menos propaganda y más resultados, menos resentimiento y más grandeza.

Si millones de mexicanos somos capaces de unirnos para apoyar a nuestra Selección, también podemos unir voluntades para enfrentar nuestros verdaderos desafíos: la violencia, la pobreza, el rezago educativo, la crisis de salud, la falta de oportunidades y la desconfianza que tanto nos ha dividido.

Tal vez el verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas ni en defender ciegamente a un gobierno, quizá consiste en poner a México por encima de cualquier partido, ideología o interés personal, y recordar que antes que adversarios políticos, somos compatriotas.

Al final, todos queremos un país más seguro, más justo y con más oportunidades para nuestros hijos, porque, por encima de nuestras diferencias, seguimos siendo un solo México.

Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar