Hay resultados que incomodan, y hay gobiernos que, frente a ellos, prefieren cuestionar la evaluación antes que preguntarse qué están haciendo mal.

Los resultados de PISA 2025 deberían encender todas las alarmas en México. Nuestros estudiantes obtuvieron 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, pero detrás de esas cifras existe un dato mucho más doloroso: solo tres de cada diez jóvenes mexicanos evaluados alcanzaron el nivel básico en matemáticas.

No estamos hablando simplemente de posiciones en un ranking internacional, estamos hablando de jóvenes que tienen dificultades para utilizar las matemáticas para resolver situaciones básicas; de estudiantes que avanzan por el sistema educativo acumulando rezagos que tarde o temprano aparecerán en su vida académica, laboral y profesional.

Y entonces debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿De qué sirve que un alumno pase de grado si no está aprendiendo?

Hace unas semanas escribí en este mismo espacio que educar también significa poner límites, hoy agregaría algo más: Educar también significa exigir resultados. Y no solamente a los alumnos, también a quienes gobiernan.

Morena recibió en 2018 un sistema educativo con grandes retos, pero después de ocho años gobernando México, tampoco puede seguir explicando cada fracaso mirando hacia el pasado.

PISA 2025 muestra que, comparados con 2015, aumentó considerablemente la proporción de estudiantes con bajo desempeño en matemáticas y lectura.

Por eso habría que analizar seriamente las decisiones de política educativa tomadas durante estos años.

La desaparición de las escuelas de tiempo completo, los cambios en los planes y programas de estudio, la calidad y contenidos de los libros de texto, las políticas de evaluación, la formación y carrera de nuestros docentes. Todo debe poder discutirse.

También debemos decir algo con absoluta claridad: el problema no son nuestros estudiantes.

Los propios datos de PISA muestran algo esperanzador: los jóvenes mexicanos manifiestan una enorme disposición para aprender y perseverar.

Tampoco podemos colocar toda la responsabilidad sobre las maestras y los maestros, como docente conozco lo que significa estar frente a un grupo, conozco a profesores que buscan materiales adicionales, elaboran ejercicios, adaptan contenidos y hacen mucho más de lo que establece una planeación porque saben que detrás de cada calificación existe un niño o un adolescente cuyo futuro también depende de lo que consiga aprender. Por eso preocupa que mientras los resultados nos hablan de rezago, nuestro sistema educativo parezca caminar hacia una cultura donde cada vez cuesta más hablar de exigencia, mérito, evaluación y consecuencias.

No podemos confundir inclusión con conformismo, ni humanismo con bajar las expectativas, ni evitar la reprobación con garantizar el aprendizaje. Una calificación aprobatoria puede escribirse con una pluma, el conocimiento no.

Y quizá esa sea una de las lecciones más importantes que nos deja PISA. Podemos modificar los criterios de evaluación, podemos cambiar los libros, podemos transformar los programas, podemos cuestionar las pruebas internacionales, lo único que no podemos hacer es decretar que nuestros alumnos están aprendiendo cuando la realidad demuestra que demasiados no están adquiriendo los conocimientos que necesitarán para enfrentar el futuro.

México necesita construir una política educativa de largo plazo que sobreviva a presidentes, partidos y sexenios.

Una política que escuche a los maestros, que recupere aquello que funcionó, que corrija lo que fracasó, que fortalezca matemáticas, lectura y ciencias, que apoye verdaderamente a los estudiantes con mayores carencias, y que vuelva a colocar el aprendizaje en el centro de la escuela.

Porque hay algo que ningún gobierno debería olvidar: no existe política social más poderosa que una educación pública de calidad.

Una beca puede ayudar a un joven hoy, una buena educación puede cambiar toda su vida. Por eso el verdadero fracaso no son solamente los 388 puntos obtenidos en matemáticas, el verdadero fracaso sería conocer estos resultados, buscar excusas y continuar haciendo exactamente lo mismo.

Nuestros niños y jóvenes tienen ganas de aprender. La pregunta ahora es si quienes conducen la educación en México tendrán la humildad de reconocer lo que no está funcionando y el valor de corregirlo.

Ya que aprobar nunca debería ser más importante que aprender.

Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.