Pocas veces un discurso político recibe una ovación de pie en un foro global como Davos, y aún menos cuando ese discurso no llega empacado en frases vacías ni economías de marketing retórico. Lo que pronunció el primer ministro de Canadá, Mark Carney, el 20 de enero de 2026 en el Foro Económico Mundial, merece leerse con la seriedad que reclaman los hechos: No fue un llamado más al estilo diplomático, sino una advertencia estructural sobre el colapso del orden internacional basado en reglas y una invitación a replantear la política global de potencias y de “potencias medias”.

Difícilmente lo haría un hombre que, en plena tensión geopolítica entre Washington, Beijing y Bruselas, decidió declarar “finiquitado el orden basado en reglas” y llamar a sus pares a actuar antes de que la dinámica de poder devore cualquier ideal de cooperación explícita. Y no es poca cosa que lo haya hecho justo cuando el presidente de Estados Unidos convierte en arma política hasta la posibilidad de anexar territorios aliados y tensa relaciones comerciales con aranceles punitivos.

Lo interesante filosófica y políticamente más allá de las líneas geoestratégicas, es que Carney articula una crítica de fondo al falso consenso que ha sostenido la política internacional occidental durante décadas. Retoma el argumento de Václav Havel sobre “vivir dentro de una mentira” y lo aplica al relato del “orden basado en reglas”: Un sistema cuya supuesta eficacia ha sido más ritual que realidad, y cuya fragilidad ahora se vuelca en coacción y vulnerabilidad.

El primer ministro canadiense fue claro: No es cuestión de transitar hacia algo nuevo, sino de reconocer que la base misma de la política internacional ha sido desmantelada. Ésta no es una transición pausada ni una reforma progresiva; es una ruptura de las normas que sustentaban estabilidad o aquel espejismo de estabilidad.

Ésto no es optimismo vacío: Es un realismo doloroso. En su propuesta de autonomía estratégica y coaliciones variables, Carney traza un plano donde las potencias “intermedias” (como Canadá, la Unión Europea, India o Australia) no esperan la salvación de ningún Leviatán benigno, sino que construyen sus propias estructuras de cooperación basadas en valores y fuerza compartida.

Un lector atento, escuchará aquí la crítica más explícita en años a la idea de que un bloque hegemónico puede sostener un “consenso de seguridad” implícito. Es una llamada a que los estados comprendan que la mera adhesión formal a reglas no garantiza nada si no existe reciprocidad real, integridad normativa compartida y capacidad de respuesta colectiva contra la coacción.

Y aquí entra la segunda dimensión de su discurso que vale reflexionar seriamente: La propuesta de que las potencias medias no se contenten con ser invitados al banquete, sino que sean quienes definan el menú. No se trata de un mantra diplomático agradable, sino de una estrategia política en un sistema donde los grandes actores como Estados Unidos bajo su actual administración mezclan coerción, aranceles y amenazas territoriales como herramientas de negociación.

Éste no es mero idealismo. Es un planteamiento práctico que reconoce que las reglas no nos salvan cuando los más fuertes deciden ignorarlas o reinterpretarlas a su favor. Y que propone, con lenguaje franco, cooperación pragmática entre quienes comparten principios y vulnerabilidades similares. Carney lo llama value-based realism: Realismo con principios, pragmatismo sin renuncia ética.

Si estamos dispuestos a tomar en serio lo que Carney propone, entonces el desafío no queda en Davos: Queda en nuestras políticas domésticas, en nuestras alianzas económicas y en la forma en que concebimos la soberanía en un contexto de intensas rivalidades globales. Lo que nos espera no es simplemente “otro mundo posible”; es un mundo donde la pregunta ya no será si existe un orden, sino quién tiene la voluntad y la fuerza para construir uno nuevo, y sobre qué fundamentos morales y estratégicos se sostendrá.