En el año 2000, el pequeño pueblo agrícola de Walkerton, Ontario, de repente se volvió famoso entre los científicos de todo el mundo.

Durante la segunda semana de mayo de ese año, en el pueblo, ubicado unos 185 kilómetros al noroeste de Toronto, cayeron más de doce centímetros de lluvia. La escorrentía llevó las bacterias del estiércol de una granja a un pozo cercano. Los operadores de servicios públicos no monitorearon de manera adecuada el suministro de agua ni asesoraron con rapidez al pueblo para que contuviera la contaminación, según concluyó posteriormente una investigación gubernamental.

Sin esa información, los habitantes de Walkerton siguieron bebiendo del agua y se enfermaron más de 2300 personas. Veinticuatro niños experimentaron daño renal grave después de que disminuyeron los síntomas gastrointestinales. Murieron siete residentes.

Resulta que las bacterias culpables fueron una cepa particularmente peligrosa de E. coli y la Campylobacter jejuni, conocidas por causar dolores estomacales y diarrea. Sin embargo, incluso después de que se identificó el origen del brote, el desastre sanitario no terminó.

En los años posteriores, los doctores observaron a más gente del pueblo con problemas como fatiga crónica, daño neuronal y artritis. Un estudio realizado cinco años más tarde sobre los niños de Walkerton tratados por daño renal reveló que unos pocos tenían niveles un poco elevados de proteínas en la orina, lo cual sugería que sus riñones no se habían recuperado por completo.

El brote de Walkerton fue uno de los primeros pasos significativos para que los investigadores nos dieran a entender que los patógenos pueden provocar daños más allá de su ataque inicial.

Ahora, con la pandemia de la COVID-19, estamos viendo evidencias de que una infección puede provocar un daño duradero. Lo que los científicos quieren entender es cuándo terminan las infecciones y comienzan las enfermedades a largo plazo con el coronavirus y otros patógenos. Hay una tremenda cantidad de misterio.

Si los científicos lo resuelven, podrán comprender mejor el amplio espectro de complicaciones que causa la COVID-19, entre ellas los efectos prolongados conocidos como “COVID persistente”. Por ejemplo, hay estudios que han descubierto que incluso algunas de las personas que sufrieron una COVID-19 leve desarrollaron daño pulmonar. Las autopsias han detectado el coronavirus en tejido cardiaco y hay preocupaciones en torno al daño cardiovascular duradero en los sobrevivientes. La COVID persistente, la cual hace poco recibió el nombre científico de “secuela de infección posaguda por SARS-CoV-2”, puede estar vinculada con problemas como la fatiga grave y las fallas en la memoria.

Los científicos han relacionado muchas infecciones con padecimientos que podrían parecer discrepantes y surgieron de la nada después. Durante muchos años, han sabido que no tratar un caso de faringitis, causado por bacterias estreptocócicas, puede provocar un tipo de afección cardiaca. A lo largo de las décadas, se han acumulado más ejemplos: la enfermedad de Lyme puede producir una forma de artritis; la bacteria del Helicobacter pylori puede causar úlceras y cáncer estomacal; algunas cepas del virus del papiloma humano pueden provocar cáncer cervical, anal y de garganta.

La medicina apenas tiene un entendimiento superficial sobre la manera en que las enfermedades infecciosas pueden provocar daños mucho más allá de los síntomas iniciales. Una complicación comprobada desde hace tiempo de una infección viral o bacteriana es el síndrome Guillain-Barré, una reacción inmunitaria en contra del sistema nervioso del cuerpo que puede provocar debilidad y, en algunos casos, parálisis. La mayoría de la gente se recupera por completo, pero según algunos estimados es fatal en alrededor de uno de cada 20 casos.

Una posible explicación para el síndrome Guillain-Barré —que podría usarse para otras complicaciones— podría estar relacionada con un fenómeno llamado “mimetismo molecular”, comentó Prathit Kulkarni, especialista en enfermedades infecciosas de la Escuela de Medicina de la Universidad de Baylor. Si las formas de las proteínas del patógeno son similares a las encontradas en el cuerpo humano, los anticuerpos podrían reaccionar en contra de los propios órganos de una persona por accidente, explicó Kulkarni.

Además de poner al sistema inmunitario del cuerpo en contra de sí mismo, un microbio puede causar una lesión directa e irreparable en los tejidos o desatar una inflamación dañina, y esto podría representar una enfermedad posterior y síntomas persistentes.

Analizar estas conexiones con detenimiento es complicado, en buena parte porque un virus o una bacteria podrían ya no estar en el cuerpo, aunque perduren sus repercusiones. “Para cuando atiendes a la persona, el patógeno ya se fue desde hace mucho, simplemente inició esta cascada de daños mediante el sistema inmunitario”, comentó David Fisman de la Escuela de Salud Pública Dalla Lana de la Universidad de Toronto.

En el caso de la COVID-19, los investigadores tienen muchas teorías distintas sobre el origen de la enfermedad persistente. Una idea es que el coronavirus mismo daña directamente los tejidos cuando mata las células y los órganos afectados nunca se recuperan. Otra idea es que el virus provoca una inflamación que causa un daño indirecto a los órganos. Algunos investigadores sugieren que los pacientes con COVID persistente podrían albergar una reserva del coronavirus. Han especulado que la vacuna contra la COVID-19 podría incitar una respuesta inmunitaria que elimine esas reservas, esto explicaría por qué algunas personas con COVID persistente aseguran sentirse mejor después de ser vacunadas.

Para terminar de comprender las complicaciones que surgen a partir de las enfermedades infecciosas, se necesitará tiempo y dedicación. En primer lugar, la comunidad médica debe establecer un consenso más claro en torno a cuáles son estas complicaciones para enfermedades infecciosas específicas, de acuerdo con Anneli Lauhio, especialista en enfermedades infecciosas de Finlandia que ha estudiado la morbilidad que provocan estos padecimientos. Según Lauhio, los estudios a gran escala “cambiarán mucho la medicina” y ayudarán a los doctores a identificar antes estas complicaciones y tratarlas.

Estamos empezando a caminar a pasos agigantados en esa dirección. Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos han asignado 1150 millones de dólares a la investigación de las consecuencias prolongadas para la salud de la infección por SARS-CoV-2. Parte de esta iniciativa incluirá estudios de gran envergadura en los que habrá expedientes médicos electrónicos, para captar una gran cantidad de datos a lo largo del tiempo. De manera similar, investigadores en Inglaterra y Australia crearon un registro mundial que reunirá información sobre los casos de diabetes diagnosticados después de la COVID-19; hay quienes han sugerido que la infección eleva el riesgo de padecer diabetes.

Asimismo, hay ejemplos de estudios prometedores que buscan descubrir las repercusiones ocultas de la infección más allá de la COVID-19. Shannon Majowicz, epidemióloga de la Universidad de Waterloo, y sus colaboradores han preparado un nuevo estudio para analizar diez años de bases de datos médicos para calcular la carga para la salud —incluidas posibles complicaciones inflamatorias crónicas y autoinmunes a largo plazo— de catorce infecciones que suelen ser transmitidas por medio de la comida en Columbia Británica.

En la actualidad, los científicos están mejor equipados para estudiar las complicaciones posagudas de las enfermedades infecciosas. Hay una mayor disponibilidad de una rápida secuenciación genética para encontrar virus y bacterias que antes eran difíciles de detectar, y los expedientes médicos electrónicos facilitan el monitoreo de personas. Con este tipo de herramientas, es posible ver la cantidad real de enfermedades infecciosas más allá de los síntomas agudos. Esta información puede ayudar a los doctores a prever y tratar complicaciones de mejor manera.

En mayo pasado, debido a la pandemia, el pueblo de Walkerton tuvo que cancelar los planes para conmemorar el brote de E. coli y sus víctimas en el año 2000. Aún no se entienden por completo todas las réplicas médicas de la contaminación del agua ocurrida hace dos décadas. Al igual que con la pandemia actual, continúa el trabajo científico necesario para comprender las repercusiones de las infecciones incluso después de que se ha declarado el “fin” de un brote.