Rodolfo Torre, 16 años de una herida que no sana
Este domingo 28 de junio se cumplieron 16 años del asesinato de Rodolfo Torre Cantú, candidato y virtual gobernador de Tamaulipas. Lo mataron a seis días de la elección, sobre la carretera Victoria-Soto la Marina, junto con su jefe de campaña, su equipo y dos de sus escoltas. No fue un homicidio cualquiera. Fue una ejecución pensada, ordenada y ejecutada con la precisión de quien sabe que no va a pagar por ello. Y, en efecto, hasta el día de hoy nadie ha pagado.
El crimen dejó a Tamaulipas y a medio país consternados. El nivel de brutalidad no fue casualidad, fue un mensaje. Dibujaba exactamente la inseguridad que se vivía en el estado en ese momento, producto de muchos errores, de muchas complicidades y de muchas omisiones que, dieciséis años después, siguen sin nombre y sin apellido.
Los protagonistas de la política que construyeron el camino de Rodolfo siguen, en su mayoría, medianamente visibles. Algunos con cierto reflector, otros activos pero con perfil bajo, como quien prefiere no recordarle a nadie que estuvo ahí. Su muerte trajo el gobierno de su hermano Egidio, un hombre duro, frío e inteligente, presentado dos días después del atentado y tres antes de la elección, que terminó arrasando en las urnas con el voto del luto. En su momento se le acusó de no gobernar con quienes habían estado cerca de Rodolfo, de hacerlos a un lado, quizás por desconfianza, quizás por no saber a ciencia cierta quién pudo estar involucrado en el crimen de su hermano. Pero visto con perspectiva, hay que decirlo con todas sus letras: que difícil momento para Egidio, le tocó la peor parte de la inseguridad. Su sexenio fue, por mucho, el más difícil que ha vivido el estado, incluso más difícil que el que le hubiera tocado a su propio hermano si el crimen no se hubiera cometido. Y lo digo porque era la misma inseguridad, la misma guerra entre grupos criminales, solo que a Egidio le tocó además cargar con el asesinato de un virtual gobernador sin resolver, gobernó rodeado de gente que no sabía a ciencia cierta si podía confiar en ellos.
Las incógnitas siguen siendo las mismas que hace dieciséis años. ¿Quién lo mató? ¿Quién lo permitió? ¿Quién lo traicionó? ¿Quién fue cómplice del crimen y hoy sigue impune, quizás sentado en un escritorio, quizás dando entrevistas, quizás guardando silencio cómodo? ¿Quién sabe la verdad y decidió que valía más callarla que contarla? El expediente fue clasificado como reservado durante doce años. Ya pasaron dieciséis. Y del caso, en los hechos, se sabe exactamente lo mismo que se sabía el día después de perpetrado el crimen: nada.
Hay un patrón en estos crímenes que vale la pena señalar, porque no es exclusivo de Tamaulipas ni de Rodolfo. En este estado, ejercer la política, es ejercer un oficio de alto riesgo. No es una opinión a la ligera, es una realidad: hoy en día hay candidatos, alcaldes, diputados, asesores o funcionarios que temen pagar con su vida solo por el simple hecho de estar en el lugar equivocado, tomar la decisión equivocada, o estar con las personas equivocadas. Ese riesgo es difícil ignorarlo, está grabado en cada decisión que se toma, aunque nadie lo diga en voz alta.
Y aquí está lo que de verdad debería incomodarnos dieciséis años después: no es solamente que no haya un responsable en la cárcel pagando lo que hizo. Es que la ausencia de respuesta ya no sorprende a nadie. Nos acostumbramos a que los crímenes en México, trátese de quien se trate, terminen en el mismo lugar, en el archivo muerto. La impunidad persiste, y cada caso no resuelto, cada investigación que no avanza, no es solo una deuda con la familia de la víctima, es una lección que el crimen le da al país entero, y que el país entero parece haberse acostumbrado: aquí se puede matar a cualquiera y no pasa absolutamente nada.
Esa es la herida que no ha sanado. No es solamente el dolor de una familia que sigue esperando, es la certeza incómoda de que en este país el poder de las armas puede torcer el destino de un estado entero, sin que jamás se sepa quién jaló el gatillo ni quién dio la orden.
Veredicto final
Dieciséis años después, Tamaulipas sigue sin saber quién mató al hombre que estaba a punto de convertirse en su gobernador. Lo único que sí sabe, con total certeza, es que en este estado y en este país hay crímenes que no se resuelven porque no se quieren resolver.