Retrocedamos un poco, tanto, como para tratar de reencontrarnos con nosotros mismos, con la persona del ayer, con la que nos agradaba estar siempre, la que nos hacía reír, la optimista, la de pensamientos positivos, la emprendedora y la creativa, la amable y educada que solía respetar todas las opiniones, la que solía acompañarnos en nuestros triunfos y derrotas, la misma que veía en los fracasos oportunidades para ser mejor, la que tenía suficiente capacidad para comprender a los demás, sin necesidad de que le dijeran una sola palabra, porque le bastaba leer el lenguaje corporal para saber cuándo tocar el hombro, cuándo abrazar y cuándo llorar.

Regresar un poco o cuanto baste, para estar de nuevo consigo mismo, con la persona que se decía a sí mismo que el único dolor que no se podía soportar era aquel que se originaba por la falta de amor, por la ausencia de la misericordia y por la negación del perdón.

Y por qué no, mi Señor, si tú todo lo puedes, si vives en mí y has estado siempre para mí, como en estos momentos, en que el viento pareciera querer apagar la luz que me permite ver más allá de lo que otros no ven, la luz que ilumina tanto al resto del gran mundo, como del pequeño mundo que existe en cada uno de nosotros, la luz que ilumina el tiempo y el espacio por donde deambulamos, mismo, que en ocasiones, pareciera corto cuando la luz de nuestra existencia parece quererse apagar ante las tribulaciones del sentir de nuestra alma, más que las motivadas en nuestro cuerpo.

El espacio y el tiempo es infinito, porque la luz de nuestro espíritu que emana de tu amor, por más viento que sople con aires de calamidad pasa de largo, al saber que habitas en cada uno de nosotros, siendo tú la luz del mundo, la misma que ilumina el universo.

Escúchame, dices: Tú que hablas para ti mismo y compartes con ello la luz que te ilumina, podrán venir con el viento las tribulaciones que te preocupan, más éstas no serán tan poderosas como mi voluntad, y mi voluntad significa por la abundancia de misericordia y perdón, nada ni nadie podrá apagar la luz del amor que les tengo.

Escúchame ahora: “No se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones” (Mateo 6:34)

Entonces mandó a dos ángeles para decir: Aquí estoy, no están solos, descansen en mí su preocupación y vivan. Se escuchó entonces una alabanza de gratitud para Dios, por todas las bendiciones recibidas.

“Estén listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los criados que están esperando a que su Señor regrese de la boda, para abrirle en cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar, encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los encuentra en vela, dichosos ellos”. (Lc. 12:35-38.)

 

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