¿Y si volviera a empezar? Si el sentir de hoy me causara el mismo placer de saber con el tiempo que todo ocurre en su momento en la justa medida, para recordar sin dolor lo que me parecía que me dejaría una huella imborrable en la memoria, pero que en realidad era esa la manera de aprender el lenguaje ambiental que me habría de servir para adaptarme al entorno, para entender, de hecho, que yo formaba parte del mismo, y así adaptarme en forma apropiada, regulando la intensidad de los estímulos recibidos.

Ayer, entonces, los rayos del sol, además de iluminar mis días, me permitían observar el maravilloso mundo donde habitaba, y no solamente ver las veredas para ir y venir por el camino de las rutinas que poco a poco se instalan; si, ayer cuando el calor despertaba en mi la necesidad de pensar en la búsqueda de una inigualable sombra de un árbol para tirarme al suelo a descansar, recargando mi espalda en el grueso tronco corrugado, para sentir cómo, poco a poco se enfriaba mi cuerpo, al sentir el placer de la caricia del aire que, sin secar mi piel, dejaba en la misma la humedad necesaria para no deshidratarme.

Vivir lo de ayer, gozando de la libertad de pensamiento para entender más tarde que hasta el hecho de disentir, podría causar inconformidades con la familia o los amigos, pero que al final, sin existir la necesidad de sancionar, aceptábamos de buena manera el hecho de respetar las opiniones de los demás.

Escuchar la voz de la naturaleza cuando las ramas de los árboles rozaban entre sí o cuando al pasar el viento entre las hojas se escuchaba el silbido que como risa se podía traducir con el pensamiento mágico del niño.

Si volviera a empezar, besaría el suelo donde piso antes que éste se asfixiara al cubrir su superficie con una gruesa capa de cemento, porque más inclemente suele ser el sol cuando se pone en contacto con ese material gris que no suele respirar para mitigar sus penas.

Si volviera a empezar, con la juventud a cuestas, no me quedaría callado, te invitaría a vivir la vida, te tomaría de la mano para correr al encuentro de todo lo que nos hacía reír, para ver en ello la fotografía de la felicidad que ahora por los años pareciera querer desaparecer, porque sólo vemos en nosotros a un par de espíritus resignados a dejarse llevar por la incertidumbre de vivir en un cuerpo cansado.

 

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