Un día me paré frente a la ventana y vi cómo era mi vida cada mañana, todo se me había dado por amor, no tenía, pues, motivos para cultivar la tristeza cotidiana, no tenía motivos para arrancar de mis entrañas todo lo que me había obsequiado mi Señor.

 

La ventana de la vida

Como otras tantas veces, me paré frente a la ventana,

la primera vez, lo hice sin saber qué iba a acontecer,

todo parecía tan normal, recuerdo fue por la mañana

cuando se desliza el aire frío poco antes del amanecer,

cuando los pliegues rugosos de la almohada aún cercana,

marcan la delicada piel aún rosada, de la cara, sin querer,

y obligan a la estirada, recordando la bella edad temprana,

en el tibio y suave vientre, despertando poco antes de nacer;

recordándome que la vida, dentro y fuera es tan humana,

y con amor cada mañana, siempre hay motivos para renacer.

Estoy parado frente a mis recuerdos, en una edad lejana,

sembrando la semilla del amor, para volver con ello a florecer,

arrancando de mi mente y pensamientos, la ira y la cizaña,

para mirarte y sentirte tan cerca de mi vida, como ayer.

 

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