Nunca hablamos de eso en nuestro largo recorrido existencial, porque siempre consideramos que nuestra amistad, no había sido un hecho circunstancial; entre otras muchas cosas que hacían la diferencia entre una relación amistosa superficial, y otra de tal profundidad que hermanaba nuestros espíritus, se encontraba el hecho de que había tal afinidad de pensamiento, que llegamos a creer, que partiríamos de este mundo cuando estuviéramos listos para abonar la tierra, y eso significaba, caer al suelo como caen los frutos que se maduran y envejecen en el árbol, una vez que cesan las funciones nutricias, y cuando el todo necesita renovar sus partes.
Como nunca hablamos del finiquito vital, dejamos que el tiempo decidiera, pero siempre tuvimos presente que, si atentábamos contra nuestra propia naturaleza, seguramente éste se acortaría, más nos quedaba el recurso de la fe, y con ello, la misericordia del Creador, quien seguramente fue quien decidió, que un día de hace muchos años, nuestra hermandad espiritual se reconociera, y viviera en unidad y en armonía de propósitos, para desarrollar nuestro ministerio profesional, cultural y docente.
No recuerdo que habláramos sobre perpetuar nuestro recuerdo, entre aquellos que se nutrieron con el valor de nuestra amistad, menos, sabiendo que cualquier beneficio que emanaba de ella, se significaba por ser un bondadoso obsequio que no requería de ninguna retribución, sólo de la satisfacción de haber compartido tantos buenos momentos, que igual nos regala Dios en la vida.
Cuando llegó el momento de pensarlo, ninguno de los dos lo quisimos hacer, porque si se llegara a presentar la separación del cuerpo, seguiríamos vivos a través del espíritu, entonces, para qué mortificar a la materia, todo lo que fuimos y éramos hasta ese instante, lo pusimos en manos del Señor; y cuando la fruta se desprendió del árbol, fue absorbida íntegramente por la madre tierra, llevando consigo su simiente y en ella la esperanza de resucitar a la vida nueva al lado de Jesucristo nuestro salvador.
Más pronto de lo que un sembrador de ilusiones puede esperar, al perder contacto material con su entorno, el viento de la insensibilidad y el olvido llega a los corazones, y después a la memoria de los que un día dijeron amarlo, quererlo, respetarlo y admirarlo; y aquello que significó la vida de un excelente ser humano y mejor amigo, se integra al polvo del camino que alegremente recorrió en vida.
En memoria de mi espíritu hermano Antonio Ángel Beltrán Castro.
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