Hay decisiones polÃticas que generan dudas, y hay otras que, por la velocidad con la que cambian, obligan a hacer preguntas, lo ocurrido este fin de semana con Rubén Rocha Moya pertenece, sin duda, a las segundas.
Después de permanecer 112 dÃas separado de la gubernatura de Sinaloa, en medio de gravÃsimas acusaciones formuladas por autoridades de Estados Unidos sobre presuntos vÃnculos con una facción del Cártel de Sinaloa, Rocha Moya decidió regresar.
Volvió desafiando polÃticamente incluso a los suyos, Morena se deslindó, el Gobierno federal aseguró que no habÃa sido una decisión acordada y desde la propia Presidencia llegaron mensajes suficientemente claros sobre la responsabilidad que implica anteponer el interés de la nación a cualquier aspiración personal.
Rocha, sin embargo, habÃa decidido volver, parecÃa dispuesto a resistir, pero apenas unas 34 horas después ocurrió lo inesperado, volvió a pedir licencia, y este domingo, el Congreso de Sinaloa la aprobó por unanimidad y por tiempo indefinido.
Entonces resulta inevitable preguntar: ¿Qué ocurrió durante esas 34 horas?, ¿Qué cambió?, ¿Qué hizo que un gobernador que acababa de regresar decidido a concluir su mandato volviera a separarse del cargo prácticamente de inmediato?, ¿Fueron suficientes los llamados de su propio partido?, ¿Pesó finalmente la postura de la Presidenta?, ¿O existieron otras circunstancias relacionadas con la presión internacional que terminaron modificando una decisión que apenas horas antes parecÃa definitiva? No lo sabemos, y precisamente porque no lo sabemos, México merece explicaciones.
Lo que sà sabemos es suficientemente grave, un gobernador emanado de Morena enfrenta acusaciones de fiscales estadounidenses por presuntos vÃnculos con una organización criminal.
Él las niega y tiene derecho a defenderse, debe respetarse la presunción de inocencia, pero respetar ese principio no significa renunciar a exigir investigaciones profundas, transparencia y rendición de cuentas, porque aquà no estamos hablando únicamente del destino polÃtico de un hombre, estamos hablando de Sinaloa, de un estado que durante años ha sufrido violencia, miedo, desapariciones y la presencia brutal del crimen organizado. Y estamos hablando también de algo todavÃa más delicado: la posibilidad de que el poder polÃtico y el poder criminal hayan llegado a tocarse.
Si las acusaciones provenientes de Estados Unidos son falsas, que se demuestre, si existen elementos que las sustenten, que se investigue hasta las últimas consecuencias. Pero lo que México no puede permitirse es el silencio, mucho menos la protección polÃtica, porque Morena llegó al poder prometiendo exactamente lo contrario.
Prometieron no mentir, no robar y no traicionar al pueblo.
Prometieron separar al poder polÃtico del poder económico y terminar con la corrupción, prometieron transformar la vida pública de México.
Hoy, frente a señalamientos de esta gravedad contra uno de sus propios gobernadores, esa promesa está siendo sometida a una de sus pruebas más importantes.
Durante años escuchamos al actual grupo gobernante hablar de moral pública, honestidad y superioridad ética, hoy ya no bastan los discursos, llegó la hora de demostrarlo. Investiguen, aclaren, rindan cuentas, y si existen responsabilidades, actúen.
Porque ningún gobernador, senador, alcalde, funcionario o dirigente polÃtico puede estar por encima de la ley, sea del partido que sea.
La delincuencia no tiene ideologÃa y la justicia tampoco deberÃa tener partido.
Pero también hay otra responsabilidad, la de la Presidenta de México. Claudia Sheinbaum no puede cargar con las decisiones personales de cada integrante de Morena, pero sà tiene la responsabilidad institucional de garantizar que su gobierno no proteja a nadie frente a investigaciones de esta magnitud.
Este caso puede convertirse en una oportunidad para demostrar que en México las instituciones funcionan independientemente de los colores partidistas.
México necesita instituciones capaces de investigar sin miedo, sin cálculos polÃticos y sin proteger a nadie.
Eso también es soberanÃa, eso también es Estado de derecho, y eso, sobre todo, es lo mÃnimo que merecemos los mexicanos.
Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar137